FAMILIA EN RENTA O EL FASCINANTE TOKIO DE LA SOLEDAD

Marginales, perdedores, dignos, desesperados, anclados en la ternura, el dolor y la risa. Así son los personajes de Familia en renta, una crítica íntima y social que atraviesa el neoliberalismo con humor sarcástico y una extraña melancolía. La directora, Hikari (Mitsuyo Miyazaki, 1977, Osaka, Japón), se consolida en el cine de autoría y el actor Brendan Fraser logra interpretar a su Phillip como si se tratase de él mismo. Porque la autenticidad de las actuaciones está vinculada al estilo minimalista de esta película que mezcla los dos mundos de su directora: el japonés y el estadounidense y, para ello, los planos fijos, los silencios largos y una dirección de arte magistral se presentan como la arquitectura de una historia que quienes vivimos en el capitalismo tardío conocemos bien.

Aquí, por ejemplo, cada espacio da cuenta de la necesidad de agencia, exponiendo la precariedad emocional y la transacción de emociones como escapatoria a la angustia epocal y relacional. El guion, que a ratos pareciera mezcla situaciones cotidianas con ácidas observaciones socioeconómicas, recorre momentos marcados por frases del tipo “pagamos por compañía” o “aquí todo tiene precio”, que resuenan como lemas de una era que mercantiliza los afectos. Las actuaciones, contenidas pero potentes, revelan capas de soledad: los protagonistas alternan ternura y cinismo en frases destacadas —“no vine por amor, vine por paz”— que escuecen por su autenticidad. La música, sutil y melódica, subraya la tensión entre deseo y supervivencia, mientras la dirección de arte crea contrastes de lujo fingido y austeridad real. La película es un espejo nada complaciente: denuncia el vacío social del neoliberalismo y celebra, con nostalgia, la necesidad humana de vincularse, abrazarse, sostenerse.

Familia en renta consolida a Hikari como una voz inquieta del cine contemporáneo: su tono austero y su mirada desde el intimismo social vuelven a poner en escena personajes que negocian afectos como mercancía. La película funciona mejor cuando se apoya en el trabajo de los intérpretes: Brendan Fraser, lejos del histrionismo, ofrece una actuación de contención acumulativa que transforma a Phillip en un núcleo empático y desarmado. Fraser –quien ya fue aplaudido en La ballena– no necesita grandes explosiones; su mayor virtud aquí es la precisión emocional, que convierte frases como la mencionada —“no vine por amor, vine por paz”— en confesiones que duelen por su cotidianidad.

Takehiro Hira y Mari Yamamoto actúan como contrapuntos profesionales: Hira aporta la gravedad mesurada del mediador que comprende las reglas del negocio afectivo; Yamamoto, con su doble sensibilidad cultural, encarna la ambivalencia de quien se adapta y resiste a la vez. Shannon Mahina Gorman, niña-propulsor narrativo, desconcierta y conmueve sin artificio, obligando a los adultos a mostrar grietas que el guion explora con honestidad. Akira Emoto suma textura generacional: su presencia recuerda que la historia del afecto mercantil atraviesa tiempos y memorias.

HONESTIDAD SIN CONSUELO NI RENDICIÓN

El guion, firmado por Hikari y Stephen Blahut, equilibra ironía y ternura, aunque a veces cede a soluciones narrativas previsibles; aun así, sus mejores pasajes dejan hablar a los silencios y a los espacios. La dirección de arte es impecable: departamentos minimalistas y objetos de consumo construyen un paisaje estético donde el lujo aparente disimula precariedad afectiva. La banda sonora es obra de Jón Þór Birgisson (líder de la banda islandesa Sigur Rós) y Alex Somers. Esta elección es clave porque su estilo se aleja de lo convencional para ofrecer un sonido. Utilizan texturas ambientales que crean una sensación de ensueño o irrealidad, lo cual encaja perfecto con la premisa de personas que alquilan para no asumir que todo está perdido. O casi todo.

Aquí Tokio es un personaje más y lo avasalla todo de una forma magistral que se agradece: la hiperconexión tecnológica y el aislamiento emocional se mezclan con el vértigo de calles y edificios, y con la imponente mirada a la lentitud de la memoria, las raíces verdes de la montaña, la casa que se quiere ver por última vez antes de no recordar. Las pistas las da un guion que obliga a ser paciente: “Tokio es un lugar donde puedes comprar cualquier cosa, incluso un recuerdo que nunca tuviste”; “en esta ciudad, el silencio de un apartamento vacío es el ruido más fuerte que existe”; “caminar por Shibuya es como ser un fantasma en medio de un desfile; todos te ven, pero nadie te mira”; “la gente en Tokio no busca amor, busca una tregua contra la soledad”.

Y es que el mensaje es claro dentro de sus grises: el neoliberalismo ha industrializado la soledad. No ofrece respuestas fáciles, pero sí una radiografía íntima de cómo el mercado permea la vida emocional. Familia en renta, con un Fraser que conmueve con sus gestos, no da respuestas desde la moralina, sino que expone a vidas que solo buscan ser con otros y otras, aunque esto suponga una farsa repleta de verdades. La película es en extremo honesta porque da cuenta existencias que duelen; si lo que se busca es consuelo y redención, aquí no existe; el negocio se adapta a las necesidades de quienes tienen hambre de relaciones para sí mismos o para quienes aman sin saber cómo amar.

¿Es un engaño si ambas personas necesitan creer en la misma mentira para sobrevivir?”. La pregunta, que en una de las escenas repasa el simulacro de fondo, hará guiños un largo tiempo fuera del cine. Familia en renta es, sin dudarlo, una película de estos tiempos. PP

Familia en renta. Dirección: Hikari (Mitsuyo Miyazaki). Guion: Hikari y Stephen Blahut. Reparto: Brendan Fraser, Takehiro Hira, Mari Yamamoto, Shannon Mahina Gorman. Música: Jón Þór Birgisson (líder de la banda islandesa Sigur Rós) y Alex Somers. Casas productoras: Knockonwood, Sight Unseen Pictures. Duración: 103 min. Coproducción Japón-Estados Unidos, 2025.

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