Al criticar La habitación de al lado a fines de 2024 en este mismo espacio, arriesgamos que aquel –su opus 23– sería quizás la despedida final del más connotado realizador español vivo y el más laureado internacionalmente en toda la historia del cine de ese país. En ella, junto a un par de cortos (La voz humana, de 2020, y el ‘western queer’ Extraña forma de vida, de 2023), se dio el gusto de filmar en inglés y con elencos no hispanos, un antiguo sueño personal. Con su aire pesaroso y depresivo Habitación…, tratando de manera pionera en la pantalla el tema de la muerte asistida, tenía el completo aire de ser su adiós definitivo, lo último que filmaría en su enjundiosa carrera de casi cuarenta años.
No fue así.
Hay que recordar que el director manchego lidia desde hace años con una dura condición física. Sufre serías limitaciones de movilidad debido a problemas a la columna que le han llevado a soportar un par de cirugías intervertebrales; no puede estar parado o sentado durante mucho tiempo. En forma paralela, padece de recurrentes migrañas y fotofobia, la cual le obliga a usar gafas oscuras pues no tolera la luz intensa, y además de tinnitus, un zumbido indeterminado y permanente en los oídos. A ello se agrega el severo trastorno depresivo que este cuadro le ha provocado por cuanto dificulta y entorpece su desenvolvimiento expedito en un set de filmación.
Dramático, ya que Almodóvar es un hombre para el cual su vida ha sido y es hacer cine. Todo ello salió inevitablemente a la luz con el estreno, en 2019, de Dolor y gloria acerca de un director de cine en decadencia aquejado de grandes males físicos –en su columna, desde luego– y sicológicos. Dicho sea de paso, existe consenso de que esa cinta, la primera en que reveló autorreferencialmente su deterioro orgánico y sus penosas consecuencias, es su última pieza maestra.
¿Razones para aludir a esta cuestión extra artística? Sobran, porque el ámbito de la enfermedad y el sufrimiento corporal y mental, los medicamentos, doctores y hospitales, el estado de desánimo y abatimiento, la idea de la muerte que se acerca y no llega, y el cómo se logra procesar el duelo por los que ya han partido, tienen omnipresencia en la obra actual y reciente del cineasta. Sobrevolaron y marcaron Dolor y gloria y La habitación de al lado, y sucede igual cosa ahora. Cómo no iba a ser así si ello es lo que mueve hoy por hoy al manchego y lo que sabe hacer él es cine de autor, de creación y expresión personal. La diferencia es que Habitación… se centró en el tema de la muerte, y aquí predomina mayormente el análisis del proceso creativo, cómo fabricar una película, a partir de qué. Pues al fin y al cabo dejar de hacer cine para él, equivale a morir.
Entonces, Amarga Navidad es por las cuatro puntas un filme de autoficción y metanarrativo, cine dentro del cine, que se vale de su historia para reflexionar acerca de cómo un cineasta llega a elaborar un relato a partir de una idea; cómo surge ésta, luego la transforma, madura y materializa. Trata del guion cinematográfico y de ese algo indefinible que es la inspiración; aquella lucidez repentina que motiva, genera e ilumina la acción, la obra y la vida.
VENTAJAS Y DESVENTAJAS
Claro que, ya se sabe, una cosa es lo que el artista intenta y busca, y otra –a veces muy distinta– lo que logra encontrar y concretar.
Amarga Navidad goza al menos de dos factores sin duda favorables para su recepción. Primero que es, por fin, después de sus escapadas extranjerizantes, un filme que suena de nuevo a Almodóvar (y no a un realizador cualquiera), tanto en su registro como en su estilo. Desde luego está su entrañable mirada habitual sobre el mundo de la mujer y la sensibilidad femenina, que es su sello. No faltan sus esperados cruces de género: en la narración campea el tono de un melodrama a todo dar, en el que irrumpen a veces –pocos, la verdad, y no bien logrados– brotes de su singular desparpajo socarrón. Y vuelve una vez más a la estética visual que le es característica, con sus toques contrastantes de colores fuertes. O sea, no es una propuesta que pueda desorientar y frustrar a sus seguidores.
Luego, se trata de una realización muy cuidada en todos sus aspectos artísticos y técnicos, de modo que su impecable lenguaje cinematográfico avanza con una fluidez que invita a ser disfrutada. Claro, pues Almodóvar es dueño de un oficio de gran exigencia, con un preciso control de sus recursos por cierto, y que se rodea aquí otra vez de profesionales dotados, esos que desde hace tiempo le acompañan en sus proyectos. Así el nivel actoral es parejamente muy alto, y entre otros aportes notables del equipo –diseño de producción, fotografía, iluminación, montaje y un largo etcétera– hay que destacar la contribución de Alberto Iglesias, su musicalizador habitual. El marco sonoro que presta a las imágenes, las enriquece con una vibración emocional que a veces parece que ni siquiera está en la pantalla, sino es más bien propio de la partitura. Todo lo cual hace que la apreciación del filme destile respetabilidad.
