VALOR SENTIMENTAL: LA PRIMERA IMPRESIÓN NO SIEMPRE ES LA QUE VALE

El último jueves del año que se fue, el estreno de Valor sentimental vino a enriquecer una temporada más bien escasa en aportes de consideración. Tras La hermanastra fea, es el segundo filme proveniente de Noruega en el mismo período, una cinematografía hasta ahora casi del todo ausente de la cartelera local pero que al parecer llegó para quedarse. Sin contar sus aportes en series de streaming, aquí se vio solo uno de los seis títulos de ese origen que han sido nominados en la última década al Oscar como Mejor Película Internacional.

Desde su debut en 2006, este es el sexto largometraje del aclamado y laureado director Joachim Trier, de actuales 51 años, nacido en Dinamarca, y el segundo suyo exhibido en Chile luego de La peor persona del mundo, su obra anterior de 2021, que le valió la consagración mundial (premio en Cannes a la Mejor Actriz y nominada al Oscar como Mejor Guion y Mejor Película Internacional).

Valor sentimental, nueva colaboración de Trier con su coguionista habitual, Eskil Vogt, amigo suyo desde la adolescencia, y la misma actriz, Renate Reinsve, fue estrenada en mayo en el Festival de Cannes, cuyo jurado le adjudicó a Trier su Grand Prix como Mejor Director (y estuvo considerada para ganar la Palma de Oro). Así, se convirtió en el primer realizador noruego de la historia en obtener una distinción en un torneo de cine clase A. No es poca cosa tratándose de un muchacho que comenzó filmando videos de demostración de sus propias habilidades como skateboarder de competencia. Y un buen espaldarazo para ser una industria cinematográfica de reciente ascenso.  Por su parte, Valor sentimental ha seguido cosechando excelentes críticas y otros honores alrededor del mundo, y se prevé que será nominada a más de una especialidad en la próxima entrega del Oscar de Hollywood.

EL ARTE COMO VEHÍCULO DE SANACIÓN

Hay que decir, de partida, que todos sus componentes son de excelencia. Está estupenda y bellamente filmada en un estilo refinado y elegante; destacan por cierto su fotografía —con un expresivo uso de esa luz tan particular de los países nórdicos— y el complejo montaje de su relato fragmentado. Mérito excepcional es, sin duda, su extraordinario nivel general de actuación en que los intérpretes, hasta en los roles más de apoyo, trasmiten un mundo de interioridad a veces en apariciones breves y de escasa evolución. Y en ese desempeño se fundamenta la singular característica de una narración en que reina la elipsis: muchos de los numerosos datos y recovecos del argumento están omitidos, son apenas sugeridos por la intensidad actoral o informados mediante los diálogos como al pasar. Estos deben ser desentrañados por el espectador haciendo conexiones y asociaciones, o bien simplemente quedan flotando en la ambigüedad o el enigma.

De seguro por razones de marketing ha sido definida como comedia dramática, pero —aunque la conclusión es positiva y no faltan algunas aristas irónicas— predomina en la narración el conflicto y lo pesaroso. Califica nítidamente como drama, y como drama familiar acerca de las relaciones disfuncionales de un padre y sus dos hijas, a las cuales dejó de ver siendo niñas.

El filme abre con un prólogo que centra la atención en la casona centenaria en las afueras de Oslo, que es —o debiera haber sido— el epicentro unificador de cuatro generaciones en la historia de una familia, desde la abuela hasta el único nieto. Pero hay más: todo el relato está referido al laborioso proceso que precede la creación de una película, cómo se gesta un filme (y también cómo se hace teatro) ligado a las vivencias personales de quienes lo hacen.  La secuencia inicial muestra a Nora, joven actriz de gran talento, paralizada tras bambalinas por un ataque de pánico escénico justo en el estreno de una versión vanguardista de La gaviota de Antón Chéjov, que protagoniza.

Al fallecer su esposa, madre de Nora y Agnes, el septuagenario Gustav reaparece tras largo alejamiento no solo para hacerse cargo de la casa en herencia. Él se fue al extranjero para desarrollar una exitosa carrera como director de cine, pero hace quince años que no filma nada y estuvo alcoholizado durante un tiempo. Ahora trae bajo el brazo el guion de un nuevo proyecto: una película sobre su propia madre, abuela de las hermanas, que se suicidó en su hogar (cuando él tenía 7 años) luego de ser apresada y torturada por los colaboracionistas nazis en la Segunda Guerra Mundial. El rodaje ocurrirá en la misma vivienda. Gustav le ofrece el rol protagónico a Nora, quien se niega sin siquiera abrir el guion. Más adelante, el director asiste a un festival donde conoce a Rachel Kemp, joven actriz de Hollywood a quien convence para que protagonice la cinta. De eso resulta que Netflix se interesa en el proyecto para financiarlo. Entonces Gustav y Rachel visitan la casona en una sesión preliminar de trabajo. Todo lo cual sucede apretadamente en la primera hora de proyección.

