LA SUTIL BRUMA ENTRE FICCIÓN Y REALIDAD

El teórico francés Roland Barthes lo adelantaba hace 40 años en Lo obvio y lo obtuso. Imágenes, gestos, voces (1986): “toda sociedad desarrolla técnicas como el cine destinadas a reforzar los significados, con el fin de combatir el terror de los signos inciertos”. ¿Y qué peor incertidumbre existe que la muerte de un hijo y que, tras una investigación de siete años, jamás se logre dar con los asesinos? La falta de certezas es terrorífica y constituye la columna vertebral de Alguien tiene que saber, serie inspirada en la desaparición del joven Jorge Matute Johns –ocurrida en la ciudad de Concepción el 19 de noviembre de 1999– y el posterior hallazgo de sus restos el 12 de febrero de 2004 a orillas del río Bíobio.

Estrenada en Netflix el 15 de abril pasado, entre polémicas, la serie se sitúa en el Concepción de 1999 y lleva de bruces a la angustia de Vanessa Font (María Teresa Johns, en la realidad), una madre incansable que no se rinde ante una búsqueda con futuro incierto, a errores y celos policiales difíciles de comprender, a marchas diarias en busca de justicia y a una ciudad mayoritariamente comprometida con resolver la desaparición de su hijo.

Esta causa policial inspira la producción de Fábula, dirigida por Fernando Guzzoni y Pepa San Martín, que, aunque no pretende ser fiel a la realidad, lo parece en múltiples pasajes. Este puente entre la realidad y la ficción se facilita por la actuación de Alfredo Castro en el rol del policía de la PDI —Montero, en la serie; Héctor Arenas en el caso real— y por la interpretación de Clemente Rodríguez como Julio, que representa a Jorge Matute Johns.

Pero existen otros factores cinematográficos que alimentan la bruma en la que se extravía la posibilidad de separar la ficción de la realidad. “El cine recurre a elementos estéticos y narrativos de los imaginarios sociales presentes sobre el pasado, para producir un efecto de realidad en sus producciones”, afirman los investigadores en comunicación Claudio Salinas, Hans Stange, Eduardo Santa Cruz y Carolina Kulhman en La historia en el cine de ficción chileno: estrategias de producción de un sentido común audiovisual (2019). Entre estos elementos destacan la ambientación sonora y la cuidada fotografía, las cuales transforman a Concepción, una ciudad atravesada por el imponente río Biobío graficado en sendas panorámicas a veces rojo sangre y otras azul misterio; riberas que no ofrecen una explicación lógica al hecho de que nadie haya visto ni sabido nada sobre la desaparición de un joven desde un lugar concurrido como una popular discoteca. En ese silencio se basa el título de la miniserie.

Donde se produce mayor distancia entre la realidad y la ficción, al menos para quienes presenciaron el caso en tiempo real, es en la actuación de la actriz Paulina García, quien interpreta a Vanessa Font. Si bien su parecido físico es innegable, la actitud guionizada del personaje dista mucho del coraje, la decisión y el aplomo de la madre real de Jorge, situación de la que fueron testigos quienes vivieron en Concepción durante aquellos años.

La historia, cuidando de no revelar la trama fundamental, funciona mediante una madeja dramática que se entrelaza en ocho episodios y muestra las distintas versiones sobre la desaparición de Julio (Jorge Matute). Por un lado, está la tesis que obsesiona al policía de la PDI, la cual coloca en la mira a un grupo de jóvenes de buena posición económica presentes en la discoteque esa noche. También existen guiños dramáticos e imágenes explícitas que apuntan al dueño de la discoteca, y a su personal como los responsables del hecho. Por último, aparece en escena un sacerdote que afirma conocer la verdad, pero bajo el secreto de confesión; línea que se vincula con la hipótesis propuesta por una joven policía, centrada en un profesor y una red de prostitución juvenil encubierta, quien, al intentar abusar del protagonista, termina intoxicándolo con pentobarbital.

Que el nombre de la serie no sea el mejor, que el ritmo resulte lento, que las actuaciones sean discretas, salvo las de Alfredo Castro y Clemente Rodríguez, o que se trate de una ficción que resucita el dolor y la angustia de una familia tras una muerte no resuelta: de acuerdo con todo aquello. Sin embargo, hay que verla. La serie posee elementos cinematográficos muy bien logrados que trasladan de nuevo al caso y transforman en un suspiro casi tres décadas desde la desaparición de Jorge Matute Johns, desempolvando situaciones, ambientes y recuerdos compartidos por el público chileno. Como señala el teórico francés Gilles Lipovetsky en La pantalla global. Cultura mediática y cine en la era hipermoderna (2009): «el cine no solo construye una percepción del mundo, sino que, en un sentido más radical, produce realidad«. PP

Alguien tiene que saber. Dirección: Fernando Guzzoni y Pepa San Martín. Guion: Rodrigo Fluxá, Pablo Manzi, Carla Stagno e Isabel Plant. Elenco: Paula García, Alfredo Castro, Gabriel Cañas, Clemente Rodríguez, Héctor Morales, Camila Hirane. Música original: Manuel José Gordillo, Fotografía: Mauro Veloso y Benjamín Echazarreta. Casa productora: Fábula. Miniserie de ocho capítulos de 42 min. Disponible en Netflix. Chile, 2026.

Referencias Bibliográficas

Barthes, R. (1986). Lo obvio y lo obtuso. Imágenes, gestos, voces. Barcelona: Editorial Paidós.

Lipovetsky, G., & Serroy, J. (2009). La pantalla global. Cultura mediática y cine en la era hipermoderna. Comunicación y Hombre5, 205-208.

Salinas, C.; Stange, H.; Santa Cruz, E. y Kulhman, C. (2019). La historia en el cine de ficción chileno: estrategias de producción de un sentido común audiovisual. Comunicación y Medios, (39), 160-173.

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