El título de esta película encierra una cierta ambigüedad que puede llevar al público a creer que está ante un filme diferente del que realmente verá. Las primeras escenas en una escuela y en un hospital parecerían ahondar en esa ambigüedad. Al conocer a Gloria, la protagonista infantil y, al cabo de algunos minutos, a Sofia, la niña de la que se hará amiga, se diría que la obra está destinada a ahondar en ese momento del final de la niñez en la que, poco a poco, la primera inocencia se va perdiendo antes de entrar en la montaña rusa de la pubertad.
La naturaleza de las cosas invisibles, a la que se refiere el título, parecería aludir a los pequeños y delicados detalles de la vida cotidiana que aparentan tener una magia propia, la que se va perdiendo a medida que nos hacemos mayores. En esa dirección también podrían apuntar las imágenes reiteradas de la copa de un árbol filmada desde el suelo –que recuerdan al cine de Terrence Malick–, los momentos de autocontemplación de las dos niñas y su trato con los ancianos del hospital en el que trabaja la madre de Gloria y donde está internada la bisabuela de Sofia.
Esa sensación no llega a ser totalmente desvirtuada por el resto de la película, pero a medida que pasan las escenas y se va desarrollando el relato, surgen otros elementos que van añadiendo nuevas capas de significación al filme. La amistad entre las protagonistas femeninas tiene como su doble la relación de complicidad que establecen sus progenitoras, ambas madres solteras. La historia deja de ser únicamente sobre la pérdida de la inocencia con la llegada de la pubertad y se centra en las relaciones de amistad femenina y de sororidad en diferentes momentos de la vida y, también, en los vínculos intergeneracionales entre mujeres. En ese sentido hay que destacar que el filme presenta una historia donde el peso de lo femenino es central y, además, donde casi no hay personajes masculinos.
Pero otra vez el significado de las cosas invisibles vuelve a escabullirse, porque surgen más elementos que llevan al filme en otra dirección. El primero de ellos está relacionado con el interés casi obsesivo de los personajes –y se diría que del filme en sí– con la muerte: una de las niñas juega con los efectos personales de los pacientes muertos en el hospital, la otra le advierte sobre los riesgos de quedarse con cosas de los fallecidos, amparada en la sabiduría popular de su abuela. En el hospital los decesos se suceden ante los ojos ensimismados de las dos niñas y sin que sus madres puedan evitarlo.

Ese interés por la enfermedad y la muerte gana ribetes nuevos, pues la película se va poblando de imágenes en las que se insinúan elementos sobrenaturales y las “cosas invisibles” parece que ahora tienen ribetes fantasmagóricos. La directora, Rafaela Camelo (Brasilia, 1985), opta porque a lo largo de casi toda la película la irrupción de lo sobrenatural dentro de lo cotidiano sea un elemento sugerido, pero nunca del todo explícito. Su opción recuerda a Sonido vecinos (Kleber Mendonça Filho, 2012) y, sobre todo, a La ciénaga (Lucrecia Martel, 2001), con la cual guarda más de una semejanza, sobre todo en su segunda mitad.
A la historia de la película se le van añadiendo más y más capas que pueden llegar a desorientar al público. Surgen historias sobre trasplantes de órganos, discusiones sobre niños transgénero. Los secretos familiares y personales nunca terminan de revelarse del todo. Hacia la mitad de la cinta, el hospital es dejado de lado y de forma un tanto sorprendente las dos niñas, sus dos madres y la bisabuela en estado terminal abandonan ese recinto y se van a una parcela en el estado brasileño de Goiás. Ese quiebre abrupto en la estructura hace que el filme se expanda y gane nuevos aires, con un espacio destacado para la representación de vida rural, de las campesinas del centro de Brasil y de sus tradiciones populares.
UN FILME MASIVAMENTE FEMENINO
A la fotografía bastante destacable de la chilena Francisca Sáez Agurto le vienen bien la naturaleza, los verdes intensos, la tierra roja, los claroscuros del interior de las casas y el retrato casi documental de los personajes. Las escenas de día se complementan con otras de noche, en las que los elementos sobrenaturales van ganando cada vez más intensidad y ciertos toques de gótico tropical. Tal vez los momentos más interesantes sean precisamente aquellos en que se explora el habla campesina, la música y la religiosidad popular, sus rituales y tradiciones. Sin embargo, habría que observar que Camelo se permite una pequeña licencia poética al introducir en el paisaje de Goiás un ritual que procede de Santana en el estado de Bahía: la procesión nocturna de las Encomendantes da las Almas. No hay nada que objetar desde un punto de vista cinematográfico, pero si el filme fuera chileno a algunos espectadores les sorprendería ver en Coquimbo una fiesta religiosa de Antofagasta.

Por cierto, el filme es chileno, pues se trata de una coproducción entre Chile y Brasil aunque ello no tenga consecuencias en su trama; por suerte, no hay ningún personaje de otro país metido a la fuerza en una historia que no le compete, un pecado venial de varias coproducciones. La participación chilena no es explícita, pero sí relevante y se puede ver en el equipo de profesionales que hizo posible el filme, a comenzar por la ya mencionada Sáez Agurto.
La práctica ausencia de personajes masculinos en el filme tiene como correlato la presencia masivamente femenina en el equipo técnico con una directora y guionista, Rafaela Camelo; una directora de fotografía, Sáez Agurto; una directora de arte, Sara Noda; una editora, Marina Kosa y las productoras Daniela Marinho y Rebeca Gutiérrez Campos. La industria cinematográfica ha sido y sigue siendo un lugar que excluye y margina a las mujeres, sobre todo cuando se trata de puestos de responsabilidad detrás de las cámaras, por eso son tan bienvenidos filmes como este que hacen visible lo que ha sido invisibilizado. PP
La naturaleza de las cosas invisibles. Dirección y guion: Rafaela Camelo. Reparto: Laura Brandão, Serena, Larissa Mauro, Camila Márdila, Aline Marta Maia. Dirección de Fotografía: Francisca Sáez Agurto. Montaje: Marina Kosa y Rafaela Camelo. Dirección de Arte: Sara Noda. Música: Alekos Vuskovic. Casas Productoras: Moveo Filmes, Pinda Producciones, Apoteótica Cinematográfica. Ficción. 91 min. Brasil, Chile. 2025.
