UN APOCALIPSIS SIN RUMBO

En esta ocasión, Ridley Scott (Reino Unido, ochenta y ocho años) cuenta una historia que transcurre poco después de una pandemia global. La trama sigue a Hig, encarnado por Jacob Elordi, un ex mecánico, tanto sobreviviente como aviador, y las relaciones humanas que tiene y forma durante la película.

La premisa es vaga, porque el filme en su trazar también lo es. Su comienzo es lento, sigue al personaje principal junto a su perro Jasper, en un viaje de abastecimiento a Denver, la ciudad más cercana a su base en Erie, en medio de las montañas. Allí convive con un veterano interpretado por Josh Brolin, que actua en el personaje más promedio de su carrera, si aquello fuera posible: gruñón, irrespetuoso, insensibilizado en mayor parte, pero con cierto carisma, que en esta ocasión le hizo bastante falta. En este primer viaje y regreso a su base, de pasada aparecen quienes jugarán, por primera vez en el relato, el primer rol de “enemigo violento deshumanizado y racializado”. Sin embargo, no tendrán mayor significancia que ser la representación de las amenazas físicas. Enemigos a los cuales dispararles. Se trata de personas al parecer venidas de “Texas o México”, esto dicho como generalización Se trata del primer grupo mencionado con esta descripción, que son personas al parecer de “Texas o México”, dicho como generalización por parte de un hombre solitario de Denver. Están pintados enteros de blanco, con símbolos abstractos encima, y actuando fuera de sí, como si fueran rabiosos o peor, al mismo tiempo que son vagamente racializados.

El resto del filme, que transcurre siempre a un ritmo lento, no se compromete con lo contemplativo ni lo reflexivo, aspectos que superficialmente plantea mediante múltiples tomas aéreas de bosques frondosos que escalan sobre las montañas y de diálogos entre personajes que pecan de superficiales y poco trabajados. Ejemplo de esto es el personaje de Jacob Elordi, cuya caracterización lo hace incluir, con limitada expresividad, la palaba fucking en medio de la mitad de sus frases.

La película no plantea ninguna pregunta sustancial sobre la vida post un apocalipsis, más allá de un par de escenas en que se discute lo que se extraña del mundo previo y del tema recurrente de Ridley Scott: la esposa muerta-fantasma. Hig, en otro de sus viajes, conoce a un granjero y a su hija, (Guy Pearce y Margaret Qualley); le presta sus audífonos a esta última, quien no había escuchado música en años; pero la escena no posee sin ningún  peso emocional profundo que indique que estas personas vienen de experimentar, en el pasado cercano, un evento traumático en el cual la mayor parte de la población global pereció. Esto podría ser entendible en una obra del pasado, pero en el contexto actual en que esta realidad post pandémica y de cambio climático se siente próxima y plausible, la película no añade nada a aquel imaginario, ni propone una reflexión lo suficientemente cohesionada como para llevarla a la vida real.

Después de que se unen estos personajes secundarios, aparece otro “enemigo violento deshumanizado y racializado”. Este segundo grupo, está formado directamente, al menos en inspiración, por nativos norteamericanos, representados igual de violentos, pero menos rabiosos que los primeros. Ninguno de estos grupos tiene siquiera un líder que los humanice.

UN FILME MAL COCINADO

Al inicio, se introduce, sin mayor intriga, un lugar distante con el que el protagonista sueña y que podría significar una base segura o una posible comunidad. Eventualmente, por supuesto, llega a este lugar en el clímax del argumeno; sin embargo, en un giro argumental bastante esperado pero muy extraño en su realización, no resulta ser lo supuesto. Es la parte más interesante del filme, pero por lo profundamente desconectada estética y temáticamente del resto de la historia.

Además de sufrir un ritmo lento, la película peca de poca cohesión en su historia la que se activa con algunos vuelos en avioneta y percances con los grupos ya mencionados. Esto no le quita lentitud a la acción dramática y la introducción de algunos puntos importantes de la historia es de pasada, casi como si hubieran sido escrito después, para hacer llegar los personajes de un lugar a otro.

Con más de una hora entrado el filme, surge la pregunta de por qué la acción principal está siendo cortar árboles. Porque esto tampoco está tan centrado en la acción la historia, aunque tenga una ambientación conocida por ser aprovechable para acción cruda en películas y videojuegos. Este mínimo común podría haber sido aprovechado en la película, no es así y se reduce principalmente a un par de escenas que terminan en explosiones cuya acción previa es breve y con tanta caricatura que parece videojuego, sin ningún cuestionamiento real y profundo sobre la supervivencia.

The dog stars es otro capítulo más de estas producciones tardías en la vida de Ridley Scott, junto a Napoleón (2023) y Gladiador 2 (2024), donde el director está haciendo lo que quiere, más allá de la calidad de las ideas. A diferencia de las dos anteriores, esta muestra un nivel mucho menor de espectáculo, lo que podría dejar como eje central a los personajes y sus relaciones interpersonales. Sin embargo, lo hace de forma insuficiente y repetida, con una ambientación histórica que podría haber aprovechado mucho más para dejar un mensaje sobre la humanidad. Uno real y no a medio cocinar, porque no se termina concretando. Ni quien guste del género post apocalíptico, ni el fan del cine de acción, ni quien busque una experiencia más profunda o contemplativa, saldrá tan a gusto de este filme. PP

La guerra de los últimos. Dirección: Ridley Scott. Guion: Mark L. Smith y  Christopher Wilkinson, basados en la novela de Peter Heller. Reparto: Jacob Elordi, Josh Brolin, Margaret Qualley, Guy Pearce. Fotografía: Erik Messerschmidt. Música: Harry Gregson-Williams. Casas productoras: Scott Free Productions, 20th Century Studios. Duración: 118 min. Estados Unidos-Reino Unido, 2026.

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