Estrenada este año en el Festival Internacional de Cine de Berlín y en marzo en Chile, el filme nacional Matapanki sigue a Ricardo (Ramón Gálvez), un joven punk que, cuando va a una tocata con sus dos mejores amigos, encuentra en un rincón de un edificio a medio destruir, una botella de alcohol con un líquido de desconocida procedencia. Tras una redada policial, se separa de sus amigos, pero antes de escapar decide beber de la botella, la que lo deja inconsciente hasta el día siguiente, cuando descubre que el líquido le ha dado una fuerza descomunal.
A los amigos de Ricardo les cuesta creerle hasta que, inesperadamente, son confrontados por otros punks que se violentan sin ninguna provocación. Pero, él los salva a golpes. Unas escenas después, pelea contra dos carabineros que acosan a un vendedor callejero, y así mismo con un ladrón que asalta a una vecina. A este último lo persigue y, sin intención de hacerlo, le saca un brazo entero, hecho que conflictúa profundamente al protagonista al mismo tiempo que provoca risas a coro en la audiencia del filme.
Esta disonancia sigue cuando otro personaje con un marcado rol cómico, la Weli —María Luisa, interpretada por Rosa Peñaloza— una señora tierna y permisiva que fuma con los jóvenes y les ofrece alcohol. Cuando se desmaya, su nieto la lleva a un servicio de urgencias pero él se duerme esperando que la atiendan. Ella desaparece y le deja un mensaje en sueños despidiéndose, con claras alusiones al más allá, en una escena que pese a su tono emocional, no se aleja de la cadencia cómica que traían otras secuencias con ella. El tema de la desaparición es recurrente y es tomado con bastante seriedad por los personajes, pero entre muchos otros momentos de comedia explícita, como cuando el mejor amigo de Ricardo es raptado a plena luz del día por agentes estadounidenses y, en medio de su búsqueda, mientras otro personaje referencia a Dragon Ball extensivamente, de nuevo, provocando carcajadas. Toda la estética del filme juega con una base en blanco y negro y aplicaciones de color intenso.

Sin entrar en detalle, la trama de la película se origina en una conspiración creada, literalmente, por el presidente de Estados Unidos para que un joven punk chileno tome este trago mágico llamado Matapanki y mate al presidente de Chile para desestabilizar la nación. Ricardo decapita al presidente, también sin intención, lo que permite al presidente yankee justificar su intervencionismo en el país, y robar los poderes que solo podía obtener el joven punk. La trama lleva a un caricaturesco presidente de Estados Unidos y a Ricardo a transformarse en gigantes frente a La Moneda, y pelear al estilo japonés kaiju, todo siguiendo la progresión hacia el clímax común al género de superhéroes.
ENTRE UNA COSA Y LA OTRA
Aquí surge cierta incoherencia del discurso de la película, explícitamente anti Estados Unidos: su estructura y estilo narrativo, irónicamente, son muy estadounidenses. Aquí podemos citar a Teodoro Adorno y su idea del adormecimiento que produce la industria cultural; a Jean Baudrillard y su concepto del simulacro, o a los más contemporáneos Mark Fisher y Slavoj Žižek y sus reflexiones sobre la representación, cuando el cine fantasea con cambios radicales, canalizando ansiedades contemporáneas, imposibilitando la acción y el enfrentamiento a los problemas. Aquí tenemos un final, que después de una larga hora de comentarios antifascistas, anti policía, anti discurso de inseguridad, anti intervencionismo estadounidense, y otros de esta índole política, da la supuesta satisfacción de golpearle a una caricatura del poder político chileno y estadounidense.
Matapanki termina con un epílogo en el que, en la villa donde viven los personajes, se conmemoran, a modo de lucha revolucionaria, dos años de los sucesos que narra la película, con un gran lienzo que lamenta la pérdida del personaje principal y, de su desaparecida abuela María Luisa, cuyo cuerpo nunca es encontrado. Imágenes que resuenan con la historia del país, aparecen en el filme minutos después de que un presidente estadounidense gigante salga volando por los aires tras destruir la Torre Entel, en Santiago centro. Una disonancia absoluta, entre el mensaje y los efectos de la narrativa en las audiencias por lo insensible que resuena la ridiculez acentuada y cómica, que sí se logra y con éxito, con los temas que toca intencionadamente, de alta importancia dramática y cultural.

Estos mensajes cruzados son producto de las formas que toma la cultura estadounidense del entretenimiento, del espectáculo, mezclada con una sensibilidad local a la que también se quiere ensalzar, con el respectivo peso cultural de ambas narrativas y temáticas. Pero esto provoca una confusa mezcla de tonos, que confunde las emociones con cada risa o escena exagerada de acción puesta a un lado de un tema al que el mismo filme le da peso. Al mismo tiempo que da la satisfacción poscolonial de ver a un emperador occidental derrotado, se le intenta dar peso a la desaparición forzosa de una adulta mayor, chistosa incluso después de la muerte, trivializando el tema.
La mezcla entre lo inherentemente antisistema de lo punk y la narrativa de superhéroe resta más que suma. Es posible hacer un filme de superhéroes en Chile, y Mirageman (Ernesto Díaz, 2007) lo demostró; así como puedes hacer también un drama tragicómico sobre una juventud marginal o marginada cuyas experiencias conecten con el público: Taxi para tres (Orlando Lübbert, 2001) lo logró. Pero la unión de géneros debe ir acorde a los temas que se quieren tratar. Matapanki pide tratar su historia seriamente y al mismo tiempo que como broma, lo que provoca conduce a un filme entretenido y efectivo en su superficie, pero incómodo en su sustancia. PP
Matapanki. Dirección y guion: Diego “Mapache” Fuentes. Elenco: Ramón Gálvez, Diego Bravo, Antonia McCarthy, Rosa Peñaloza, Rodrigo Lisboa. Dirección de Fotografía: Vicente Correa. Montaje: Lleyton Monteverde. Sonido: Augusto Contin. Casa productora: Universidad del Desarrollo (UDD). Género: Acción, comedia, fantasía, Duración: 71 min. Chile, 2025.
