EL INDIGNO DE RIPLEY

Tom Ripley parece no haber conocido ningún privilegio en la vida, excepto el de tener cierta facilidad para la adaptación a las circunstancias, lo que es una sana estrategia para evitar la parte peor de las carencias. Pero por dentro la procesión de la envidia es caudalosa.

También lo era, por propia confesión, la de Patricia Highsmith (1921-1995) joven escritora que había debutado en 1950 con Extraños en un tren, cuya rápida y brillante adaptación al cine por parte de Hitchcock la haría famosa. También ahí es la envidia el motor que empuja al retorcido Bruno para que el tenista Guy asesine a su padre y él, en cambio, lo hará con la molesta y vulgar esposa de Guy. Bruno, Ripley y Highsmith tenían serios problemas con sus padres y éstos con sus hijos, a los que buscaban controlar o ignorar. La madre de la escritora quiso abortarla bebiendo aguarrás, según ella afirmaba, y en venganza la hija asesinó a varias madres en sus relatos, aunque pasaría su vida pegada a la botella y al tabaco, motivada por unas carencias afectivas importantes.

Ripley es huérfano y pobre. Su fingida amistad con el afortunado Dickie Greenleaf es a través del millonario padre de Dickie,  que desea un hijo responsable de producir y administrar dinero, no sólo de gastarlo. Para inducirlo por el camino correcto envía a Italia al peor mensajero posible: Tom Ripley, cuya hipocresía no es menor a su inteligencia y a su falta de escrúpulos. Si a eso sumamos un encanto seductor que produce sus efectos en hombres y mujeres, tenemos un demonio sinuoso que busca, y logra, no hacerse notar demasiado. Lo que es muy conveniente si se quiere suplantar exitosamente a la víctima.

Por aquí comienza a entenderse la vigencia y universalidad del tema. ¿Quién no ha querido ser otro alguna vez?

Desde Luzbel que tenemos el modelo en funciones. En toda mitología hay dos hermanos celosos uno de otro,  cuyas tensiones acaban mal. Caín y Abel, Zeus y Poseidón, Rómulo y Remo, Kai Kai y Tren Tren. Los príncipes Guillermo y Harry encarnan hoy a la perfección lo que simboliza el signo Géminis del zodíaco, que dice crípticamente algo sobre la imposibilidad de la armonía entre iguales: siempre habrá algunos más iguales que otros. Temas así no conocen la obsolescencia, están inscritos en nuestra estructura síquica, en la mitología y son universales. Por eso que volvemos a ellos una y otra vez.

El primer Ripley del cine fue Alain Delon en A pleno sol de René Clément, filmada en 1960 cuando la novela estaba fresca de imprenta. El origen francés de la versión no podía soslayarse y el Ripley de Delon parecía un hijo de El extranjero de Camus y, como él, estaba empapado de un existencialismo nihilista. Ayudó mucho a esa actitud el hecho de que Delon no supiera actuar; pero como Clément sí sabía dirigir, el rol hizo mucho por el entonces joven e inexperto galán quien, a poco andar, pasaría a las expertas manos de Visconti, que completaría su fama y lograría hacerlo ser algo más que una cara bonita. Maurice Ronet, en el rol de Dickie, era la encarnación del zángano del capitalismo triunfante y la decorativa Marie Laforet completaba el triángulo.

La suntuosa y vivaz versión de Anthony Minghella es de 1999 y posee una óptima ambientación y reparto, además de poderse explayar en la latente homosexualidad de la relación entre victimario y víctima. Aquí el muy estadounidense Matt Damon posee el silvestre y nada refinado encanto del pobre metido en ambiente de ricos, a los que sonríe constantemente con su boca torcida. En el barco que lo traslada a Italia conoce casualmente a Meredith (Cate Blanchett), rica heredera e insoportablemente autorreferente y que se dedicará a aparecer misteriosamente cada vez que Ripley pase a ser Dickie (Jude Law), casi como la materialización de una conciencia. Gwyneth Paltrow es la novia que nunca llegará al altar. El atractivo del conjunto se completa con una cuidada reconstrucción de época y unas locaciones abundantes en pintorequismo turístico, en los que nunca faltan los apuntes de los tópicos sobre la alegría italiana, expresada en múltiples secundarios y figurantes recién salidos del neorrealismo. Además, Damon se impone hasta el último fotograma con su mirada canalla, su sonrisita y sus afanes por parecer lo que no es. Puede que Minghella prefiera no ahondar en significados muy densos, pero no le falta talento para entretener el ojo. Un refinado detalle: cuando los personajes van a la ópera, lo que ven es la escena del duelo de Evgeni Oneguin de Tchaikowski, en la que el protagonista mata a su mejor amigo.

