EL COLOR DE LA MEMORIA

Roma es un prodigio técnico, tal como lo fue la aventura espacial de Alfonso Cuarón en Gravedad, pero esto no pasaría de ser un artificio si las imágenes de Roma no tuvieran una poderosa carga emotiva ni un trasfondo histórico.

Bastante tiempo después del mareo de los Oscar que la rodeó, Roma surge como una película que resume algunas de las paradojas que más inquietan al cine en los tiempos actuales. Fue filmada en 65 mm pero, al ser distribuida por Netflix, muy pocos disfrutaron de ese formato. Es un artificio técnico, con un blanco y negro ultra estilizado y, a la vez, es un sutil ajuste de cuentas con los recuerdos de infancia del director.

¿Qué color tiene el pasado? ¿Cómo se filman los recuerdos de infancia? Esas preguntas recorren Roma, la más personal de las películas del cineasta mexicano Alfonso Cuarón. Después del éxito comercial de Gravedad (2013) –con Oscar al Mejor Director incluido– Cuarón volvió a filmar en su México natal con unas condiciones de producción impensadas para los parámetros de Hollywood.

El regreso creativo de Cuarón, casi veinte años después de Y tu mamá también (2001), supuso filmar una película hablada en castellano y en mixteco, una de las lenguas autóctonas que aún sobreviven en México. Cleo, la protagonista, fue interpretada por Yalitza Aparicio, una actriz desconocida, no profesional y de origen indígena, algo totalmente transgresor para los cánones del cine y la televisión mexicanos. Y, por último, es una película en blanco y negro, una decisión con fuertes implicancias estéticas y, también, éticas.

El estilizado blanco y negro de Roma, más que un recurso de fidelidad histórica, opera como un mecanismo del recuerdo. Ese México de inicios de la década del setenta es el México de la infancia de Cuarón, es el México de sus recuerdos. El de una familia de clase media alta, con cuatro hijos que vive en Roma, un barrio del Distrito Federal. Ante la presencia, o más bien ausencia del padre, es la madre, Sofía (Marina de Taviro), quien lleva las riendas de la casa, apoyada por el trabajo, prácticamente de sol a sombra, de Cleo, su empleada doméstica.

Cuarón siempre tuvo claro que la película sería en blanco y negro. Cuando Emmanuel Lubezki, su habitual director de fotografía –responsable de ese Londres distópico que cada vez se vuelve aterradoramente cercano en Children of men (2006) –, tuvo que bajarse del proyecto, fue el propio Cuarón quien decidió asumir ese rol.

No era algo nuevo para él, que en sus inicios se encargó de la fotografía de Hora marcada, una serie de terror producida por Televisa a fines de los 80 –en la que también participó Guillermo del Toro–, pero refuerza el carácter autoral de Roma, en la que Cuarón además aparece acreditado como autor del guion.

Cuarón ha dicho que quería que todos los encuadres de la película parecieran una fotografía de Ansel Adams. Que no quería un blanco y negro de película antigua, sino que un blanco y negro de hoy, mirando hacia el pasado. Para lograr ese efecto, la película fue filmada con una cámara digital Alexa de 65 mm, en color, para luego convertir las imágenes a blanco y negro. La postproducción se realizó junto a especialistas de la empresa Technicolor, en una larga tarea para encontrar los tonos de grises y ajustar los detalles de cada uno de los planos. Cerca del 97 por ciento de las tomas fueron retocadas digitalmente en esta etapa.

El resultado es un blanco y negro prístino, sin granos, de una belleza cautivadora para algunos, pero de una frialdad exasperante para otros. Si “el cine es por definición una máquina ilusionista”, como alguna vez escribió el crítico francés Pascal Bonitzer, Cuarón ha llevado las cosas al extremo. Y es cierto, Roma es un prodigio técnico, tal como lo fue la aventura espacial de Cuarón en Gravedad, pero esto no pasaría de ser un artificio si las imágenes de Roma no tuvieran una poderosa carga emotiva ni un trasfondo histórico.

