LA CREACIÓN DEL MUNDO SEGÚN AMÉLIE

Hay muchas formas de enfrentarse a una experiencia religiosa. La mayoría de ellas consistirían en buscar a Dios – o su equivalente – fuera de uno mismo, para lo cual sería necesaria una travesía, probablemente uno que otro sacrificio, y llegar al punto climático en el cual, al encontrarse con uno mismo, es posible al fin encontrar a Dios. Una de las genialidades de la novelista Amélie Nothomb (Bélgica, 1966) es que imagina el proceso opuesto: nacer divina, lidiar con las inconveniencias de la primera infancia, hasta asumir la propia mortalidad con el mayor optimismo posible.

Esa es la propuesta de Amélie y los secretos de la lluvia (Amélie et la métaphysique des tubes, 2025), que logra una muy fiel adaptación de la novela La metafísica de los tubos, de Amélie Nothomb, una pseudo-biografía sobre los tres primeros años de vida de la autora.

En sí mismo esto ya es inusual. Aún en el mejor de los casos, es difícil recrear la mirada infantil de forma convincente, y es aún más difícil cuando esta mirada se entrelaza con lo divino. Tanto la película como la novela empiezan en la inmensidad antes de nacer. La protagonista Amélie no es la partícula minúscula que frecuentemente se ve en historias con personajes antes de que nazcan. Ella es Dios. Que existe en la inmensa nada en la que está satisfecha – haciendo nada, esperando nada, queriendo nada, rechazando nada, queriendo nada. Un Dios cuya crisis comienza solo cuando nace y se encuentra a sí misma en posesión – o limitada por – un cuerpo. Este conflicto, riquísimo en su peso filosófico y existencial, se presenta en la película mediante una mirada llena de inocencia, colorida, curiosa y ansiosa por descubrir y entender el mundo que se abre cada vez más. Es un delicado punto medio entre una mirada infantil y una holística, o quizás la mirada del retorno a la niñez, que en lugar de menospreciarla – como frecuentemente el cine hace con los niños – es abrazada por los creadores de esta película con la misma curiosidad.

Este es el primer largometraje como directores para Liane-Cho Han Jin Kuang y Maïlys Vallade (afranceses), aunque ambos venían ya con amplia experiencia en el mundo de la animación, trabajando juntos en conocidas películas animadas galas, como El Principito (2015), El techo del mundo (2015) y Calamity (2020), y con formación en la muy reputada escuela de animación Gobelins. No es difícil entender cómo, pese a estar debutando, la dupla ha sabido usar la animación como instrumento para crear el mundo propuesto por Nothomb en su génesis autobiográfica.

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La esencia de la historia es la creación del mundo y cómo este va tomando forma a partir de la voluntad de la pequeña Amélie. El estilo de animación y del uso del color – muy similar a lo que se ve en El techo del mundo – ayudan a equilibrar estas dos dimensiones de curiosidad infantil y de divinidad holística. Las formas simples y los colores planos hacen que el mundo en el que nace Amélie sea blando, amistoso y primordialmente amable – incluso las amenazas parecen ser capaces de abrazar a la niña, como la ola de la que es rescatada en un viaje a la playa. En simultáneo, es un mundo riquísimo en detalles. Tanto el interior de la casa como los jardines a su alrededor resultan muy estimulantes, con detalles no carentes de simbolismo, como la escena en la que Nishio-san, la nana japonesa de Amélie, relata sus recuerdos de la segunda guerra mundial, y cada una de sus acciones resulta en una metáfora de lo que oímos, suavizando el horror, sin por ello hacerlo menos real.

Si bien no era la favorita para llevarse la estatuilla, ni se la llevó, el camino hacia los Oscar no estuvo exento de reconocimientos. Estrenada en Cannes y nominada a la Camera d’Or, ganadora de los premios del público en el reputado festival de animación Annecy y en el festival de San Sebastián, entre muchas otras nominaciones, da para ilusionarse con lo que esta dupla de directores pueda hacer en el futuro. Sobre todo considerando que el ejercicio de adaptar la novela de Amélie Nothomb no era un desafío fácil.

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Además del ya mencionado equilibrio entre divinidad e infantilidad, y la brutal ingenuidad que caracteriza buena parte de la obra de la autora, la película añade con astucia elementos que no están en libro, como cierto realismo mágico que sugiere una conexión entre la supuesta divinidad de Amélie y el mundo a su alrededor, como el temblor que sacude Japón en medio de una rabieta. Quizás el único momento que queda en deuda es el final, que queda algo irresoluto y, por tanto, inconsecuente. La pérdida de la divinidad de Amélie – o quizás la aceptación de su propia humanidad – aparecen ni siquiera como un evento, sino como una casualidad vinculada a su tercer cumpleaños, renunciando a la narración más traumática y existencial de la novela, en la que Amélie se resiste no solo a su humanidad, sino también a la idea de no ser japonesa, coqueteando con la idea de volver a su estado original de divinidad de antes de nacer, es decir, fuera de la vida.

Es evidente que la intención de la película es apuntar al público infantil, lo que limita considerablemente el poder tratar temas de esta envergadura. Sin embargo, la búsqueda de un final más optimista termina banalizando la propuesta de la historia, el viaje en reversa de este ser divino que existe en perfecta satisfacción en la nada y debe aventurarse hacia su propia humanidad. Hay una belleza inherente en la literatura de Amélie Nothomb, que emana sobre todo de la brutalidad y a veces crueldad de sus protagonistas, tal como pueden ser los niños. Si bien esa belleza se desvanece hacia el final, sí está presente y reconocible en momentos clave de la película, que invitan, a través de esa bella ingenuidad, a revisitar las memorias que perdimos cuando dejamos de ser dioses.

Amélie y los secretos de la lluvia. Dirección: Liane-Cho Han Jin Kuang, Maïlys Vallade. Reparto: Loïse Charpentier, Victoria Grosbois, Yumi Fujimori, Cathy Cerda, Marc Arnaud, Laetitia Coryn. Casas productoras: Maybe Movies, Ikki Films, 2 Minutes. Animación. 117 min. Francia y Bélgica, 2025.

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