Sin duda es La Odisea uno de los monumentos fundantes de la literatura occidental. No solo por las virtudes del texto sino que también por la densidad simbólica que contiene su historia. Puede que no haya más argumentos que los contenidos en los dos poemas épicos de Homero, como lo pensaba Borges. Pero, gracias a una orquestada campaña en contra del filme, el público masivo se ha volcado a discutir, sin ver incluso el filme, sobre las supuestas provocaciones que la nueva versión haría, o hizo, sobre el texto clásico de Homero. Que a fin de cuentas será el gran ganador de todas estas polémicas.
Significativo es el hecho que la primera versión cinematográfica importante del poema sea la del italiano Mario Camerini (1895-1981) con generosa producción de los productores Ponti y de Laurentiis, y gran éxito internacional por la presencia de Kirk Douglas en el rol de Ulises y de Silvana Mangano como la fiel Penélope y la seductora Circe. Se estrenó en 1954, es decir menos de una década después de que todos sus realizadores e intérpretes hubieran vivido las desgracias de la Segunda Guerra. En ese momento, se la leyó como una recuperación de la esperanza y de los valores patrios y familiares de la memoria europea. Posteriormente hubo otras versiones de variados méritos. Ninguna tan interesante como las derivadas del tema, pero no asumidas deudoras de su poema (2001: Odisea del espacio, Kill Bill, La mirada de Ulises, entre varias otras)
Es el caso de Christopher Nolan, un británico de indudable talento y sentido de lo grandioso, que tiene un hermano, Jonathan, guionista de mucho mérito, autor del guion de Memento (2000), con la que los hermanos alcanzaron fama y fortuna. Inconcientemente (poco) o concientemente, pero disimulándolo con creatividad, repitieron la fórmula con éxito variable (El origen, Interestelar y Dunquerque). Y, claro, Oppenheimer, que le significó la consagración definitiva y que anunciaba esta Odisea, en la que se habla del colapso de la civilización y de la inutilidad de la guerra.
Si la versión de Camerini buscaba huir hacia la ensoñación idealista de un pasado que nunca fue de ese modo, aparentemente la versión Nolan alude y elude convenientemente aquello, con los modales ideológicamente aceptables para los espectadores mayoritarios.

Los puristas gritarán contra la banalidad y los ideologizados acusarán una transacción barata, por el pretexto de usar grandes monumentos culturales.
Cada bando tendrá leña para mantener sus hogueras.
Una vez calmadas las pasiones, puede que se distingan algunos contornos nítidos de la gigantesca operación.
La primera es que la pantalla no se ha ensuciado de efectos digitales, ni de horrores bélicos más explícitos de los que uno espera en estos casos. También que está presente la mayoría de los episodios tópicos de la aventura de Odiseo en su regreso triunfal a casa, después del ingenio famoso del caballo (nunca se habrá visto uno más barroco que este, semienterrado en la arena y que recuerda el final de El planeta de los simios uno de esos filmes que se ha alimentado con ingenio del poema homérico).
Es cierto que se podrá extrañar a Nausicaa y los remeros feacios, es cierto que la Calipso de expresión inescrutable tiene la apariencia (y la función) de una terapeuta y que parece concordar con Dante Alighieri quien reconoció en el personaje de Odiseo al hombre libre de certidumbres y prejuicios, que busca entender mejor el mundo y sus desvíos. Y ahí recién está preparado para encarar a sus rivales invasores de su hogar, con la ayuda del hijo ya digno del cargo de rey.
Si bien las panorámicas, a lo que la pantalla Imax se presta estupendamente, no se mezquinan y tienen siempre algo grandioso que enseñar, a menudo la mirada omnisciente contrasta forzadamente con los flashes mentales de la memoria fluctuante del protagonista, quien más que buscar la dirección de regreso a Ítaca, está en una operación de iluminación que le permita enfrentarse sin vergüenza a sus seres queridos.

Y es que no se puede tomar distancias y libertades a discreción con un relato de casi tres mil años, que ha logrado vencer todas las lecturas posibles y cambios de dirección de los vientos ideológicos entre Occidente y Oriente. Hay muchos estudios del siglo XIX que intentaron dar razón sobre la verdadera personalidad de Homero (perfectamente pudo no existir el poeta, pudo ser sólo un rapsoda que dictó una versión recibida de memoria) y se intentó demostrar que su conocimiento de la sicología femenina era solo explicable por haber sido una mujer.
BALANCE GENERAL
Pero volvamos a la película y sus casi tres horas de duración, miles de extras y ambiciones de alcanzar lo sublime.
Difícilmente Damon puede ser un vehículo para ello, con su expresión perpleja y su cuidado en desgranar diálogos, algunos de fina sutileza, cuyo sentido último se le puede escapar. No es para nada un mal actor, pero no es uno épico, no posee ese raro carisma, se esmera y ha trabajado duro y se le notan sus fatigas: las del actor, no las del personaje.
Holland resulta mejor en sus dudas y vacíos. Pero los mejores personajes son, obviamente las mujeres. La Penélope de Anne Hathaway, acosada por todos y nunca indigna del rol asumido: distante y vulnerable de reina y esposa, además de madre. Pero quizás la mejor sea la breve aparición de la maga Circe (Samantha Morton) que es capaz por sí sola de crear más inquietud, realista y visceral incluso, que el gigantesco Polifemo, que poco se distancia del troll de Harry Potter, perocon menos efecto y ningún afecto por aquel patético hijo de Poseidón.
La visualidad está bien dispuesta, como era de esperarse. Con Rembrandt y Caravaggio como modelos.
El diseño general, la música (Göransson de nuevo) posee momentos de gran lucimiento y abrevian la duración reiterada por las explicaciones de la guerra de Troya y por la voluntad fragmentada del relato, no siempre precisa en dar los antecedentes de la historia. Nolan ha tenido más de algún problema de longitud en sus películas y no es algo que cargue con culpa.
La estridencia visual y sonora de sablazos y golpes de la época del bronce, no están muy mitigados, pero forma parte de las convenciones de un género en que lo físico es primordial. Quizás si ello pese demasiado en el balance general y la mayoría del público aprecie tales contundencias como méritos, dejando de lado algunas bellezas alusivas a los tiempos actuales, a la crisis climática, al conocimiento de sí mismos.
El episodio de las sirenas, que pudo ser sugerencia de una revelación, se abre y cierra sin aparente consecuencia. La creación de expectativas puede ser peor que su contrario. Nolan arriesga mucho con ello, pero al menos es imposible que lo ignoremos. No todo brilla y a veces confunde (Helena y Clitemnestra aquí son gemelas), otras reitera, pero su material es de calidad y da para sumar el final a los de varios otros títulos recientes, en que la idealización corre en paralelo a una profecía perturbadora.
Mucho más de lo esperable de un péplum. La polémica está servida. PP
La Odisea. Adaptación y dirección: Christopher Nolan. Elenco: Matt Damon, Anne Hathaway, Tom Holland, Zendaya, Charlize Theron, Robert Pattison, Lupita Nyong’o, John Leguizamo, Samantha Morton. Fotografía: Hoyte van Hoytema. Música: Ludwig Göransson. Vestuario: Ellen Mirojnick. Casas productoras: Syncopy production, Universal Pictures. Duración: 172 min. EE.UU., 2026.
