Radicada en México, Karin no pudo asistir al estreno nacional de su documental en Valdivia y recién este 2026 conoció in situ las reacciones del público chileno, gracias al circuito Miradoc que le permitió viajar por diferentes regiones del país para presentarlo.
Reconoce que tenía un “poco de susto” porque “hace un rato había un escenario en Chile muy beligerante y fue una sorpresa, porque me encontré con gente con muchas ganas de hablar y socializar la película, y un ambiente muy transgeneracional en las proyecciones, generaciones más chicas que no sabían que habían pasado ciertas cosas en Chile, lo que a mí me impacta mucho, porque pienso que 50 años no es tanto tiempo atrás. Ha sido lindo escuchar a la gente y ver que se abren distintas conversaciones, tanto de los que esperan del país, como de los que rememoran. Ha sido un lindo recorrido, a pesar de todo el escenario en el que estamos actualmente”.
Con dos largometrajes y un corto a cuestas –Historia de mi nombre (2019), Notas para el futuro (2023) y La vida que vendrá (2025), su cinematografía borda una memoria personal, familiar y colectiva, hilada por una voz en off rememorativa que cruza el pasado y presente conflictuados del país. Forjando así un manifiesto audiovisual que se niega a olvidar y no se conforma con el estado actual de las cosas.
En su forma, La vida que vendrá destaca por el uso de material de archivo amateur y por las imágenes en colores de un Chile setentero, en pleno tiempo de la Unidad Popular, en las cuales aparece una vida en colectividad alejada del blanco y negro con que suele mostrarse la época. Otros archivos amateurs muestran el Plebiscito del 88, la muerte de Pinochet, y hasta el estallido social del 2019. En cuanto a su trama, es una reflexión en torno a las luchas colectivas en Chile, del 70 en adelante y que revisten una tristeza incómoda hasta lo insoportable, como un loop histórico e hipnótico que pareciera tener poco espacio para la esperanza.
¿Qué relación tuviste con el tema de la dictadura en tu infancia?
–Viendo hacia atrás, y viendo el país ahora, me impresionan los papás que tuvimos, quienes tuvieron hijos a inicios de los 90 o fines de los 80. En ese contexto, la maternidad y la paternidad deben haber sido muy difíciles, porque cuando se retorna a la democracia siento que es como aprender a vivir en un país nuevo. Reconocerse o empezar a enfrentar la vida en un país con la democracia tan particular de Chile, donde se instauró el sistema neoliberal… un escenario muy abrumador. Y, por otro lado, siendo hija, habiendo crecido en los 90, tengo recuerdos de no hablar de ciertas cosas, que fue algo que me marcó mucho. Yo viví en el norte, en Antofagasta y luego en el sur, en Chiloé, que es más conservador, más tradicional. Estudié en colegios súper conservadores y era mejor no hablar de algunas cosas para mantener estas relaciones con compañeras de curso o con una parte de mis amigas, porque sus familias eran muy de derecha y era mejor no hablar de política.
¿Cuáles son los motores que inician la realización de La vida que vendrá?
-Creo que dos cosas. Uno, el escenario en el que estábamos cuando empecé a pensarlo, a fines de 2020, inicios de 2021. Yo venía del estreno de Historia de mi nombre, el 2019 y a principios del 2020. Estábamos en un contexto de pandemia, veníamos del estallido e iniciando este proceso de idea de cambio y nueva Constitución. Era un escenario entre de fin de mundo y de posibilidad de nueva vida o nueva historia para Chile. Dos cosas opuestas.

–Por otro lado, está una de las primeras imágenes que encontré en YouTube para entender cómo habían vivido el Plebiscito del 88 otras personas. Esta película responde un poco a esa pregunta que me quedó en Historia… yo no sabía que mis papás no habían votado y lo que descubrí ahí. Siempre me quedó esta idea de quiénes eran las personas que se quedaron al margen, qué vida tenían, porque yo no había terminado de investigar eso en mi propia película. Entonces, ¿quiénes son las personas que se quedaron en los bordes?
¿Este documental lo responde?
