SINNERS: EL TERROR EN LA PÉRDIDA DE LA IDENTIDAD COMUNITARIA

¿Puede el terror alzarse como una forma de relatar un miedo mucho más profundo, más real? Para Ryan Coogler (California, 1986) sí. Y lo demostró mediante Sinners (Pecadores), una película gótica sureña que utiliza elementos propios del género de terror, pero cuyo verdadero villano cala mucho más hondo que una entidad sobrenatural.

Lo primero que narra la fantasía gótica sureña de Sinners es que los hermanos gemelos Elijah “Smoke” y Elias “Stack” Moore —ambos interpretados por Michael B. Jordan (California, 1987), trabajo por el cual obtuvo el Oscar a la mejor interpretación protagónica masculina— son veteranos de la Primera Guerra Mundial, y que han regresado al Delta de Mississippi luego de pasar años trabajando para la mafia en Chicago. Vuelven con dinero robado y compran un aserradero con la intención de abrir una cantina de blues para la comunidad negra local.

Durante la primera mitad del filme, los gemelos Smokestack recorren los lugares de su tierra natal en búsqueda de sus conocidos, anunciándoles la apertura de su cantina, peregrinan por paisajes cargados de simbolismo, con la nostalgia de quien regresa a un lugar que ya no reconoce. Su vida problemática los cambió, y esa disociación entre el yo y la comunidad provoca una tensión que Michael B. Jordan expresa a la perfección en este papel dual. La gente que conocían ha cambiado, todos saben de su rol como criminales e, incluso, hay quienes les recriminan fantasmas no solucionados del pasado. Nadie es unidimensional, pues todos los personajes habitan sus propios conflictos, los cuales se entrelazan y dan forma al concepto de comunidad sobre el cual el relato está construido.

La forma en que están presentados los personajes permite la cercanía del espectador/a, sienten cercanos, pero dado que se trata de una película de terror en la que hay vampiros y muertos, esta empatía los convierte en bombas de tiempo ya que, inconscientemente, la ansiedad por saber quién será el próximo en morir aparece y va in crescendo. Irónicamente, esta profundidad en su caracterización dota a sus muertes de significado, y se convierte en un espejo que muestra la complejidad de la vida y la muerte, conectándose con el concepto de resiliencia comunitaria y explorando el horror del ciclo de la vida y de las pérdidas inevitables.

La música también es una fuerza narrativa que moviliza el avance de la trama, al menos durante la primera mitad del filme. Mientras los personajes reabren sus propias heridas, innegables consecuencias del racismo, la música surge como una metáfora a la resistencia negra frente al sistema opresor. “A los blancos les encanta el blues, simplemente no les gusta la gente que lo toca”, dice Delta Slim (Delroy Lindo, Greenwich, Londres, 1952), mientras recorre junto a los gemelos una plantación de algodón donde los trabajadores cantan para aliviar su carga. Destaca también una emotiva escena en la que, mientras Sammie —interpretado por Miles Caton (Brooklyn, Nueva York, 2005)— toca la guitarra en la cantina de los gemelos, la comunidad conecta con sus raíces, su pasado y su futuro, instaurando la idea de que la expresión musical es trascendental y capaz de tender lazos generaciones entre personas, enfatizando que la idea de que el blues no fue algo impuesto a los negros, sino que nació de ellos y continuará estando presente en el futuro.

No obstante, si bien la cantina fue concebida como una forma de brindar alegría y un lugar para la resistencia a la comunidad negra local, también es capaz de atraer a otros. No deseados. A mitad de la película, todo el realismo de época da un giro inesperado con la irrupción de los vampiros. Como un punto relevante, la representación vampírica en Sinners es sumamente cuidadosa. Su odio por el ajo y la necesidad de evadir la luz solar, además de que deben ser invitados para entra a un lugar, reiteran la creencia folklórica de que el mal, debe ser invitado para entrar a un hogar o a una existencia.

¿QUÉ PITOS JUEGAN LOS VAMPIROS?

Jack O’Connell (Derby, Reino Unido, 1990) entrega una actuación dramática y visceral al ponerse en la piel de Remmick, un vampiro blanco y centenario que llega sin anunciarse y busca reconstruir su propia comunidad mediante de la conversión de otros. Remmick es un vampiro irlandés y esa nacionalidad no fue elegida al azar. El pueblo irlandés sufrió la asimilación y apropiación de su cultura por parte de los ingleses protestantes, y ha vivido en carne propia la transformación de ella para que encajara con las creencias de los colonos. Ahora, él en su calidad intemporal y sobrehumana busca continuar el ciclo al querer que la comunidad negra sufra el mismo destino, convirtiendo así al oprimido en opresor. En Sinners, el vampiro surge como una metáfora de la asimilación cultural, mostrando la violencia del proceso de pérdida de las raíces y cultura de las comunidades. Representa así la constante disyuntiva entre vivir habiendo rechazado la humanidad, o morir conservando esa esencia.

Otro guiño a esta idea es que, una vez vampirizados, los personajes negros cantan música irlandesa, dejando de lado el blues pese al énfasis que tuvo durante la primera mitad de la película. La supuesta libertad de la eternidad no es más que un cambio de cadenas.

Pese a ser un vampiro, Remmick recita el Padre Nuestro a Sammie, diciéndole que los hombres que robaron la tierra de su padre trajeron consigo la palabra del Señor pero que él cree que la música negra es capaz de atraer a más personas que el cristianismo. A la vez,  utiliza la crítica al racismo que sufren como una razón para aceptar el vampirismo.

A lo largo de sus dos horas de duración, Sinners sostiene que la maldad es un espectro y que en ella hay niveles: aunque las intenciones de los  gemelos Smokestack al crear un lugar para que la comunidad negra descanse sean positivas, ellos no son buenas personas, sino gangsters que trabajaron para Al Capone y han comprado la cantina con dinero robado. O la maldad del padre de Sammie, quien no puede seguir sus sueños de ser músic porque su padre se lo prohíbe. Por otro lado, hay males mayores: el racismo encarnado por los miembros del Ku Klux Klan que deambulan por Mississippi, y el mal sobrenatural representado por los vampiros. Todos son pecadores cuando la realidad te obliga a adaptarte a su crueldad o morir.

Sinners danza entre ser una película dramática, una obra de realismo de época, una historia gótica sureño y una película de terror sobrenatural. El miedo no radica en la representación misma de los vampiros, y el gore es utilizado más bien como un recurso para metaforizar la brutalidad de la asimilación cultural. La idea remarcada en que toda colonización, incluso en sus formas más pasivas, ejerce violencia sobre sus víctimas y la cultura local deberá ser adaptada para asumir la otra.

Si bien utiliza excesos propios del género, el terror de Sinners no radica en la presencia del vampiro, sino en el horror de la expansión territorial. Tema que resuena en esta época donde la ambición de los imperios vuelve a alzarse, sin detenerse a pensar en las consecuencias que genera en las culturas de quienes buscan someter. PP

Sinners. Dirección y guion: Ryan Coogler. Reparto: Michael B. Jordan, Delroy Lindo, Jack O’Connell, Wunmi Mosaku, Jayme Lawson, Omar Benson Miller, Hailee Steinfeld, Li Jun Li, Miles Caton, Lola Kirke, Nathaniel Arcand, Peter Dreimanis, Saul Williams, Yao, David Maldonado, Helena Hu. Casa productora: Proximity Media. Terror y drama social. Duración: 137 min. Estados Unidos, 2025.

Créditos de fotos: Warner Bros.

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