El cine lleva más de medio siglo utilizando la trama de una presunta revolución robótica, o traición tecnológica, como combustible para obras de ciencia ficción, ya sea como parte esencial de la trama o como una porción del argumento. Basta con mirar 2001: Una odisea del espacio (1968) de Kubrick, Alien (1979) de Ridley Scott y sobre todo obras de culto como The Stepford wives (1975) para dar cuenta de que el temor a una tecnología que reconozca al ser humano como inferior, que piense más y mejor que estos siempre ha estado ahí. No se trata de algo nuevo, sino más bien parte esencial del canon de la ciencia ficción.
Recientemente la hipotética rebelión de las máquinas ha sido reemplazada en la consciencia colectiva por los riesgos que conlleva la Inteligencia Artificial (IA), aquel concepto que inicialmente existía en personajes robóticos que se vuelven sintientes, pero que poco a poco ha visto acelerada su aplicación en nuestro lenguaje cotidiano, desde videojuegos hasta electrodomésticos.
El último lustro, el uso de IA generativa se ha vuelto un tópico de moda, generalmente usada para hacer peores versiones de escenas de películas famosas, anuncios, o aberrantes reels para redes sociales. Su mayor atracción es poder crear sin el esfuerzo de tener que aplicar esfuerzo, sin el placer de crear algo por uno mismo, y más importante aún, sin preocuparse de derechos de autor, todo bajo la falacia de la democratización del arte.
La reciente comedia negra de ciencia ficción de Gore Verbinski, Buena suerte, diviértete, no mueras (2025), se hace cargo de este nuevo enemigo del progreso tecnológico al punto que su campaña directamente apunta a gremios tan precarizados como el de los trabajadores de efectos especiales, con un avión volando sobre los ángeles con un cartel diciendo Contraten humanos.
Buena suerte, diviértete, no mueras es la primera película de Verbinski después de 10 años de ausencia, resultado de su caída de proporciones post adaptación de El Llanero Solitario (2013) que puso un alto a su saludable carrera de director de blockbusters. Verbinski siempre ha sido una suerte de Robert Zemeckis con menos independencia o un Michael Bay menos aborreciblchemioe: puede ser poco respetado a nivel artístico, pero es el tipo de artesano que los grandes estudios aman tener cerca, por su sentido del espectáculo y genuino interés en los efectos especiales. Pero, también, por su anticuada noción cuasi tradicionalista de lo que constituye el buen gusto, cosa que hace que los Jerry Bruckheimers (*) lo consideren un autor. Un Budd Boetticher (*) para el mundo corporativo. El director al que la industria le puede seguir apostando por el mero hecho de que sus sensibilidades se alinean con el juego del dinero, el cual reina supremo.

UN FUTURO DISTÓPICO AD PORTAS
El filme es también la primera película de Verbinski en no ser producida por una gran compañía, y la primera vez que tiene que arreglárselas con un presupuesto menor a 35 millones de dólares. No es sólo un regreso al género, sino que es su primer intento de hacer cine independiente (risas en Roger Corman).
Un hombre del futuro (Sam Rockwell interpretando a un personaje sin nombre), entra en una cafetería de Los Angeles buscando reclutar a un grupo que pueda luchar contra una inteligencia artificial que detonará un futuro distópico, que comenzará a tomar lugar esa misma noche. Ante miradas atónitas y hostiles de algunos de los clientes que vieron interrumpidas sus aburridas cenas con celular en mano, el hombre del futuro, armado con una bomba, clama haber hecho ese mismo viaje, recreado esa misma escena múltiples veces, revelando información de cada una de las personas de la cafetería, convenciendo a algunos de participar de su cruzada. Ayuda el que la policía ya ha sido alertada y que los eventos deberán comenzar a ponerse en movimiento para que no salga gente herida, y la insistencia de que el inminente y horrible futuro es nuestra culpa.
Esta primera escena de la película constituye los trece minutos de metraje de apertura. Se trata de un larguísimo monólogo de Sam Rockwell, sobreactuando por el bien de la raza humana, y con un Verbinski, con ágiles cortes y paneos a medida que Rockwell interactúa con elementos del decorado, haciendo lo posible por animar tan estática escena.
La estructura del resto del filme recuerda mucho a Weapons (Zach Cregger, 2025), con un contraintuitivo uso de in media res (en medio de las cosas) para salvar un guion (cortesía de Matthew Robinson, responsable de The invention of lying y de llevar a Dora, la exploradora al cine) construido a base sketches y de dudosa progresión lineal. En Weapons los cortes a flashbacks eran frustrantes debido a la constante evasión del creciente conflicto, casi a modo de cliffhanger. En Buena suerte, diviértete, no mueras estos retornos a personajes parecen obligatorios: la premisa es tan delgada como una hoja de papel, con caracteres completamente anónimos al comienzo. Verbinski no hace ningún favor al filmar casi toda la escena inicial en planos generales, salvo por los de Rockwell; recién a los diez minutos de metraje se acusa la presencia de Juno Temple (Susan) y del siempre competente, pero aquí muy desperdiciado, Michael Peña (Mark).