–Creo que esta película empieza a completar esto y creo que por ahí también me quedé con las imágenes de los cineastas amateurs, porque me interesaba mucho seguir profundizando en esa relación con la memoria del país, pero desde los márgenes, no desde la oficialidad. Igual trabajé con archivos oficiales mientras desarrollé la película, pero hubo un momento en que dije ‘no voy a trabajar con archivos oficiales’. Y, así como opté por no trabajar con archivos en blanco y negro, empecé a entender lo que tenía: una relación con imágenes que no se ven, que no son parte, que no responden a la oficialidad del país y que me interesaban mucho más. Lo que me gusta de esta película es que se instala ofreciendo esta nueva forma de ver, desde estos registros que no se habían visto, como algo nuevo que aparece en el imaginario.
Justamente, en su deliberación el jurado de la Asociación Brasileña de Críticos de Cine -que la escogió como Mejor Película Abraccine en la categoría Territorio de la Mostra Internacional de Cinema de Belo Horizonte (Brasil)- destacó el «riguroso trabajo de investigación en archivos poco explorados de la película, que equilibra el registro de sentimientos personales con hechos históricos que atravesaron una época específica de América Latina”. ¿Qué importancia tiene el cine para seguir abordando estos temas? ¿Cuál es la especificidad que aporta con su propia técnica y lenguaje?
–Me gusta mucho lo que se puede provocar con las imágenes en relación; cómo pueden confluir distintas disciplinas y distintos campos de estudio. Me interesa abordar desde distintas formas la realización, creo que el cine propicia y permite pensar en el campo de las ideas. Por otro lado, me gusta escribir, y cómo esos elementos que están sueltos después se juntan en el montaje es algo que me entusiasma, creo que por eso sigo en el cine y no estoy en otra disciplina.
¿Cuáles fueron las referencias cinematográficas más importantes para el proceso de realización de esta película?
–Tuvimos unas primeras referencias muy iniciales, con películas de archivo como En el intenso ahora (João Moreira Salles, 2017) y Funeral de Estado (Sergei Loznitsa, 2019). Un miedo que tenía era cómo iba a sostener el que esta película fuera 100% de archivo. Creo que lo más interesante, para este proceso en particular, fue que necesité leer mucho de algo con lo que no estaba tan relacionada, la teoría política. Hubo dos libros que me ayudaron mucho: Melancolía de izquierda (Enzo Traverso, 2019) y La dinámica de la revuelta (Éric Hazan, 2019). Ellos son contemporáneos, están entendiendo desde este momento. Me sucede que siento mucho y no sé cómo explicar lo que estoy sintiendo. Entonces, decía ‘alguien lo tiene que haber estudiado y tiene que estar entendido de una manera mucho más clara’. Porque el proceso de la película es otro, no tiene que ver con artículos académicos ni son textos literarios, sino que yo me acerco para saber si hay un fundamento y tener ese piso para entenderlo teóricamente, para poder enfrentarme a la realización que va por otro lugar. Me daba cierta tranquilidad saber que ya estaba estudiado el fenómeno, por un montón de autores. Fui acumulando ese conocimiento para ir entendiendo y ver las imágenes y los procesos con ese marco.

HABLAR, ENUNCIAR Y PRONUNCIAR
Admite que quería prescindir de la voz en off, protagónica en sus anteriores trabajos. Pero alguien le dijo “¿por qué voy a ir a ver una película que solo me va a mostrar los dolores, incluso las miserias de Chile y quedarme con esa sensación de vacío?”.
–Eso no es justo con las imágenes de archivo ni con el proceso de los autores que hicieron esas imágenes. Desde ahí entra con fuerza el uso de la voz: Necesito hablar, enunciar y pronunciar. Decir cómo llegaron los archivos, qué cosas pienso a partir de ellos hoy, cómo establecer la idea del tiempo, cómo poner en tensión el tiempo si yo, en el fondo, estaba representando esta actualidad, pero los archivos tienen otra temporalidad. ¿Cómo se actualizan? Ahí se empieza a tejer la relación entre las ideas y las imágenes. Creo que eso ha venido sucediendo en mis tres películas. Ahora puedo sacar en limpio cómo funcionan como el vínculo que tengo con las imágenes, cómo aparecen en mi vida, cómo las leo, cómo las entiendo, cómo las abrazo, y la única forma de compartir esa experiencia, más allá de lo que yo pueda hacer como operación audiovisual, de montaje, de sonido, etcétera, es con la palabra.
