LA IGLESIA DE LA SALVACIÓN

En 1972 (cuatro años antes de su debut como guionista, nada menos que con Taxi driver) Paul Shrader había presentado su tesis titulada Estilo trascendental en el cine. En ese trabajo, se preguntaba por qué realizadores tan alejados geográficamente -como Yasuhiro Ozu y Robert Bresson- habían llegado a las mismas técnicas formales para convocar dimensiones espirituales o metafísicas en sus obras.

Para los interesados, es bueno tener en cuenta que Schrader ha pasado sus últimos años estudiando el estado del cine arte internacional, con el propósito de escribir un ensayo acerca de distintos directores que han ido abriéndose a ese estilo trascendental, desde Tarkovski a Bela Tarr. Esperando leerlo pronto, aquí va el link a la charla de Shrader hablando del Estilo trascendental en el cine. (Está, obviamente, en inglés, pero en configuración, Youtube permite subtítulos en castellano).

Hoy nos convoca La Iglesia de la Salvación (First Reformed), su última película que estuvo disponible en Netflix. En este trabajo reivindica especialmente la trascendencia austera de Diario de un cura rural, la notable película de Robert Bresson de comienzos de los años 50, junto al uso de planos fijos, composición áurea en casi todos las escenas y un asfixiante encuadre en 1.33. También lo reinvindica en la trama, que tiene varias y sospechosas similitudes con la realización del director galo. La única diferencia es que aquí el cura, en vez de ser solo un triste fracasado como en la cinta francesa, es un triste fracasado que además se propone “forzar” la trascendencia mediante el asesinato de su congregación, inmolándose en el proceso, chaleco bomba de por medio.

Podría sintetizarse la correlación entre ambas cintas y, de paso, toda la filmografía de Paul Shrader con la siguiente fórmula:

Paul Schrader = austeridad trascendental bressoniana + cine B de explotación

Debe haber sido desafiante para cualquier actor interpretar al pastor de manera convincente, más todavía cuando se trata de un actor “ondero” como Ethan Hawke. Lo ayudó, sin duda, el capital actoral que ha venido acumulando con el tiempo. Lo concreto es que encarna sin problemas a Ernst Toller, un antiguo capellán militar que ha llegado a un pequeño pueblo solitario, buscado una vida de refugio al cuidado de una pequeña iglesia calvinista poco concurrida y adscrita a una mucho mayor congregación evangélica.

En La Iglesia de la Salvación, Shrader pidió a Ethan Hawke que actuara en un estilo que llamó  actuación echada hacia atrás porque, en teoría, invita al espectador a inclinarse hacia la pantalla y participar más visceralmente de la historia, todo esto con el apoyo de una cámara en estricto punto de narrador testigo.

Ernst Toller, el protagonista, trae consigo una enorme carga dramática: años atrás instó a su hijo a unirse al ejército para defender los intereses estadounidenses en Irak y fue muerto en combate. De suerte que ahora reparte sus días entre la culpa y la amargura como si fuesen sacramentos para su feligresía. Escuálida, por cierto. Ernst siente la terrible sensación de no saber a ciencia cierta si es un hipócrita o no.

Igual que en Diario de un cura rural y Taxi driver, Ernst se autocompadece en un diario de vida que escuchamos en off mientras nos enteramos que tiene una enfermedad estomacal grave y que está viviendo una crisis terminal que confunde con el “estado de gracia”.

Atrapado en esta crisis, Ernst conoce a Michael (interpretado por Philip Ettinger), un ecologista milenial que rechaza la paternidad, porque está aterrado por el apocalipsis asociado al calentamiento global en los próximos 50 años.  ¿Quién podría contradecirlo, a estas alturas? A través suyo el pastor también conoce a la esposa del ecologista, Mary (Amanda Seyfried). La mujer quiere que el pastor aconseje y tranquilice a su marido. Y es con ella que el protagonista vivirá una innecesaria historia de amor. ¡Esta película tiene de todo!

La escena del encuentro de Ernst y Michael bien podría ser lo mejor de la película. Es el único momento donde puede palparse realmente la angustia de Ernst al aceptar internamente -y muy para sí- que sus argumentos en favor de la vida y la esperanza pueden ser tan absurdos como los expresados por Michael, no solo desde la desesperanza y el pesimismo sino también desde un narcisismo milenial resueltamente paranoico. Es notable la observación que Ernst se hace para sí mientras escucha los argumentos apocalípticos de Michael: “Sentí que me estaba enfrentando a un ángel”, para luego contestar en voz alta: “El mundo está en peligro, sí, pero no está muriendo. Aún hay esperanza de que el clima mundial pueda cambiar. Mantén la fe, porque eso es lo que la gente siempre ha hecho”. Una elocuente actuación de Ethan Hawke da a entender el profundo vía crucis que le toma internamente al personaje decir estas palabras sabiendo que son mentiras y, al mismo tiempo, sabiendo que, momentos más tarde, sus únicas compañías serán una botella de alcohol y la culpa.

Durante un buen tramo, el filme recuerda a Luz de Invierno, de Bergman (obra maestra de la iluminación por parte del gran Sven Nykvist), en aquello del cura aislado en una comunidad lejana e incapaz de salvar a nadie. Schrader trabaja en La Iglesia de la Salvación un estilo de tonalidades más oscuras que en sus dos trabajos previos (Dying of the light y Dog eat dog), lo que se termina agradeciendo, pues el colorido de La Iglesia de la Salvación resulta ser bastante más agradable que el contraste chillón de esas realizaciones.

Shrader hace uso de algo parecido a la angustia por deprivación para clavar la atención del espectador en la pantalla. La trabaja usando técnicas como la cámara fija, como el minimalismo musical y como encuadres, acciones repetitivas y tomas largas que terminan por invitar al espectador a extrapolar algún significado más profundo o más “alto” que aquello que se ve literalmente en pantalla. Lo que consigue, finalmente, es producir en el espectador una sensación de incomodidad y un retrato bastante inquietante que excava en la propia conciencia de Shrader y en sus miedos más presentes… Esto cubre el 75% de la película.

En el resto, en el otro 25%, todo lo que cuidadosamente se había construido, empieza a derrumbarse bajo el caos pasional del Cine B de explotación shraderiano. Los minutos finales son entre concluyentes, dramáticos y absurdos. Y, mientras más lo son, más pegados a la pantalla nos quedamos. El efecto es muy parecido a lo que ocurre en el último tramo de Pulp fiction o de Vértigo.

La Iglesia de la Salvación deja la misma sensación de la jugada de aquel futbolista legendario que corre solo con la pelota desde el arco amigo hasta el otro, llevándose todas las marcas y esquivando a todos los rivales para llegar intacto al área chica y disparar fuerte contra el arco. Ovación de pie, pero el balón sale directo hacia el córner y queda fuera de la cancha.

Para quienes quieran ahondar en los infiernos internos de este interesante y noble cineasta, puede leer la entrevista que le fue realizada por Sanfic a su venida a Chile en 2017.

La Iglesia de la Salvación. 2017. Director: Paul Sharder. Ficción (Drama, suspenso). Reparto: Ethan Hawke, Amanda Seyfried, Michael Gaston, Cedric Kyles, Victoria Hill, Bill Hoag. Productoras: Killer Films, Omeira Studio Partners, Fibonacci Films, Arclight FilmsBig Indie Productions. 113min. Estados Unidos.

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