La película se desarrolla como una versión menos astuta de The World’s End (Edgar Wright, 2013) d. Una gran ciudad tratada como un suburbio, el cual parece desierto y cómodo de forma sospechosa. El retrato es satírico pero carece del patetismo y la especificidad de la película de Wright. Verbinski quiere hablar de enajenación, los tiroteos en Estados Unidos, individualismo y denigración emocional; pero no sabe si ridiculizar estos temas o tomarlos completamente en serio mediante sus personajes (sobre todo Susan). No ayuda que, acercándose a su tercer acto, la película cae en una irreverencia propia de la igualmente dañina Todo en todas partes al mismo tiempo (Daniel Scheinert, Dan Kwan, 2022). Se puebla de un absurdo sin ingenio, de una imaginación sin gusto.

RIVALES CONVENIENTEMENTE ABSTRACTOS
Pero el problema de fondo no es uno propiamente artístico, más allá de, por ejemplo, de su poca contrastada fotografía, a cargo de James Whitaker. El problema es uno ideológico, y no uno endémico a esta obra. Es un síntoma propio del ecosistema Hollywood. Y es que más allá de algún antagonista de carne y hueso, la lucha tecnológica en estos futuros distópicos siempre es contra máquinas o tecnología que se han vuelto conscientes. Son rivales convenientemente abstractos, fuerzas que caen sobre todos los mortales pero que, al mismo tiempo, resta a los seres humanos cualquier responsabilidad de sus actos.
Sería injusto apuntar con el dedo a Verbinski y a su película por una pusilanimidad
extendida a toda la industria, y en cierta forma, al mundo entero. Se le teme más a una distopía imaginaria e imposible, que a las consecuencias del capitalismo reinante. Si los fraudulentos influencers lectores utilizan una herramienta en IA que resume cada capítulo de un libro en un cómodo párrafo de cinco líneas para poder jactarse de leer sin haber leído, no podemos culpar a la herramienta.
La inteligencia artificial existe porque la pusimos allí. Es fruto de la ambición del mercado, de buscar atajos a aquellas cosas a las que otras personas creativas dedican sus vidas. Es el resultado de una serie de decisiones financieras que van dirigidas a absorber tareas, sintetizar procesos, eliminar empleos y ahorrar dinero. Y los resultados son más rápidos, no mejores. La pandemia vio a varias industrias millonarias al borde del colapso por el cese de actividades durante poco menos de un año, una evidencia del precario balance en que juegan. Ahora el diablo vino a cobrar.
Las observaciones de baby boomer que la pasó mal en la pandemia no son necesariamente equivocadas en líneas generales, pero Verbinski falla en entender el centro de la problemática de la sociedad moderna, y por ende, de su propia película. Pensar que la IA se apoderará de nuestros mundo por decisión propia es ser inocente, en el mejor de los casos, y negligente en el peor. Estos clavos no se clavan solos. Alguien sostiene el martillo. Y es que el peor enemigo para la humanidad es la humanidad misma. Son individuos quienes consideran a otros como obsoletos.
Buena suerte, diviértete, no mueras parece buscar una salvación para una sociedad que no piensa, lo que sería una conclusión demasiado complaciente. El problema es que existe un grupo dentro de nuestra sociedad que modela sus ideas alrededor de conveniencias inmediatas, dentro de una egoísta burbuja de comodidad ideológica. No se trata de personas que no piensan por sí mismas, si no más bien, personas incapaces de empatizar con otros individuos, y que solo establecen relaciones antagónicas, algo que la película toca pero no desarrolla. Al igual que No mires arriba (Adam McKay, 2021), fracasa porque es imposible ridiculizar un mundo que ya decidió vivir en la más pasmosa de las vulgaridades. Y es por ello que la obra no puede más que una declaración inocentona o entretenimiento vacío. Simplemente, no está a la altura del tema que quiere tocar.
Quizás el inicio de la película termina ejemplificando la obra en su totalidad, cuando Sam Rockwell entra en la cafetería interrumpiendo una no-convivencia donde todos los personajes están enfocados en sus celulares, comiendo hamburguesas, y pasteles de calabaza. Verbinski encuadra y monta como si viniera a burlarse de una cultura de gratificación diaria, de emociones baratas, la cultura moldeada por mecanismo propios de la industria de la comida rápida. Qué hipocresía creer que su película es cualquier otra cosa más que eso. PP
Buena suerte, diviértete, no mueras..Dirección: Gore Verbinski. Guion: Matthew Robinson. Reparto: Sam Rockwell, Haley Lu Richardson, Michael Peña, Zazie Beetz, Juno Temple, Azim Chaudhry. Música: Geoff Zanelli. Dirección de fotografía: James Whitaker. Montaje: Craig Wood. Casas productoras: Constantin Film, Blind Wink Productions, 3 Arts Entertainment. Comedia/Ciencia Ficción. Duración: 134 min. Estados Unidos, Alemania, 2025.
(*) Notas de la Edición:
Jerome Leon Bruckheimer (Detroit, 1943) es un conocido productor de cine y series de TV.
Budd Boetticher (Chicago, 1916) fue un director de cine del período clásico de Hollywood, que destacó por sus westerns de bajo presupuesto.