El nombre de tu película invoca al futuro y se compone de imágenes de otra época. ¿Qué buscas proponer en este cruce de invocar al futuro mirando hacia el pasado?
–Está todo este marco que ya se ha estudiado mucho sobre la melancolía de izquierda, sobre todo después de la caída del muro de Berlín y el duelo de las ideas, pero en el caso particular chileno siento que nos cuesta mucho aceptar, o aceptarnos, en lo colectivo. Eso existió y siento que muy rápidamente la oficialidad del país tiende a hacer una especie de gaslighting* respecto de nuestras experiencias políticas. En el fondo, hacer desaparecer los rastros de esa organización y de esa fuerza que como chilenos tuvimos y tenemos. Siento que nos cuesta valorar que existe esta fuerza.
–La lucha en Chile no ha parado, la organización social ha existido y sigue existiendo. Yo no sé si hay en otras partes del mundo estudiantes secundarios que tengan tanta fuerza como acá, que son los primeros grupos que empiezan a movilizar al resto de la sociedad. Entonces, creo que hay algo que sucedía con estas imágenes, y que encontré, que es confirmar cómo esa fuerza colectiva que desaparece muy rápidamente y nos creemos este discurso o idea de que no existe. Tomando de ejemplo el caso del estallido social o de la revuelta social, fue un momento en que todos nos organizamos, nos juntábamos, estaban los cabildos y, por primera vez sentí, viviendo en Santiago, que la gente tenía ganas de conversar con el otro y conocer a las otras personas, relacionarse, pero muy rápidamente la tele empezó a darle esa connotación delictiva y se empezó a minimizar toda esa organización y ahí la gente muy rápidamente empieza a replegarse y no quiere involucrarse.

—Pero estas imágenes, lo que devolvían, era esa fuerza y resistencia a lo largo de estos 50 años. Creo que sin esa organización, por mínima que sea, muchas cosas en Chile no hubiesen podido suceder. Hoy en día, con la melancolía de izquierda, pasa que nos quedamos en un escenario súper luctuoso, de duelo, que no se puede avanzar, desde el retorno de la democracia en adelante. Cómo se avanza, qué acción tomamos, sumado a esta idea de que las derechas hacen creer que eso que pasó no pasó, o que ese poder que tienes no lo tienes. Eso se mezcla y genera una inacción. Y esa inacción es la que nos tiene donde estamos hoy. Por eso fue tan lindo encontrar estos archivos, porque me permitió ver esta cercanía con el color, que hace entender muy fácilmente que las cosas no fueron hace mucho tiempo. Creo que por eso también el título: ojalá nunca soltar esa idea de lo que tiene que venir.
Tanto el terrorismo de Estado como la resistencia a la dictadura son temas que están muy presentes en tus dos largometrajes, ¿cuál es la vigencia que tienen para ti?
–Van a tener vigencia en la medida en que no haya justicia y ni reparación. También, muy importante, es que todavía como sociedad chilena no se puede hablar claramente y posicionar a quiénes fueron los responsables, que no es solamente la fuerza militar o policial, sino también todos los civiles que participaron. Mientras eso ocurra en este país, hay que seguir hablando porque es súper fácil olvidar y, además, la historia va adquiriendo nuevas capas.
–El cine chileno o la literatura, se fue enfocando en lo que le pasó a las personas que fueron afectadas directamente, hoy podemos ver nuevas aproximaciones a la misma temática desde otros lugares. Tengo mucho interés en saber cómo esta nueva generación de estudiantes o de cineastas que están por salir revisitarán nuestra historia y nuestro pasado. Es muy interesante saber cómo son las películas que vienen. Pero creo que no hay que dejar de hablar mientras estén pendientes los temas y no son temas del cine, ni de la literatura, ni del arte, es más bien tema de cómo convivimos con nuestra historia como chilenos y chilenas, como parte de este espacio común que es el país.
Nota de la redacción:
Se refiere a un tipo de maltrato psicológico y manipulación en que quien abusa altera la información, niega hechos o distorsiona la realidad. Su objetivo es sembrar dudas en la víctima para que cuestione su memoria, juicio o cordura, buscando controlarla y restarle autonomía.
