SHREK A LOS 25: Y FUERON FELICES PARA SIEMPRE

Cuando Shrek llegó a las pantallas en 2001, parecía una parodia más. Un cuarto de siglo después se ve como una operación de lenguaje más duradera: tomó el repertorio del cuento de hadas, ese dispositivo que enseñó durante generaciones cómo deben verse, amar y obedecer los cuerpos, y lo obligó a conversar con su reverso. Sigue viva porque las preguntas que formula siguen abiertas. Y también porque se quedó en la vida de la gente.

Mi hija Laura, que hoy tiene veintiséis años, sigue amando esta historia. La repite, la cita y la ve de nuevo cuando necesita consuelo. Supongo que a millones les pasa lo mismo: una película que acompañó un tipo de infancia y que se vuelve a mirar en la adultez con otros ojos, descubriendo que siempre hablaba de cosas serias mientras abrazaba la esperanza en la humanidad.

Fiona es la princesa que espera rescate, pero con agenda propia y conciencia creciente: pelea, se burla y canta hasta hacer estallar a un pájaro. La película entiende que su maldición no es el ogro, es el mandato de belleza. Solo de noche, a escondidas, puede habitar el cuerpo que realmente es. Hay una escena reveladora al inicio: ella reclama que el rescate no se está haciendo como corresponde, que falta el gesto romántico, el discurso y la escena ensayada, y Shrek, sin ceremonia, simplemente se la lleva y ella inicia su camino de emancipación con él y no a pesar de él. Cuando Fiona elige quedarse ogresa, el relato rechaza el “felices para siempre” que exige corrección corporal. Hay quienes piensan que es una película de giro feminista y mucho tiene de eso, si pensamos en las niñas que quedaron enganchadas “para siempre” con esta historia. El deseo y el amor desde la tensión de la mirada y la palabra intelectual e irónica, se vuelven absolutos. Es un gesto feminista sin pancarta, sostenido en la acción y no en el sermón. El Príncipe Encantador, en cambio, retrata una masculinidad que se cree con derecho al premio, tóxica, tan devastadora como vacía.

La crítica social y política se juega en Farquaad y Duloc: un gobernante diminuto que levanta un reino de fachada, limpio, ordenado y vigilado, donde lo diferente se destierra. Los seres de los cuentos son desalojados y confinados en el pantano de un ogro. Ahí hay desplazamiento forzado, ciudades que se limpian de quienes incomodan y autoritarismo disfrazado de buenas maneras. El interrogatorio al Hombrecito de Jengibre, torturado para que delate a los suyos mientras él se burla de sus captores, es una escena sobre la interrogación y la resistencia; ese Hombrecito sintetiza ética y lealtad desde una fragilidad que nunca lo fue. Y la broma de Burro frente al enorme castillo, insinuando que intentará compensar a su dueño, ridiculiza al poder que necesita monumentos. Duloc, con su canción de bienvenida y su estética de parque temático, es además una sátira a la industria cultural, lo que resulta una ironía fértil viniendo de un gran estudio como DreamWorks.

DESCENTRANDO EL ROMANCE COMO ÚNICO HORIZONTE

En el amor y la amistad, el filme descentra el romance como único horizonte. Burro es quien insiste y no suelta: cuando Shrek lo echa de su pantano, él responde que los amigos se quedan, que no se van aunque el otro sea difícil. La amistad aparece como cuidado cotidiano, como aguantarle el mal humor al otro y permanecer. Shrek se defiende con capas, como explica a Burro al comparar a los ogros con las cebollas, y cuando este responde que a él lo que le gustan son los pasteles, la escena condensa algo hermoso: hay quien insiste en ver la ternura donde el otro solo enseña protección. La confusión del pantano, cuando Fiona escucha a medias que Shrek habla de alguien feo y cree que habla de ella, muestra cómo el prejuicio ajeno se interioriza. El vínculo entre ambos es el de dos personas que se reconocen sin disfraz, y por eso conmueve.

La animación digital de 2001 tiene hoy una textura de época y eso la hace irresistible para quienes hoy comienzan a caminar su infancia y para quienes la superaron hace décadas. Pero la dirección de Andrew Adamson y Vicky Jenson usa la imagen como argumento: el pantano es cálido, húmedo y habitado, y el castillo es frío, simétrico y hostil. Los diseños evitan la belleza normativa y convierten la caricatura en postura ética: el cuerpo feo es el hogar posible. Los cuentos clásicos aparecen citados y torcidos, con guiños que funcionan en dos niveles, uno para niñas y niños y otro para adultos y adultas, y esa doble lectura explica en parte por qué las generaciones vuelven.

Las voces son parte de la tesis. Mike Myers con su acento escocés, Eddie Murphy con una energía desbordada, Cameron Diaz y John Lithgow no doblan personajes, los inventan. El humor nace de esa interpretación. La música hace algo parecido: el pop (Smash Mouth, los Monkees) irrumpe donde se esperaba la épica orquestal y desmonta la solemnidad del género. Después, un Hallelujah sereno entrega la emoción sin ironía, lo que muestra que el filme también sabe ser sincero.

Veinticinco años después, Shrek sigue vigente porque no envejeció su conflicto central: quién merece ser amado y quién decide qué es lo monstruoso. El ogro se quedó en nuestros corazones, y Burro con él, ese amigo parlanchín y leal que todos quisimos tener. Mientras esa pregunta siga viva en nuestras instituciones, nuestras ciudades y nuestras pantallas, el ogro seguirá teniendo razón y lo seguiremos amando junto a Fiona, Burro, al Hombrecito de Jengibre y a tantos otros que nos recuerdan que la infancia vuelve una y otra vez con sus risas, miedos, sorpresas, llantos y mucha imaginación.PP

Shrek. Dirección: Andrew Adamson y Vicky Jenson. Guion: Ted Elliott, Terry Rossio, Joe Stillman y Roger S.H. Schulman (basado libremente en el libro Shrek! de William Steig). Reparto de voces (original en inglés) Mike Myers (Shrek), Eddie Murphy (Burro) Cameron Diaz (Princesa Fiona), John Lithgow (Lord Farquaad). Música: Harry Gregson-Williams y John Powel.Producción: DreamWorks Animation. Animación, comedia, fantasía, aventuras. Duración: 87 – 94 min (varía según la versión o edición). Estados Unidos, 2001.

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