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¿A QUIÉN QUIERE PREMIAR EL OSCAR?

La reciente ceremonia número 95 del célebre premio hollywoodense recompuso la dignidad de la ocasión, que tan seriamente se vio comprometida el año pasado por la bofetada recibida por el animador.

Fue más ágil, con alguna presencia jocosa del mundo animal. Tuvo una invitada distinguida como Malala y, al menos, un número musical elogiado por todos, el de la presentación de la canción ganadora Naatu, Naatu de la película india RRR que, de paso, sirvió de publicidad subliminal a favor de Ucrania, ya que su escenografía incluía la fachada del palacio Mariinsky, residencia oficial del presidente Zelensky, donde fue filmada la película poco antes de la invasión rusa. 

Casi ninguna novedad hubo en descubrir el nombre de los premiados. Todos eran los favoritos en sus respectivas disciplinas y entre ellos estaban los representantes raciales en número adecuado como para dejar contentos a las significativas minorías de un país que se sabe racista. También las naciones que requerían apoyo geopolítico en la actual coyuntura tuvieron lo suyo, pero sin exagerar, como para que nadie pueda decir que…

Navalny (2022)

El caso más evidente fue el de Navalny de Daniel Roher, elegido como mejor documental, tal como se esperaba. Un trabajo valioso, que dejó atrás a La belleza y el dolor de Laura Poitras (ya vencedora anteriormente en 2014 con Citizen four, un retrato de Edward Snowden) y que venía con el antecedente importante de haber ganado el reciente León de Oro de Venecia. Pero no había que olvidar que Novolny es el principal disidente de Putin y su encarcelado más ilustre. Puede que la película se empine poco por sobre la eficiencia de un reportaje televisivo y utilice recursos de montaje bastante básicos, pero cumple plenamente su objetivo de colocar a quien la vea frente a la historia. Que subiera al escenario del Oscar la familia del detenido a acompañar al realizador, le debe haber cortado la digestión al gobernante ruso, que no supo ahorrarse el comentario descalificador. Sin duda fue el momento más político de la noche y uno esperado fervientemente, aunque fuera por razones extra cinematográficas. Algo que, por lo demás, es praxis habitual del premio más fotografiado del mundo.

Era seguro el triunfo de Sin novedad en el frente como Mejor Película Internacional, tercera versión del mismo relato de Erich Maria Remarque esta vez con producción de Netflix. La primera, dirigida por Lewis Milestone ganó el premio en 1930 y su protagonista, Lew Ayres, transformado en un convencido pacifista, se negó a combatir en la Segunda Guerra, comprometiendo así su carrera como actor.

Esta versión es, como el tema y la técnica actual lo requiere, espectacular y vibrante, sin embargo no añade mucho al pacifismo en boga en tiempos de guerra. Aunque está muy bien hecha en todos los aspectos formales (debidamente premiados) y posee momentos conmovedores, entre las derrotadas había auténticas joyas como Close de Lukas Dhont de Bélgica, país que ha sido postulado ocho veces sin ganar nunca. Relato rico en matices sobre la pubertad y la tragedia de la fragilidad masculina contemporánea, había ganado el Grand Prix en Cannes.

También Eo, del maestro polaco Jerzy Skolimowski, Premio del Jurado en Cannes, poseía la rara cualidad de lo poético en tiempos de aridez utilitaria. Irlanda estaba mejor representada que con Los espíritus de la isla por la más sutil y delicada La niña tranquila de Colm Bairéad. Finalmente la sueca El triángulo de la tristeza de Ruben Östlund, reciente vencedora de la Palma de Oro en Cannes, parecía estar en la lista para dar brillo intelectual al premio, pero está lejos de lo que el Oscar puede galardonar.  

¿Y qué es eso?

Evidentemente algo como Todo en todas partes al mismo tiempo. Si bien venció, es poco probable que lo hubiera conseguido antes de no actuar una serie de factores que facilitaron tal resultado: el tema de los inmigrantes, la moda científica, las adicciones digitales.

Sin novedad en el frente (2022)

Entre los postulantes había para elegir, quizás porque eran demasiados los títulos. Estaban incluidos, como ocurre desde hace algunos años, títulos populares, es decir los que han conocido el favor del público, cuyos méritos artesanales son evidentes, pero que resultarían imposibles de proponer en un festival de cine clase A: Avatar: el camino del agua; Top gun: Maverick y Elvis entran en esa categoría. Incluso Todo en todas partes al mismo tiempo. Por el contrario, Los espíritus de la isla; Ellas hablan; El triángulo de la tristeza; Los Fabelman y Sin novedad en el frente eran las obras serias, las que sí podían ganar. Pero la taquilla no los parecía acompañar, a excepción de Los Fabelman, dirigida por Spielberg, pero él ya había sido postulado el año pasado con su aplaudida versión de Amor sin barreras. Se descontaba que ahora saldría con las manos vacías y así fue.

