Estuve visitando los backrooms durante ocho horas diarias por cuatro años. La entrada estaba en unas oficinas ubicadas en el último piso de un edificio en la Ciudad Empresarial (Huechuraba, periferia norte de Santiago).
Para evitar quedar atrapado en un taco era fundamental llegar a la oficina antes de las 7AM, cuando empezaba la jornada. En invierno, tras subir por una escalera que atravesaba varios pisos de oficinas completamente a oscuras, se llegaba a un espacio dominado por un silencio mortal roto solo por el zumbido de las luces fluorescentes que iluminaban una especie de naturaleza muerta hecha de paredes y escritorios blancos, sillas negras idénticas extendiéndose en todas direcciones, simétricas.
Kane Parsons (California, 2005) tenía 16 años cuando creó Found Footage 1 y lo subió a Youtube en 2022. Era un video cortito de 10 minutos, construido digitalmente por un cabro que, de alguna manera, había llegado al mismo lugar emocional al que yo, durante años.
Parsons había logrado invocar una sensación muy específica: la de estar en un lugar hecho para humanos, pero donde lo humano parece haber sido expulsado. Cualquier persona que se haya bajado en una estación de metro minutos antes de que esta cierre, o haya vagado por los pasillos solitarios de un mall en el turno de noche, sabe de lo que estoy hablando.
Son lugares que hacen saltar las alertas y donde se intuye una amenaza en el ambiente, como si algo o alguien estuviera al acecho, pero a sabiendas de que no hay nadie cerca para hacerte daño.
Backrooms nace buscando generar esa sensación.
La película de Kane Parsons, estrenada varios años después de que su serie se volviera un fenómeno en YouTube, llega en un momento bastante curioso para el cine. Mientras Hollywood sigue gastando presupuestos ridículos en revivir marcas que ya están agotadas, aparece una película de terror relativamente pequeña (hecha con 10 millones de dólares), nacida de una creepypasta, dirigida por alguien de 20 años, y resulta que conecta con el público de una manera que muchas superproducciones actuales, con todo su dinero y su maquinaria, ya quisieran.
Esto, por supuesto, se presta para la lectura fácil del joven genio de YouTube que derrota al Hollywood corporativo, pero creo que el punto es otro. La gracia de Backrooms es que durante largos tramos uno no está esperando simplemente qué va a pasar, sino tratando de entender qué está pasando. En una película tradicional esto sería un problema, pero acá, sorprendentemente, es la gracia misma de todo el asunto.
La historia está bastante mejor armada de lo que uno podría esperar basándose únicamente en el trabajo digital previo del realizador, y se nota la mano de A24 y la participación de Will Sodik (guionista de las series Homeland y Westworld), quien logra dotar a la historia de una dimensión humana que contrasta abiertamente con la arquitectura fría y amenazadora que envuelve a los personajes. Esa contraposición es lo que termina sosteniendo emocionalmente la película.
Backrooms sucede a comienzos de los años noventa y sigue a Clark (interpretado por el siempre sólido Chiwetel Ejiofor), un hombre en mala racha: divorciado, alcohólico, frustrado, dueño de una tienda de muebles que parece tan estancada como él.
Una noche, revisando unos problemas eléctricos en el sótano del local, atraviesa accidentalmente una pared y llega a los Backrooms: un laberinto imposible de habitaciones, pasillos, oficinas, muebles abandonados y espacios que parecen haber sido diseñados por alguien que conoce el mundo humano solo de oídas.
Clark no reacciona como reaccionaría una persona sensata, es decir, arrancando de ahí para no volver más. Pero tampoco actúa como un idiota de película de terror –este es uno de los mayores méritos del trabajo de Sodik.
La película tiene cuidado en algo que muchas películas de terror olvidan: los personajes muestran quiénes son por lo que hacen. Clark no necesita explicarnos todo el tiempo su herida, su frustración o su tendencia autodestructiva. Lo vemos en la forma en que insiste, en cómo arrastra a otros.
Sus empleados, que podrían haber sido simple carne de cañón en una película típica de este género, también entran en una dinámica verosímil: hay dependencia laboral, hay incredulidad, hay presión, hay esa mezcla tan humana de miedo y ganas de ver un poco más.

Mary (fabulosa en este rol Renate Reinsve) es la terapeuta de Clark, y termina entrando también en ese mundo por intentar encontrarlo. Su presencia le da a la trama una mirada externa que representa la posibilidad de interpretar lo que está ocurriendo, de mirar el laberinto no solo como fenómeno físico, sino como síntoma de lo que ella sabe que Clark, su paciente, en el fondo es.
Ella también carga con sus propios pesares, con una sensación de estancamiento, de no estar logrando sus metas en la vida. Indefectiblemente, esto también la lleva a decidir buscar a Clark y comenzar su viaje.
Backrooms podría haber sido simplemente una película sobre un lugar raro y gente siendo perseguida por monstruos, pero Parsons toma una decisión más arriesgada: vincular ese espacio con la mente de los protagonistas.
Hacia el final, queda bastante claro que los backrooms no son únicamente una dimensión alternativa llena de pasillos imposibles, sino que, al menos en parte, son una manifestación de Clark, de sus recuerdos deformados, de sus hábitos, de su culpa y de esa frase tan cómoda y tan cobarde que mucha gente usa para no cambiar: yo soy así.
EL TERROR NO SIEMPRE ESTÁ EN MOSTRAR ALGO
Algo parecido al fenómeno que ocurría en el videojuego Silent Hill 2, donde el neblinoso pueblo iba manifestando frente a los protagonistas aquellos miedos más profundos alojados en sus subconscientes.
Clark no está atrapado en un laberinto, sino que el laberinto es él, con sus habitaciones repetidas, sus esquinas oscuras y sus salidas tapiadas.
Así, el monstruo principal de la película puede entenderse como una criatura que vive en los Backrooms, y a la vez como la parte del protagonista que ha alimentado secretamente durante años.
El filme no se convierte nunca en una clase de psicología ni en una parábola espiritual (en buena hora). Pero la lectura está ahí, bastante clara: Clark entra en un sitio que parece diseñado por sus propios problemas y, en el fondo, no quiere salir. Hay una parte suya que se siente en casa dentro de esa deformidad.

