TODOS LOS MALES: NO ES UNA FRASE, ES LO REAL

Una fotografía que se mueve, casi sin abandonarlos, entre tonos grises , cafés y verdes. Un ambiente cerrado. Un misterio. La violencia que se siente y apenas se muestra…. El segundo filme del chileno Nicolás Postiglioni (1985, San Francisco, EEUU), tras Inmersión (2021), ahonda en la parte menos luminosa de los seres humanos. Aquella que, escondida y agazapada detrás de los ritos, las costumbres y las tradiciones, salta en el minuto menos pensado y transforma un mundo que parece apacible, en uno ominoso.

En medio de la voluptuosa y gélida selva valdiviana está la casa familiar, donde conviven padre, madre, hija, e hijo que hablan solo en alemán, con una servidumbre que parece fantasmal con la que se comunican con escasas palabras en castellano. Todo remite al pasado, al lugar desde donde llegaron. Es la década del 50 y el orden del lugar y las relaciones parece férreo. Se marcan las jerarquías y cada quien sabe cuál es su lugar, qué debe hacer y cómo comportarse. Cada integrante de este universo sabe su rol y cuáles son sus límites. Límites refrendados por el poder del clero y por el peso de la tradición. Pero irrumpe una familia rota: una padre y un hijo que han perdido esposa y madre. El desequilibrio comienza.

Es posible especular que los adultos protagonistas sean descendientes de la primera generación de inmigrantes alemanes en Chile, ocurrida en el siglo XIX. De allí que la obligada mantención del idioma y forma sea una necesidad de reforzar una identidad en medio de un lugar que, geográficamente puede parecerse, pero que dista mucho ser como “la patria”. Por eso hay que recrearla dentro de la casa. Por eso la hija y sus primas y primos solo hablan alemán, aunque saben castellano. Por eso que los “locales” no son bienvenidos al interior de la casa. Pertenecen al terreno de lo externo, lo ajeno desde todo punto de vista. No son ellos, los afuerinos, los aliens. Son aquellos que han habitado siempre esas tierras.

El frío externo ­–la trama ocurre en invierno– se cuela al interior de la casa y hiela las relaciones. No hay ternura, sino deberes y prohibiciones que son violentadas por niños y adolescentes, sean hijos de los inmigrantes o de los habitantes locales.  

Ese es el ambiente en que se desarrolla la bien estructura historia que cuenta Postiglioni. El argumento no es complejo; lo complejo son las relaciones, lo que se pudre tras lo no dicho, lo que se desea pero no se puede tener. En ese sentido, el guion usa una estrategia en que los diálogos apenas develan lo que ocurre y son las miradas y los pequeños hechos los que van armando la historia. Es un thriller. No es posible contar nada de la telaraña para, no romper la bien armada composición dramática.

CUATRO SOLIDOS PILARES

Esa precisión del guion está sustentada en cuatro pilares poderosos, trabajados con detalle y al milímetro. La fotografía, en manos de Benjamín Echazarreta (Una mujer fantástica, Gloria, Bala loca, entre otras) adopta el rol de protagonista porque manifiesta en el exterior los conflictos internos. Niebla, bosque cerrado. Se puede oler casi la vegetación captada con claroscuros y verdes profundos. Su presencia es simbólica, porque al entrar los niños en ella, se sumergen también en sus perversiones secretas, en sus anhelos prohibidos. Echazarreta ha dejado huella en el cine chileno con su estilo cuidado y su forma de extraer de la imagen una atmósfera y construir con ella un mundo que se basta a sí mismo. Lo vuelve a hacer en este filme, donde por momentos la naturaleza pareciera decir más de lo que los protagonistas dicen. Es una fotografía que se mueve en una paleta de tonos oscuros, quebrados muy escasamente por la intensidad de los verde claros y los colores claros. El interior de la casa es madera también oscura y la luz del exterior entra escasamente.

La cámara se mueve por una ambientación de época muy lograda, donde cada objeto recrea el país del cual viene la familia. No menos importantes son los trofeos de casa que “adornan” las murallas, como recordando que la ley de la muerte es la que impera. La cruz de Cristo, simple, sin su figura, también remite al pecado y el castigo, más que a la resurrección y la luz.

Y el sonido… otro gran aporte. Una banda que mezcla una música disonante, creada por el argentino Guille Gatti, montajista de trayectoria en filmes de terror, va marcando sin ser evidente, estados de ánimo, quiebres en las acciones. También incorpora los sonidos del bosque, los graznidos de los pájaros, que ayudan a mantener el clima de tensión que atrapa sin soltar desde la primera secuencia. La sutil diferencia entre los acentos del alemán y el castellano también apoyan las emociones que pasan del miedo a la rabia, de la rebeldía al rencor y la venganza.

Igualmente destacan las actuaciones. No es fácil llevar adelante roles contenidos que, en algunos casos estallan como volcán, pero que en otros se quedan oprimidos desde el principio al fin. Todos los personajes están llenos de complejidades que tanto la actuación como el montaje sacan a la luz de la pantalla.

El filme tiene la tensión de la calma antes de la tormenta. Aunque prácticamente no muestra nada, la crueldad, la violenta interna, el erotismo mal resuelto brotan intempestivamente, poniendo de relevancia el valor del título: no hay un solo mal. Son muchos.PP

Todos los males. Dirección y guion: Nico Postiglione. Reparto: Catrin Striebeck, Tilo Werner, Teodoro Bustos, Fernanda Finsterbusch. Fotografía: Benjamín Echazarreta. Música y edición: Guille Gatti. Casas productoras: Oro Films, Whisky Content, Frame, Yagán Films. Duración: 97 min. Suspenso sicológico; filme de época. Chile (México, Argentina), 2025.

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