Paolo Sorrentino (Nápoles,1970) es de los grandes autores recientes del cine italiano. Su triunfo internacional con La gran belleza (2014) sería también el de una nueva generación de nietos del neorrealismo. Su modelo anterior fue Fellini, muy presente en las dos temporadas de su suntuosa serie televisiva El joven Papa (2016) y El nuevo Papa(2019), involuntarias anticipaciones del que sería el próximo cónclave vaticano. Después de eso no podía impunemente seguir por un derrotero ya muy traficado y optó por la autobiografía en la poética Fue la mano de Dios (2021). Pero de ahí seguiría una desorientación que parece haberlo hecho caer en el mal gusto a la moda decadentista de Parthenope (2024), que fue en casi todas partes recibida sin gracia.
La grazia lo encuentra enfrentado a una obra como las que Italia, aun en la estrechez económica, solía encargar a sus grandes artistas para crear la memoria colectiva de una nación en la cual cada individuo se ve reflejado, en sus virtudes y límites reconocibles (y asumibles) por todos. Esta película es, por definición, el retrato de un individuo que representa lo mejor de su país.
El encargo es para recordar la fecha de los ochenta años de instauración de la República Italiana. El personaje protagónico es el presidente de Italia, Mariano de Santis (Toni Servillo) que es prácticamente una fotocopia del actual jefe de Estado, Sergio Mattarella, en el cargo desde hace ya solitarios once años.
El casi operático comienzo (con los deberes asignados por la Constitución escritos contra el cielo, mientras pasan escuadrillas de aviones trazando los colores de la bandera nacional) es solo posible admirar en las manos seguras de cineastas italianos, poco dados al nacionalismo patriotero, pero que saben de solemnidades, formas grandiosas y efectivas. Digna de recordar, por comparación, la ejemplar secuencia de la arenga inicial de Patton(Franklin Schaffner, 1970) en la que el gran George C. Scott en el rol protagónico, da un discurso que es casi una apología del fascismo, al cual el general irá a combatir. Pero, en este caso, la insidia de la caricatura está cerca de asomarse, lo que no ocurrirá con el imperturbable Mariano de Santis.

El relato comienza con la cotidiana trasgresión del Presidente: un cigarrillo durante su paseo por los altos del Quirinal, enorme y majestuoso palacio romano, que antes fuera la residencia de los reyes y antes todavía de los papas. Su hija sabe que ha fumado y se lo tiene prohibido.
Son los últimos meses de su mandato y de Santis goza de mucho respeto por su probada experiencia de jurista y de equilibrado sentido del deber. Debe resolver tres cosas: dos indultos a asesinos de ya larga condena y la ley de eutanasia, lo que no puede enfrentar serenamente. Especialmente porque él mismo se ve reflejado en los tres casos: está obsesionado por los celos (su esposa fallecida le confesó haberlo engañado) y, claro, fuma a escondidas, lo que es una forma de suicidio. Cuando Elvis, anciano caballo de uno de los coraceros de palacio entra en agonía, su entorno pide un tiro de gracia, pero el Presidente se opone. Pretende que Elvis se la pida… pero ¿cómo saber si lo desea realmente?
“¿DE QUIÉN SON NUESTROS DÍAS?”
Rica en diálogos interesantes, en encrucijadas éticas, en tiempos pausados, La graziaestá lejos de ser una triunfalista glorificación institucional o nacional a pedido de las mayorías populares. Es un relato de cámara (en el sentido musical) ubicado en una escenografía histórica, enorme y muy significativa. La inteligencia del guion, la contenida actuación de Toni Servillo (Copa Volpi al mejor actor en el Festival de Venecia) y del resto del reparto, más las bondades de fotografía y música, hacen de la película un muy apropiado monumento cinematográfico para una fecha histórica carente de complacencia y de un sutil humor que no traspasa la línea que se ha trazado desde el comienzo.
A ratos parece una suerte de contrapunto a la celebrada serie británica The crown, pero no es una referencia que parezca posible de sostener por una celebración de la institucionalidad democrática italiana. Además, la racionalidad concentrada, seria y densa del jurista podría fácilmente ser motivo de burla por un cineasta proveniente de una generación que se nutrió de una desconfianza de lo racional y científico y especialmente del poder político. Pero esto no significa negar el pasado, ni romper con tradiciones, modos y referentes formales, locales, nacionales, continentales y ancestrales. A ratos pareciera que Ciudadano Kane y sus espacios magníficos y techados fueran el referente inmediato de la idea del poder social y económico… “y ético”, podría agregar el presidente de Santis.

Pero ni la bien concertada sinfonía de virtudes estéticas logra escapar a la tiranía del tiempo. Como puede verse, por ejemplo, en la inclusión del rap, cuyo interés por parte del Presidente no devela gran cosa; en los alargues de ciertas escenas (la de los alpinos y la conversación con los hijos, que abunda en explicaciones y buenos sentimientos); además de otros momentos, como la reiteración de los vestidos colgados de la ausente Aurora, que su viudo revisa casi con cierto fetichismo.
En cambio, eficaz y misteriosa es la pintoresca conversación con el Papa (negro, de trencitas canosas y conductor de una motoneta), que lo pone en una encrucijada frente a la decisión que debe tomar.
La pesadez de la búsqueda de la verdad y la levedad de la gracia y la duda terminan imponiéndose.
Oportuna, declaradamente democrática en su opción política, monumental y serena, casi silenciosa, pero difícilmente olvidable, La grazia es una película que requiere tiempo de digestión y su efecto va creciendo dentro de la memoria sensible. Si no fuera por alguna longitud innecesaria sería una óptima ilustración de cómo hacer una clase de ética para los estudiantes, tan necesitados de estímulos reflexivos y al mismo tiempo seductores.
La Grazia. Dirección y guion: Paolo Sorrentino. Reparto: Toni Servillo, Anna Ferzetti, Orlando Cinque, Milvia Marigliano, Rufin Doh Zeyenouin; Fotografía: Daria D’Antonio. Montaje: Cristiano Travaglioli. Casas productoras: Fremantle, The Apartment, Número 10, Piper Film. Duración: 133 min. Italia, 2025.