La serie de Netflix es radicalmente distinta, a punto de parecer otro relato y cuyo principal punto de contacto es el nombre de los personajes y el esqueleto del argumento. De partida, tiene de protagonista a Andrew Scott, un actor irlandés especializado en roles turbios. Destacó como el Moriarty del Sherlock Holmes televisivo, cuyos duelos con Benedict Cumberbatch eran también de fino histrionismo perverso. Scott tiene una mirada penetrante y fija, invariablemente siniestra. Todos los matices de la ambigüedad de lo oscuro son recorridos con gran eficacia por el actor, pero hay algo que está ausente en su repertorio: el encanto. Al carecer de este ingrediente el personaje se resiente de una característica fundamental. Resulta difícil que un vanidoso como Dickie se pueda interesar en él y que los demás personajes puedan seguirle el juego. En más de un momento uno se puede preguntar cómo nadie, además de Marge -la novia de Dickie (Dakota Fanning)- desconfía inmediatamente de él. Intelectualmente tampoco es muy deslumbrante, dejando  al resentimiento social y a la homosexualidad como los motores principales del personaje.

Todo esto en términos reales puede ser perfectamente posible, pero limita peligrosamente la anécdota a un caso individual que no afecta los valores en los que la sociedad se apoya ufana de sus logros. Y es probable que ahí estuviera el blanco de Highsmith, en dinamitar las certidumbres de unos valores burgueses de corto alcance, pero de larga permanencia en los ensoñados apetitos de una masa resentida.  La anécdota individual está subrayada por la soledad invernal en que se desarrolla toda la historia. Nada hay de pintoresco, de vida cotidiana, de secundarios amables y despreocupados viviendo en una deliciosa costa amalfitana. De hecho, todo tiene el aspecto solitario y desolado de una historieta terrorífica y siniestra, en la que todos complotan con todos para hacerle la vida imposible a todos.

A esta sensación tenebrosa contribuye poderosamente una fotografía en blanco y negro espléndida, que ayuda a la evocación de época en forma muy convincente, aunque el preciosismo se asome insidioso en más de algún momento. La cámara tiene unos arranques omniscientes, que por igual resaltan una mirada furtiva, un detalle mínimo o un paisaje aéreo, seguido de otra toma bajo el mar. Con esto las posibilidades de la monotonía visual ni se asoman por la pantalla: después de todo el streaming debe mantener al espectador lejos del control remoto, el verdadero enemigo contra los realizadores actuales deben enfrentarse.

Pero el precio de tal variedad visual lo paga la profundidad sicológica de los personajes, que a menudo se reducen a una presencia unidimensional. Quizás la única excepción sea Marge quien, como dije, es la única que desde el principio desconfía de Ripley y mantiene una fría distancia, que enlaza bien con actitud de Johnny Flynn, en el rol de Dikie, sólo que este último no tiene mucho relieve como individualidad, debido también a una actuación monocorde y de previsible desarrollo. Justo lo contrario a la de Jude Law en la película de Minghella.

Se puede uno interrogar sobre la conveniencia de una nueva versión del relato de la Highsmith. Ya se planteó el problema cuando apareció la versión Minghella, pero rápidamente la justificación vino por la, en aquel entonces, triunfante operación vintage, en la que la nostalgia por una época de mayores contrastes sociales y económicos, la de los años cincuenta, presentada cuatro décadas después, resultaba atractiva para el público medio. Ya Minghella había obtenido un gran éxito tres años antes con una operación similar, El paciente inglés, premiada con el Oscar a la mejor película y que traía una historia de amor en contexto bélico como las que ya no se usaban.