Las escenas de Valor sentimental son en general más bien íntimas, domésticas, serenas, dramáticamente neutras al menos en apariencia; al estilo de Antón Chéjov, dramaturgo ruso clave mencionado más de una vez en el filme. Pero la estructura del conjunto luce erizada, en tensión, siempre cambiante; salta de una historia personal a otra sin previo aviso, no solo de un personaje a otro, sino que también de entorno y tiempo cronológico. Así el relato tiene un carácter inestable y fracturado. En él no solo se echa de menos un eje y un sentido (como en la vida misma). También cuesta establecer qué personaje es el protagónico —a veces parecen ser dos paralelos, padre e hija, por momentos semeja una narración coral— y cuál es el tema central. ¿Las relaciones familiares en conflicto? ¿Los nexos entre realidad y creación artística? ¿Ambos? Al promediar, aparece aún otro tema: el del viejo director ególatra intentando al final de su vida hallar una última oportunidad para hacer las paces con sus fantasmas y deudas personales. Hacia el remate surge un gran tema aglutinador: la capacidad del arte —el cine, el teatro— de transformar la vida, su don de transmutarla y cambiar la perspectiva sobre la realidad ayudando a cerrar heridas. O sea, el arte como vehículo de sanación.

DEMASIADO CONSCIENTE DE SÍ MISMO

Con todo, el filme en sus últimos tramos tiende a sentirse largo, incluso puede abrumar. Uno se pregunta si eran necesarios 135 minutos para contar lo que cuenta. El desarrollo suma demasiados saltos, rodeos y atajos, con subhistorias secundarias que agregan poco o nada y detalles accesorios. Por ejemplo, respecto al factor decepción: el que el amante de Nora, tras separarse de su esposa, le da la espalda y deja sola en medio de un bosque; o que Gustav sea rechazado por su viejo director de fotografía y amigo cuando va a buscar su colaboración profesional.  En pormenores por completo prescindibles, como los niños que oyen las confesiones de los pacientes de su madre psicoterapeuta a través del shaft de la calefacción (idea original de Woody Allen en uno de sus filmes), o la imagen del rostro del director sobre la cual se sobreponen los de sus hijas y de otros personajes, único abierto simbolismo de la cinta que, si quiso ser un chiste (en alusión a Persona de Bergman), resulta una broma torpe y forzada. O el prolijo y nada breve racconto a Noruega bajo dominio nazi en los años 40, y el flashback de Gustav joven que recurre a planos de antiguas películas del actor que lo encarna.

El complicado entramado narrativo tiene sí una omisión importante que perjudica su coherencia lógica: nunca se toma el tiempo de justificar por qué Nora fue tan profundamente afectada por la ausencia paterna. Se informa incluso que, pese a tener una madre psicoterapeuta, intentó suicidarse. Su hermana, que sin duda vivió circunstancias muy similares, aparece como una persona bien integrada. ¿Se explica solo debido a que ella como actriz es hipersensible? En la vida real muchos jóvenes han tenido padres ausentes y superado esa experiencia disfuncional sin traumas tan graves. Con su brillante actuación Renate Reinsve logra hacer todo creíble y motivado, pero sin duda el guion quedó en deuda con ese componente no menor.

En suma, Valor sentimental resulta por cierto intensa e impresionante. Pero a fin de cuentas uno tiende a sospechar que es un filme demasiado consciente de sí mismo, trabajosamente concentrado en alcanzar un sello inteligente, de profundidad y de gran cine. En su obra anterior, La peor persona del mundo, Trier fue menos calculadamente ambicioso y el resultado en su conjunto pareció más sencillo y fluido, honesto y estimulante de principio a fin. El arte como vehículo de sanación puede ser muy beneficioso para las personas que así lo crean y necesiten. Pero ¿es bueno que el cine, y el arte en general, sea medido con una vara instrumental? PP

Valor sentimental. Dirección: Joachim Trier. Guion: Joachim Trier y Eskil Vogt. Reparto: Renate Reinsve, Stellan Skarsgärd, Elle Fanning, Inga Ibsdotter Lilleaas, Cory Michael Smith. Fotografía: Kasper Tuxen. Montaje: Olivier Bugge Coutte. Música: Hania Rani. Ficción. Drama familiar. Hablada en noruego e inglés. Duración: 135 min. Noruega, 2025.

Síguenos y haz click si es de tu gusto:

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Translate »
Instagram