El joven cinéfilo purista no debería menospreciar a priori el llamado teatro filmado, aquellas cintas gestadas a partir de una obra escénica y cuyo lenguaje y desarrollo radican no en la imagen y sus méritos cinematográficos en sí, sino en que avanza básicamente respaldándose en la palabra y el diálogo hablado. En el pasado, una buena parte de los guiones de cine partieron adaptando textos de la narrativa literaria y otra porción –menor en número, pero bastante considerable todavía– se originó en piezas teatrales. De allí surgieron muchos títulos emblemáticos, hasta clásicos como La soga, de Hitchcock, de 1948, y un largo etcétera.
De este segmento, La invitación es un claro ejemplo. Vierte la obra Los vecinos de arriba, la primera escrita y puesta en escena hace poco más de una década por el catalán Cesc Gay, con tan buena acogida de la crítica y la platea que empezó a circular por distintas ciudades de España y también en otras latitudes. Incluso aquí: en 2017 el montaje local de la pieza permaneció seis meses en la cartelera del Teatro Mori Parque Arauco capitalino (lo dirigió Alejandro Goic y en el elenco estuvieron Luciano Cruz-Coke, Mónica Godoy, Catalina Guerra y Cristián Riquelme). En vista de lo cual Cesc, quien ya se había hecho un nombre como director y guionista de cine, decidió en 2020 llevar su propia dramaturgia a la pantalla en una cinta que llamó Sentimental. También con tan buena repercusión en premios y taquilla, que –según informa el Hollywood Reporter– comenzó a multiplicarse internacionalmente con remakes realizados en Francia, Italia, Suiza, República Checa, Rusia y Corea del Sur (esta última el año pasado arrasó en la taquilla local). Ninguno de esos siete filmes se asomó a nuestras pantallas, pero esta proliferación de la fuente da una medida del enorme atractivo que su temática supo despertar en públicos tan variados.
Ahora se exhibe acá la versión estadounidense, cuyo debut en el Festival de Sundance en enero culminó con una ovación de pie. Y que al parecer optimiza y supera a sus antecedentes. Su reciente y muy auspicioso estreno comercial en EE.UU. ha hecho que la prensa gringa hable de ella como uno de los títulos importantes de la temporada, dando por segura su participación en los premios de fin de año. La dirige Olivia Wilde, neoyorquina de 42 años, ya de extenso currículo como intérprete (no menos de 60 filmes y teleseries), en su tercera incursión como directora. Su primer largometraje, la lograda comedia adolescente La noche de los nerds (2019), le valió el espaldarazo de la crítica y el público, pero no tuvo igual suerte con el segundo, que no se dio aquí.
Actriz al fin y al cabo, y considerando el material que tenía entre manos, Wilde –tras hacer que la historia fuera reescrita y pulida por una dupla de guionistas– resolvió acometer el proceso abiertamente como si fuera teatro. Antes de comenzar a filmar sometió al elenco a un ciclo de sesiones de análisis (trabajo de mesa se dice en jerga escénica) que tuvo a su vez el carácter de una terapia grupal en la cual ellos, y la propia directora que se reservó un rol, el de Ángela, la dueña de casa, discutieron sus experiencias personales al respecto. La realizadora también optó por que el rodaje, el cual tardó tres semanas en su única locación, un departamento de clase media, se hiciera en estricto orden cronológico del relato, permitiendo además que ocasionalmente los ejecutantes improvisaran frente a la cámara. Lo que ciertamente deja aflorar de algún modo la verdad interior de la interpretación (sin que el resultado llegue a tener una cualidad autobiográfica), e influye en la frescura y autenticidad de las acciones.
DESOPILANTE E INSIDIOSA
Se abre con un sarcástico aforismo lanzado por el escritor irlandés Oscar Wilde de brillante ingenio en plena época victoriana: “Uno debería estar siempre enamorado, por eso la gente nunca debería casarse”. Lo que define el tono de lo que sigue.
