Cuando Ferzan Özpetek (1959, Turquía), avecindado en Italia desde joven, debutó con Hamam (1997), la temática homosexual parecía una trasgresión excesiva para su país de nacimiento, pero resultó convencional en Italia. El cruce de dos culturas (“Nací en la capital del Imperio Romano de Oriente, pero vivo y trabajo en la de Occidente”) observadas con equidistancia y sugestiva admiración, creó un relato de veladas sugerencias, enmarcada en la bella y arruinada Estambul, que en las siguientes obras dejaría el paso a Roma, Nápoles, Lecce, Milán y Sicilia, y contendría mayor dosis de humor y más explícitas reivindicaciones que le harían ganar en espesor (Tengo algo que decirles, La ventana de enfrente).
Sin los desbordes estridentes de Almodóvar, ni la seriedad política de otros clásicos turcos, Özpetek suele crear galerías de personajes conflictuados por sus pequeños amores culpables y obligados a responsabilizarse de las consecuencias de sus elecciones. De ahí el interés que pueda suscitar después de treinta años de carrera y algunos logros y caídas narrativas. Aun cuando no todo brilla con igual decoro, sus personajes están hechos de afectos frágiles y relaciones familiares y que, como hilos de un tejido de relaciones de poder y deseos pasados, son reflejo de las posibilidades del mundo presente.
Ya en La diosa fortuna (2019) al centro del relato hay un grupo de amistades que irán asistiendo como espectadores y eventuales actores del relato de una pareja gay en crisis. En Diamanti el propio cineasta convoca a un grupo de actrices para crear con ellas una película que dé cuenta “de la fuerza femenina y su capacidad creativa”. La mayoría de las intérpretes son conocidas figuras de la televisión y el cine italianos y por eso, a quien las conoce, parecerá verlas repitiendo sus roles habituales, con ligeras variantes al servicio de una intriga que parece irse improvisando. Sus relatos suelen tener esa característica: son representaciones que saben serlo y que su función es la de celebrar la develación de un hecho escondido en alguna parte de las inconclusas relaciones entre los personajes. A veces se trata de una verdad que necesitó del paso del tiempo para salir a la luz, otras de un crimen, de una herencia y aquí, en consonancia con la idiosincrasia de los tiempos, se trata de la confección de un vestido.
LO SUPERFICIAL ES EL PRERREQUISITO DE TODO LO BELLO (NIETSZCHE)

Pero lejos del encanto ingenuo de La señora Harris va a París (2022) de Anthony Fabian, en la que Lesley Manville, interpretando una doméstica de los años cincuenta decidía poseer un vestido de Dior, para poder soñar, en esta película se trata de crear para una película, la que estamos viendo, un vestido que señale una analogía con María Antonieta y los tiempos actuales en que los ricos gastan una fortuna por ser invitados a una gala extravagante y en la que la hilera de grandes empresas y accionistas del lujo y la moda hacen circular la economía de millones de obreros del Tercer Mundo.
(Véase el éxito (calculadamente producido en laboratorio) para que El diablo viste a la moda 2 del cuidadoso artesano David Frankel lograra el encanto villanesco de la primera parte. Pero si los veinte años de espera se notan, es porque la imaginación de los espectadores suele ser hoy mayor que la de los inversores, publicistas e intereses corporativos. La segunda parte ha dado mucho que hablar, pero no ha sido el éxito esperado).
Diamanti ha hecho una inversión comparativamente mínima y ha obtenido un éxito que da la medida de la buena salud, todavía humana, de una industria al borde de un ataque de repeticiones en cadena. También nos ha recordado la importancia de los referentes y sus circunstancias puntuales. Pero no mucho más, tampoco.
La base del argumento se refiere, con obviedad, a la historia de las hermanas Fontana, certeras triunfadoras de la moda italiana de la post-guerra y cuya historia e influencia sobre el cine y las estrellas de Hollywood, ha dado para una mini serie de gran éxito en la televisión italiana. Aquí las hermanas rivalizan en dominio técnico, administración y amores frustrados. Un director de cine encarga vestuario para una película sobre María Antonieta y el desafío resulta de envergadura, pero unos agregados, poco respetuosos de la época, comienzan a desatar los conflictos, que nunca superan el mínimo aceptable de una teleserie (pataleta del director, histeria de la administradora, acusaciones cruzadas, sospechas).

Todos son, por supuesto, lugares comunes ilustrados sobre los deseos ocultos del grupo de mujeres del taller, de los modelos masculinos, del machismo troglodita de otras épocas y de la estética de las telenovelas. Pero no opta por la sátira, lo que tal material narrativo facilitaría. Tampoco es una citación, a pesar del vals famoso de El gatopardo y el vestido usado por Claudia Cardinale en aquella famosa escena y que se divisa brevemente en el taller. A ratos Luisa Ranieri, la protagonista, pareciera querer parecerse a Miranda Priestley de El diablo viste a la moda, pero sin tener mucha conciencia de ello, ni el genio certero. Y los galanes compiten por cuál es el más inexpresivo, fotogénico e inútil. Ya no hay espacio para el ascenso social (Simplemente María, El tiempo en las bastillas, Alta costura) ni para la obsesión erótica (El hilo invisible)
Lo que hay es mucho metraje, mucho.
La confección del vestido solo adquirirá presencia cuando ya los espectadores se habrán dado cuenta del juego abusado de la representación, de sus entradas y salidas y de su dosificado y chato espesor.
Özpetek despliega una visualidad manierista y suntuosa, con gran facilidad para el ornamento y que explican su atractivo momentáneo…y sus límites, que son también los de una época…la nuestra: imitación de una fórmula de simulacros poco emocionantes, pero amenos. PP
Diamanti. Dirección: Ferzan Özpetek. Guion: Ferzan Özpetek y Gianni Romoli. Reparto: Luisa Ranieri, Jasmine Trinca, Ferzan Özpetek, Stefano Accorsi, Anna Ferzetti, Elena Sofía Ricci, Vanessa Scalera, Mara Venier, Milena Vukotic. Fotografía: Gian Filippo Corticelli. Música: Giuliano Taviani y Carmelo Travia. Vestuario: Stefano Ciammitti. Casa productora: Rai. Duración: 134 min. Italia, 2024.