Roma es un ejercicio de nostalgia, pero también es el homenaje de Cuarón a su propia Cleo, Liboria Rodríguez, a la que le dedica la película, y de paso, a todas esas mujeres que, desde el silencio y desde un discreto segundo plano, ocupan un rol fundamental en esas familias. Esas mujeres que limpian la mierda de los perros y que, al mismo tiempo, son la principal contención emocional de los niños de esas casas acomodadas.

No hay rabia en Cleo, ni cuestionamiento a su condición, como ocurría en la película chilena La nana (2009), de Sebastián Silva. Ni siquiera hay sumisión. Lo suyo es más parecido a la resignación frente al peso de una sociedad fuertemente jerarquizada. Porque Cleo, en el México de inicio de los años setenta, y quizás hoy, en cualquier país latinoamericano, tiene todas las de perder: es mujer, pobre y de origen indígena.

Pese a que la protagonista es Cleo, la mirada siempre es de Cuarón. El director no denuncia ni asume discursos, pero siempre empatiza con Cleo. Cuarón no la convierte en una heroína de Hollywood, pero la filma con admiración y respeto. Su rostro y sus rasgos indígenas, alejados de los cánones de belleza occidental, adquieren una dignidad única, similar a esos retratos de mujeres indígenas que la fotógrafa Tina Modotti registró en la década del veinte en México.

Roma, también,es una película de mujeres. La presencia de las figuras masculinas es casi fantasmal. Al padre, un médico que siempre está en el trabajo y ocupado, apenas lo vemos. Es una sombra que abandona a su esposa y a sus cuatros hijos. Lo mismo ocurre con Fermín, el novio de la protagonista, que se esfuma cuando se entera que Cleo está embarazada. La escena del parto, en que la guagua de Cleo nace muerta, es el retrato más preciso y desgarrador del lugar de Cleo en este mundo.

El formato de 65 mm hace que muchos planos luzcan como un gran fresco. Esos planos generales se suceden como un reflejo de las contradicciones de la sociedad mexicana, donde la opulencia de los ricos, representada en la fiesta de fin de año, choca con la precariedad de esas calles de tierra donde vive Fermín. O donde se cuela el vértigo de la historia, como en la secuencia de la violenta represión a los estudiantes, episodio que ocurrió en 1971 y que es recordado como la masacre de Corpus Christi o el Halconazo, en alusión a los halcones, paramilitares que el PRI –el partido que gobernó por décadas México– reclutaba entre personas de clases bajas, y que Cuarón personifica en Fermín.

Es inevitable ver en Roma una película espejo de Y tu mamá también. La fotografía ultra estilizada aparece como el opuesto de la suciedad y frescura que era parte del encanto de Y tu mamá también (2001). Pero en esta película también está el germen de Roma, cuando Libo, la Cleo de Cuarón en la vida real, tiene una breve aparición como la empleada doméstica del adolescente que interpreta Diego Luna.

El viaje a la playa, como en Y tu mamá también, es un momento liberador y de aprendizaje en Roma. En este caso, para Cleo y Sofía, quienes viajan junto a los niños a Tuxpan, en Veracruz. Es el momento en que Cleo, luego de rescatar a los niños de las olas, al fin explota y llora. Y en un boliche de playa, Sofía le cuenta a sus hijos que su papá no está de viaje, sino que se van a separar. En ese viaje, Cleo, encontrará algo parecido a la paz y se sellará una alianza entre estas mujeres. Solas, pero unidas. Como le dice Sofía a Cleo, una noche que llega borracha: “Estamos solas. No importa lo que te digan. Estamos siempre solas”.

Roma. 2018. Guion y dirección: Alfonso Cuarón. Ficción (Drama). Reparto: Yalitza Aparicio, Marina de Taviro, Marco Graf, Diego Cortina Autrey, Carlos Peralta, Daniela Demesa, Nancy García García,Verónica García, Latin Lover, Enoc Leaño, Clementina Guadarrama, Andy Cortés, Fernando Grediaga, Jorge Antonio Guerrero, . Coproducción México-Estados Unidos; Participant Media, Esperanto Filmoj. Distribuidora: Netflix. Filmoj.  Premios Oscar: Mejor Película de Habla no Inglesa, al Mejor Director y a la Mejor Fotografía.135 minutos. México.

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