Al anochecer un esposo regresa a su hogar malhumorado por su gris jornada laboral y con un severo dolor de espalda. La esposa le recuerda que, como su hija de 12 se fue a dormir a casa de una amiguita, invitó a cenar a la pareja que vive en el departamento de arriba en desagravio por las molestias que le pudo ocasionar la reciente remodelación de su vivienda. Le reclama que ella nunca le informó de esto (aunque quizás sí lo sabía) y que no está para nada con ánimo de socializar. Pero los vecinos llegarán al poco rato y se ve obligado a acatar. Disgustado, amenaza con servirse de la ocasión para enrostrarle a sus invitados los frecuentes y bullangeros retozos sexuales con que ellos los despiertan a altas horas de la noche (aduciendo además que esos ruidos pueden inquietar a la preadolescente). La mujer le exige con vehemencia que no lo haga y están en plena acalorada discusión, cuando suena el timbre.

El argumento es así de simple, lo que importa es cómo se va desarrollando la velada y la interacción de estos personajes cuarentones. En un tono que parte siendo en principio de buenos modales, muy luego entreverado por momentos incómodos de esos que despiertan vergüenza ajena. Primero está el choque cultural y de estilos de vida ya que ambas son parejas diametralmente opuestas entre sí. Los dueños de casa se revelan como un matrimonio convencional y aburrido, que hace mucho aceptaron vivir una rutina opaca e infeliz (marido y mujer son además artistas frustrados). Por el contrario, los visitantes –él, un bombero retirado, ella una terapeuta y sexóloga española– son modernos y sofisticados; claramente despiertan en los primeros un resabio de envidia porque representan todo lo que soñaron ser y nunca lograron.
La cosa se complica aún más cuando –animados por unas cuantas copas y algún pito de marihuana– cada cual empieza a plantear su modo de entender la relación de pareja y, peor aún, su posición frente a la intimidad sexual. Los visitantes son desprejuiciados y abiertos a experimentar lo que se presente; los anfitriones, en cambio, quedados y reprimidos. Así la situación deriva a medio camino hacia una pendiente cada vez más peligrosa y amenazante, incluyendo la tentación de una aventura swinger. Esta es una propuesta en la que se habla mucho de sexo en la forma más explícita y descarnada, pero que carece por completo de alguna intimidad concreta, todo está solo verbalizado.
Así, de modo hilarante, el agudo e incisivo diálogo se va llenando de coartadas, medias verdades, subterfugios, mentirillas piadosas e hipocresías civilizadas; una marea de ridículos esfuerzos por conservar la compostura y mostrar socialmente la versión más digna de cada cual. Como sucede en el teatro, tanto o más atractivo que lo que se ve y escucha resulta aquello que no está dicho; el universo interior de estos personajes que va por debajo de lo manifiesto y se percibe a través de miradas y gestos disimulados, en los silencios y titubeos de las voces. A medida que el relato avanza, la cámara pasa de los encuadres generales a los planos medios y más cercanos para registrar y hacer más perceptibles esos detalles ínfimos. De más está decir que el nivel general de las actuaciones resulta una maravilla.
El referente más próximo de esta cinta puede ser ¿Quién le tiene miedo al lobo? (de 1966, dirigida por Mike Nichols), también teatro filmado -sobre una pieza canónica de Edward Albee- que, como esta, confronta a dos parejas para expresar el colapso en la sociedad actual, entre otras cosas, del matrimonio como institución. La diferencia es que la anterior ocurría en el estirado ambiente universitario y la presente alude a personas comunes y corrientes, seres humanos con los cuales podríamos cruzarnos cualquier día en la calle o en el metro. La invitación va más lejos aún en su virulencia demoledora: pone en duda la idea de que una pareja deba y pueda efectivamente estar unida por toda la vida.
En ese sentido hay que agradecer que Olivia Wilde resolviera ofrecer en el remate un alivio a su retrato de tan amargo sarcasmo y escéptico pesimismo. A última hora hace un sorprendente giro de estilo para presentar un inesperado quiebre emocional, poderosamente bello, delicado y triste, que quizás anuncia una posibilidad de sanación; sugiriendo que pese a todo, y si hay amor y voluntad, existe la esperanza de un reinicio y reencuentro. PP
La invitación. Dirección: Olivia Wilde. Guion: Rashida Jones y Wilo McCormack, a partir de una obra teatral del español Cesc Gay. Reparto: Seth Rogen, Olivia Wilde, Penélope Cruz, Edward Norton. Fotografía: Adam Newport-Berra. Música: Devonté Hynes.. Productora: Annapurna Pictures. Ficción. Comedia. Duración: 108 min. Estados Unidos, 2026.