Tár de Todd Field es una película demasiado refinada y compleja para la ocasión, a pesar de la oportunidad de su tema. O poco accesible para el público americano, como suele responder algún vocero de la Academia indicando uno de sus objetivos últimos como guardiana de lo que, supuestamente, su audiencia puede o no disfrutar. (Americano, claro, como sinónimo excluyente de residente en Estados Unidos).

Los espíritus de la isla de Martin McDonagh (Tres avisos por un crimen) apareció como posible ganadora hasta que unas semanas antes el Bafta, el premio británico, optó por Sin novedad en el frente. Aunque se trata de una película seria, es menor, con cuatro buenas actuaciones, pero dentro de unas claves estrictamente locales que convencieron poco a los votantes. Ni siquiera sus intérpretes lograron figurar.

Todo en todas partes al mismo tiempo (foto principal de este artículo), de la dupla de directores Daniel Kwan y Daniel Scheinert, trata -en apariencias- sobre los problemas de burocracia que sufre una familia de inmigrantes y cómo escapan de ellos imaginando mundos paralelos. Quien imagina todas esas fantasías, la fatigada protagonista, parece guardar en su fuero interno algún comentario sobre el sueño americano, pero que no alcanza un nivel de ironía que pueda sazonar siquiera el relato con contenidos de alguna especie. Un negocio rutinario, un marido blando, un padre inválido y una hija lesbiana requieren de su permanente fatiga para que conserven sus posiciones alcanzadas. Entonces, ella escapa hacia mundos en los que todo es excitante y con mucha, demasiada, acción. Lo mejor de la película está situado ahí, en las transiciones e imaginativas aventuras con las que la protagonista compensa su condición de moderna esclava urbana. No es extraño que haya ganado el Oscar al montaje. Pero la sospecha de conformismo reaccionario subyace a un relato que no sirve para denuncia ni elogio, ni diatriba ni compasión, ni toma de posición ni tampoco todo lo contrario. Más bien, como su título lo dice, se ubica en una nada muy cómoda, aideológica, apolítica, aemocional, quizás completamente alienada, pero sin tener conciencia de ello. Casi nada en cualquier parte y momento.

Los premios de actuación parece que requieren algo más que tener una convincente labor interpretativa, deben poseer un cuento propio que conmueva. Pocas veces eso fue tan evidente como en esta ocasión. Brendan Fraser, ganador por su rol en La ballena, hizo un muy buen trabajo, pero al lado tenía a Austin Butler cuyo Elvis es de los que no se olvidan y a Colin Farrell, que nunca estuvo mejor que en Los espíritus de la isla. Los otros dos postulantes, Paul Mescal y Bill Nighy, eran saludos a la bandera del Reino Unido. Pero Fraser había sido despreciado por la industria, sufrido abusos y nunca había tenido un rol así de exigente, por lo que su trabajo era una suerte de resurrección: ganó.

Algo similar ocurrió con Michelle Yeoh, con el agregado de ser la primera asiática en llegar a esa instancia y así le arrebató el premio a la espléndida Cate Blanchett de Tár (ya ganadora del Oscar en dos ocasiones anteriores) y a la notable Ana de Armas de Blonde, una de las películas menos amadas del año. Lo mismo vale para justificar los premios a los eficaces actores de reparto de la película ganadora. Jamie Lee Curtis y Ke Huy Quan también se vieron favorecidos por sus historias personales a la hora de ser elegidos, dejando en el camino a algunos competidores de importancia como Angela Bassett de Black Panther: Wakanda for ever, que aparecía como ganadora y  Barry Keoghan, muy convincente en Los espíritus de la isla.  

Nuestro bebé elefante (2023)

Los demás premios fueron repartidos con toda la corrección política que los tiempos aconsejan. Al feminismo: Sarah Polley, como adaptadora y guionista de Ellas hablan, una película que merecía algo más. Al ecologismo: Nuestro bebé elefante de la india Kartiki Gonsalves, mejor cortometraje documental y también el corto animado El niño, el topo, el zorro y el caballo de Charlie Mackesy. A la inclusividad: mejor animación a Pinocho de Guillermo del Toro (disponible en Netflix) y mejor corto dramático, Un adiós irlandés de Tom Berkeley y Ross White, que incluye un co-protagonista con síndrome de Down, debidamente celebrado sobre el escenario.

Finalmente ¿qué es lo que premia una industria? Lo útil; lo meritorio también, en cuanto sea útil… a la industria.

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