La película propone en principio una doble narración alternada sobre dos directores de cine, un varón y una fémina, ambos en plan de acometer un nuevo rodaje. Elsa (Bárbara Lennie, Madrid, 1984) se entusiasma por hacer un filme de verdad, tras años dedicada al cine publicitario. En forma paralela, Raúl (Leonardo Sbaraglia, Buenos Aires, 1970) se esfuerza por completar el guion de su próxima película luego de una larga sequía creativa. A poco andar queda claro que la historia de ella –que transcurre veinte años antes– es la concreción posible de la narración que guioniza él, la cual se va modificando y adaptando a los flujos de su idea primera de acuerdo a sus vivencias personales. Y que ella es el alter ego de él.

Entonces el filme en su conjunto es como un juego de muñecas rusas, una conteniendo a la otra, cuyo propósito es reflexionar sobre las fronteras entre realidad y ficción; acerca de en qué medida la primera moldea a la segunda y asimismo si es posible la relación inversa, que la creación ficticia sea capaz de modificar la vida misma.
¿AMBICIOSO? ¿ALAMBICADO?
Agreguemos que, pasado el promedio del metraje, aparece otro tema que tiende a dominar el sentido general: la interrogante respecto a hasta qué punto es posible y lícito que el creador se apropie de los dolores y experiencias particulares de sus cercanos y amigos, para construir su obra de ficción. En tanto se ha hecho evidente que Raúl es el alter ego del mismo Almodóvar, lo que suma aún otro espejo al entramado de reflejos.
Así el filme se establece como uno destinado a los fans de Almodóvar, y en particular al espectador interesado en la cuestión metacinematográfica; es decir, acerca del debate y la reflexión en torno a la naturaleza esencial del cine y cómo éste se gesta. Por ende, a pesar de las frecuentes alusiones a males físicos, muerte, soledad, amistades rotas y desánimo en las narraciones, lo que predomina en la proyección es un tono expositivo y un ritmo más bien lento. Al público general puede darle también una impresión algo forzada y de rebuscamiento, incluso bastante reiterativa como especulación teórica.
Por una parte, los giros melodramáticos abundan; por otra, la película carece por completo de emoción. Nunca funciona en ese registro. Excepción hecha de la confrontación entre Raúl y Mónica (Aitana Sánchez-Gijón, Roma, 1968), su antigua asistente, en los últimos 15 minutos, la única escena realmente intensa de todo el metraje y sin duda su mejor momento, estupendamente actuado además. En ella Raúl entiende que la verdadera inspiración no puede nacer sino de la vivencia y el dolor personales, y no de la experiencia ajena. Una conclusión por lo demás que la propuesta –y el propio Almodóvar– deben haber tenido clara desde el minuto inicial.

Otros detalles: en las casi dos horas de exhibición hay más de algún personaje secundario cuya presencia en pantalla no se explica hasta mucho después de asomarse. La relación entre Elsa y su novio bombero y desnudista resulta bastante improbable e inverosímil (a menos que haya querido ser un chiste). Por lo demás, los ocasionales brotes de humor en la sección inicial funcionan débilmente. Para peor, no pocas secuencias parecen innecesarias o francamente sobran. Ejemplos de ello, el extenso homenaje a Chavela Vargas o las sendas escenas con que el director rinde honores a dos actrices fetiche de su carrera, Rossy de Palma y Carmen Machi. La larga canción con fines terapéuticos cantada in extenso en primer plano, y la performance también detallada del stripper (con muchas insinuaciones sexuales, pero sin desnudez), semejan concesiones al espectáculo.
Citándose a sí mismo Almodóvar hace suponer, a fin de cuentas, que pese a sus achaques sigue teniendo un ego del porte de una catedral; es explicable e inevitable que así sea. No resulta difícil por lo demás imaginar que el título Amarga Navidad –siendo él un cinéfilo de fuste y admirador de los melodramas clásicos hollywoodenses– alude a Amarga victoria, de 1939, con Bette Davis en uno de sus grandes roles, encarnando a una rica heredera que se opera de un tumor cerebral, maligno, y mientras enceguece progresivamente decide vivir a concho su etapa terminal.
Amarga Navidad. Dirección y guion de Pedro Almodóvar. Elenco: Bárbara Lennie, Leonardo Sbaraglia, Aitana Sánchez-Gijón, Quim Gutiérrez, Patrick Criado, Rossy de Palma. Fotografía: Pau Esteve Birba. Montaje: Teresa Font. Música: Alberto Iglesias. Productor: Agustín Almodóvar. Casa productora El Deseo. Ficción. ¿Melodrama? Duración: 111 min. Hablada en castellano. España, 2026.