Eso es bastante más perturbador que una criatura corriendo por un pasillo. Ahora bien, la criatura sí corre por un pasillo. Y aquí empiezan mis reparos. Creo que la película puede parecerle muy aburrida a un espectador más acostumbrado a los ritmos rápidos y tramas precisas y que van directo al punto.
Backrooms está bien planteada, pero no creo que sea redonda. Su primera mitad, o más bien sus mejores tramos, funcionan precisamente porque Parsons se atreve a esperar y deja que el conflicto de los personajes se instale con calma.
Pero hacia el tercer acto la película se ve obligada a resolver, y cuando el terror empieza a tomar una forma más explícita, pierde parte de su gracia. Esto pasa mucho en el género, pocos realizadores saben que el misterio suele ser mejor que la respuesta (como pasa en Alien o Zodiac). El terror no siempre está en mostrar algo, sino en hacernos sospechar que existe ese algo, pero que nosotros no podemos ver porque el encuadre está incompleto, obligándonos a rellenar los espacios vacíos con lo más profundo de nuestros miedos.
Backrooms es inquietante porque uno no sabe si el lugar está vivo, si responde a la mente, si es una dimensión física, si es un error de la realidad o si simplemente está ahí, funcionando con una lógica tan ajena que cualquier intento de entenderla parece ridículo.
Cuando la película se acerca más a la persecución, al monstruo y al clímax de supervivencia, sigue siendo efectiva, pero se vuelve un poco más convencional.
Y esto me lleva a otro punto que me parece importante: la película no siempre consigue transmitir la sensación de infinitud que sí tenían los videos originales de YouTube. En la serie hay algo más libre, más hipnótico: personajes caminando durante largos tramos, diseños distintos, espacios que parecen abrirse hacia otros de formas no-lineales.
Por ejemplo, en Found Footage #3 (el último de la saga en YouTube hasta ahora) podemos sentir cómo el personaje pasa horas perdido caminando, explorando, sumergiéndonos en una pesadilla al parecer infinita, donde al final de cada pasillo está la entrada a otro distinto que desemboca en otra zona, otro papel mural, otros muebles, otro absurdo arquitectónico, en la línea de La Biblioteca de Babel de Jorge Luis Borges.
En la película, al trabajar con sets reales y con una estructura narrativa más clásica, esa vastedad se siente menos. Los espacios tienen más cuerpo, sí. Se agradece ver actores moviéndose en lugares físicos, con una luz concreta y una materialidad que no parece salida de un fondo verde infinito. Pero al mismo tiempo se pierde algo de esa expansión digital que hace tan poderosos los videos de YouTube.
Es curioso: la película se siente más real, pero a ratos menos inmensa.
A RATOS, SIMPLEMENTE DA MIEDO
Parsons de todas formas sale bien parado. Hay algo genuinamente agradable en ver que un tipo que empezó haciendo videos de manera autogestionada y casera termine dirigiendo una película así.
De hecho, al momento de escribir esta nota, Backrooms es N°1 en la taquilla en Estados Unidos y Kane Parsons se ha convertido en el cineasta más joven de la historia en tener un hit de taquilla de esta magnitud, superando el récord anterior que ostentaba Josh Trank con Chronicle (2012).
No lo digo desde el sentimentalismo barato del cumplió su sueño, sino porque su trabajo previo ya demostraba una comprensión del medio que muchas películas con más plata no tienen. Parsons sabe dónde poner la cámara. Sabe cuánto dejar durar un plano. Sabe que un sonido mal ubicado puede arruinar una escena y que uno bien puesto puede sostenerla completa.
También hay algo generacional en todo esto. Parsons ha hablado de los backrooms como una reacción a ciertas ansiedades contemporáneas: la monocultura, la industrialización de la vida, el ruido, la sensación de estar atrapados en mecanismos que siguen funcionando aunque ya nadie sepa muy bien para qué.
Me parece una lectura muy acertada, que se enlaza con la evidente decadencia de los valores de Occidente. Quizá por eso la película conecta tanto, porque toma elementos que tenemos demasiado cerca y los corre unos centímetros hacia lo insoportable.

Y, al mismo tiempo, sigue siendo una película de terror bastante entretenida. Esto también hay que decirlo, porque a veces uno se entusiasma analizando capas simbólicas y se olvida de lo básico. Backrooms funciona en sala. Tiene momentos de tensión real, buenas imágenes, un uso muy eficaz del sonido y una comprensión notable del suspenso espacial. A ratos simplemente da miedo, y eso en una película de terror sigue siendo lo más importante.
Backrooms me dejó pensando en esa parte de uno mismo que prefiere seguir repitiendo un daño conocido, o huir, antes que enfrentar la incomodidad de cambiar. Recomendada, pero véala con calma. PP
Backrooms. Dirección: Kane Parsons. Guion: William Bromell, Kane Parsons. Reparto: Chiwetel Ejiofor, Renate Reinsve, Finn Bennett. Fotografía: Jeremy Cox. Música: Edo Van Breemen, Kane Parsons. Casas productoras: A24, 21 Laps Entertainment, Atomic Monster, Blumhouse-Atomic Monster, Chernin Entertainment, Oddfelows Pictures, Phobos. Duración: 110 min. Estados Unidos, 2026.