Hoy las ideas que sustentan la serial pueden ser otras. La envidia, claro, no conoce pausas, pero las ambiciones de quienes cruzan el mar en busca de mejores condiciones de vida, hoy alcanza dimensiones bíblicas. Tom Ripley es un inmigrante que va desde el epicentro del capitalismo hacia una Italia pobre, pero adornada de todas las posibilidades del misterio y del reemplazo del poderoso a manos de otro que sabrá adoptar sus modos. Italia vivió eso antes muchas veces y desde la caída del Imperio Romano parece repetirlo, con unos bárbaros que aprendieron a comportarse como aquellos a los que habían derrotado. Quizás si la Highsmith habrá pensado en este paralelismo, pero que a su exitoso personaje le gusten las tinieblas de la pintura de Caravaggio no parece ser una mera casualidad.

El personaje de Ripley fue el protagonista de otras cuatro novelas de la Highsmith, también adaptadas al cine. La más lograda es sin duda El amigo americano  (1977) de Wim Wenders, con Dennis Hopper, Bruno Ganz, Gérard Blain, Nicholas Ray y Samuel Fuller. Hopper interpreta a Ripley acercándolo a su propia personalidad neurótica, enfatizando sus sombras y su cinismo, intentando vender los cuadros de un pintor que se hace pasar por muerto, interpretado con su sola presencia por el gran cineasta Nicholas Ray. Pero tal vez es Bruno Ganz quien más se luce como el enmarcador de cuadros enfermo de leucemia que acepta cometer crímenes para dejarle dinero a su familia. Tuvo amplia distribución internacional y sigue mereciendo una revisión atenta.

El juego de Ripley (2002) de Liliana Cavani es una nueva versión de la misma novela, más respetuosa del original y en la que Ripley está interpretado con la acostumbrada solvencia por John Malkovich, no casualmente actor invitado en la serial.

El regreso de Ripley de Roger Spottiswoode (2005) con Barry Pepper y Willem Dafoe, fue producida en Alemania con un protagonista talentoso de segunda fila, que nunca logró despegar como tal y que debe asesinar a Dafoe para apoderarse de la pantalla.

Es que el maquiavélico personaje de Tom Ripley es algo más que la suma de sus habilidades para aprovechar las oportunidades que encuentra. Tiene mucho de ángel caído, de desheredado de la tierra, al que las circunstancias parecen favorecer para cometer crímenes que le permitan equilibrar las carencias sufridas, nada de justas por supuesto. Su resentimiento social proviene de una sociedad y una época en que las posibilidades son selectivas y poco generosas. Pocos los llamados, menos aún los escogidos. Por eso sus víctimas tienen siempre cuna privilegiada y fueros suficientes como para concederse espacios de generosidad, en los que rápidamente Ripley se acurruca en espera del momento propicio. No es un asesino simple, ni un criminal caótico, por el contrario. Lo suyo va por el buen cálculo y un cierto sentido de justicia para sí mismo, lo que hace de su presencia un reflejo de muchos de nuestros oscuros y recónditos deseos personales.

El mundo moral de la Highsmith tiene mucho de pozo urbano de las culpas, de cloaca del sistema capitalista, de reflejo deformado del orden establecido. Por eso pactamos con el criminal y esperamos que siempre eluda la mano de la justicia, la justicia de este sistema, que por serlo ya es injusta. Su mirada fría sobre la conducta humana, principalmente masculina, tiene pocos espacios para la esperanza, excepto quizás en el hecho que tanto Ripley, como algunas de sus víctimas, se ocupan de pintura con auténtico interés. ¿Un rayo de redención posible en un mundo con más apetitos que aspiraciones?

Dado que Ripley protagoniza estas otras novelas, tal vez cabe esperar secuelas en Netflix. Pero ¿soportará la turbiedad explícita de Andrew Scott más capítulos manteniendo el interés?PP.

El talentoso señor Ripley. Dirección y guion: Anthony Minghella; Fotografía: John Seale; Montaje: Walter Murch; Intérpretes: Matt Damon, Jude Law, Cate Blanchett, Gwyneth Paltrow, Philip Seymour Hoffman, Sergio Rubini; Producción: William Horberg, Tom Sternberg; duración: 139 minutos; Estados Unidos, 1999

Ripley. Dirección y adaptación: Steven Zaillian; Fotografía: Robert Elswit. Intérpretes: Andrew Scott, Dakota Fanning, Johnny Flynn, Margherita Buy, Louis Hofmann, John Malkovich; producción: Showtime; ocho episodios; Estados Unidos, 2024.

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