BELLEZA, DESOLACIÓN Y LOS CUATRO ELEMENTOS

Los muros parecen muñones gigantescos donde la sangre se hubiera endurecido con un gesto terrible: muestran grietas como las verídicas llagas del tiempo… Yo estuve una larguísima mañana en Cobija y mi corazón se llenó de telarañas”, escribió el gran poeta y cronista Andrés Sabella. Pero a Pamela Pequeño (1962, Santiago de Chile) el corazón se le llenaba de mares y de ternura cuando visitaba de niña esa caleta semi olvidada, semi desierta, semi plena de vida, cerca de Antofagasta. Por eso regresó. Con cámaras a cuesta.

Allí están los muñones, inexplicables vestigios de una época previa al terremoto y maremoto de 1877 que asoló el pueblo costero. Insólitas formaciones que, por momentos, recuerdan al muy megalítico Stonehenge y sus secretos. Estas ruinas también guardan voces de existencias a las cuales la naturaleza no perdonó. Pero también están la vida y la muerte actuales, que registró la cineasta entre 2014 y 2022, y que dieron origen a un poético largometraje que hoy recorre Chile en festivales y en homenaje a su tío Damir Mandakovic y Danilo Pinto que le enseñaron cosas de mar, de tesoros y de misterios.

Estrenada el año pasado en Fidocs y luego en el Festival de Cinéma Latino-Américain de Toulouse (Francia), Cobija es una mirada personal, desde los recuerdos y el pasado, a un territorio y su gente. Registros en blanco y negro hablan de una época anterior al nacimiento de la directora y dan el marco, junto al texto en primera persona y en off, de las motivaciones para recorrer un desolado paisaje donde los cerros nortinos y el mar aportan una sinfonía de colores que se apaga al llegar a las pocas casas y sus latas y su escasa vegetación. Un árbol de Pascua y dos muñecos de nieve hechos con neumáticos pintados hablan de imaginación y nostalgia por celebraciones y climas desconocidos. Pocos niños, pocas mujeres, pocos perros. Y los hombres con sus embarcaciones, sus talleres, sus motores, sus obsesiones.

Como la de Danilo Pinto, a quien Pamela Pequeño está unida porque fue el mejor amigo de su tío. Lo acompaña con cámara en sus recorridos usando un detector de metales para buscar monedas, medallas, cadenas de oro. Se supone que guarda un tesoro cuyo contenido y ubicación revelará a Pequeño.

De Damir, la cineasta cuenta que le enseñó a nadar y a ver en el desierto. Esa mirada se despliega en el rescate de la paleta de colores de los cerros circundantes, esa que cambia según el viento y las nubes. Hay que saber ver esas tonalidades que cualquier ojo no distingue y en las cuales la cámara se regocija. Y hay que saber ver una lejana estrella en un oscuro cielo y la danza terrible y angustiante del fuego. Todo eso y más muestra Pequeño.

LOS CUATRO ELEMENTOS

Agua: de algas y peces cuenta la realizadora. Del trabajo cotidiano de sacar del mar el alimento. Unas pocas personas se adentran en un Océano Pacífico que parece serlo, pero que puede traicionar y provocar un vuelco en el relato documental. Ella estaba allí y cosas pasaron, las cuales registra y muestra. Ella estaba allí y no encontró lo que fue a buscar, pero el agua le regaló sus también mutantes colores, la espuma, las aves y los botes. Un catálogo cotidiano. Tanta agua en el mar y tan poca para el consumo. La odisea de trasladarla en los aljibes queda también plasmada.

Aire: las nubes que van y vienen movidas por un aire que despeina y despierta.

Fuego: devastador. La cámara sigue las idas y venidas de las llamas, el juego de los destellos y las chispas. Nada más fascinante que su devenir devorador sin pausa ni condolencia.

Tierra: seca, dura. Volátil cuando el viento se transforma en remolino levanta polvo.

La visión de Pamela Pequeño y la cámara de Diego Pequeño (su sobrino) transforman los cuatro elementos en una poética visual en la que nada es al azar y todo es personal. No se trata Cobija de un documental habitual. Su impronta subjetiva lo hace pertenecer al subgénero de trabajos que se alejan de la mal llamada objetividad, para dejar muy en claro que toda realidad es siempre narrada desde un punto de vista. Desde Nanuk, el esquimal (1922, Robert Flaherty), el más clásico de los documentales, lo que parece ser una verdad absoluta no es más que una a medias, puesto que nadie puede escapar de su interioridad, su visión del mundo, sus convicciones, cuando decide contar una historia, real o ficticia.

Pamela Pequeño no esconde su mirada. Más bien la despliega y la remarca con una música tensionante que da profundidad a esta obra contundente y bella; dolorosa y a la vez nostálgica sobre un lugar que se ha quedado atrapado en una inmóvil línea de tiempo. PP

Cobija. Dirección y guion: Pamela Pequeño. Producción ejecutiva: Adriana Silva. Producción general: Cecilia Gómez. Dirección de fotografía: Diego Pequeño. Montaje: Javiera Velozo. Sonido: Isaac Moreno. Música: Pablo Mondragón. Documental. Digital/Color. Duración: 67 min.  Chile, 2025.

Próxima función: martes 27 de enero, a las 18:00 horas en el Teatro Municipal Juan Bustos Ramírez, Quilpué en el Festival de Cine Chileno (Fecich).

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