UN TANGO EXTRAÑO Y NOSTALGICO

Hacer arqueología fílmica, a partir de un hallazgo casi milagroso, reconstruir y crear son tareas mayores. Son las que asumió el equipo liderado por la realizadora Valeria Sarmiento, la actriz y productora Chamila Rodríguez y el montajista Galut Alarcón tras ser encontrados los rollos de El tango del viudo (1967), mítico y perdido primer largometraje de Raúl Ruiz.

Todo lo que puede decirse sobre el minucioso trabajo realizado, pienso, ya está dicho. No es tampoco la primera vez que este equipo se aboca a ello: lo hicieron con La telenovela errante, en 2017.

Me centraré, entonces, en los resultados del filme mismo, cuya versión 2020 se llama El tango del viudo y su espejo deformante. A mi juicio, las secuencias encontradas son el segundo peldaño en la construcción del alfabeto de Ruiz, cuyo conocimiento servirá para comprender muchas de sus creaciones posteriores, sobre todo las de ambos períodos chilenos.

Compuso Ruiz un filme extraño, lleno de aparentes símbolos, metalenguajes y/o sinsentidos. En una casa precaria, un hombre, prácticamente solitario, se desvela acosado por sus culpas y emociones, despertado por un fantasma que lo acaricia, lo bromea y asusta. Le siguen los pasos, acompañándolo desde una suerte de misteriosa cofradía, un sobrino, un amigo y su esposa, una viuda.

Nada es explicado, todo resulta un poco incoherente pero permanece, por detrás de esas imágenes -así como el bajo continuo en la música- esa línea de fondo que es un pasaje a lo no cotidiano, a lo que se puede ocultar detrás, o más allá, de las cosas comunes y corrientes. Una sombra puede ser una pista que aclare el contenido. Una conversación en un bar, por el contrario, puede oscurecer más la trama.

Ese alfabeto ruiciano mencionado, que el realizador había empezado a deletrear ya en La maleta (cortometraje de 1963) incluye bares y boliches de mala muerte, desdoblamientos, esquizofrenias, fantasmas, misterios, sombras, complicidades de la amistad. Más que al amor, la letra A en este caso, al igual que en Tres tristes tigres, remite a la amistad, valor que en sus filmes resulta muchas veces destacado.

Esta ubicación de Ruiz desde el interregno entre objeto y objeto, como le llamaba Julio Cortazar, permite asomarse a la otredad más absoluta. A Lo Otro.  Si ya esto quedaba instalado por el hecho de ubicar lo inquietante o maravilloso en escenarios habituales y que remiten a lo real más concreto (casas, bares, calles), las “marcas” que al respecto va dejado en el territorio del filme se acrecientan en la versión definitiva del “tango”, debido al deliberado uso de la imagen en retroceso. Las escenas adquieren otro tono, aún más onírico o mágico y aparecen aspectos quizá no vistos en la primera lectura con la imagen corriendo hacia delante. Una acertada decisión para sacar más partido al material encontrado, convirtiendo una ruina, un monumento –en el sentido en que lo define Foucault en Las palabras y las cosas– en una obra presente.

El giro actual, al remarcar las imágenes con su repetición,  está constantemente remitiéndonos al pasado cercano pero ido, de una ciudad. Los habitantes de Santiago de Chile, con suficiente edad como para recordar los años 60, encontrarán una nostalgia subyacente en la repetición de las imágenes, la misma que quizá habita al protagonista y que se demuestra en las secuencias relativas a las fotos de su juventud perdida. El blanco y negro no traicionado ayuda a ahondar esta sensación que, pienso, se traslada a cualquier espectador, de todas las edades. La repetición permite valorar la fotografía del argentino Diego Bonacina (1943-1998), que pese a haber empleado solo una cámara 16 mm, consiguió un interesante juego de encuadres, luces y sombras, sacando partido a las locaciones escogidas, haciendo honor al destacado lugar que tuvo en el llamado Nuevo Cine Chileno, de finales de los 60 y primeros 70.

Un elemento agregado a esta versión siglo XXI, pero que es también continuidad con la obra de Ruiz desde las tempranas La Maleta y Realismo Socialista en adelante, es la música de Jorge Arriagada, con quien el realizador se reencontró en el exilio francés, retomando la sociedad artística en 1977, con la creación de la banda musical del cortometraje Coloquio de perros. Arriagada usa un instrumento de sonoridad especial e inquietante, el Theremin, que proporciona a las imágenes una categoría de ultratumba o, cuando menos, de “lo desconocido”.

Mención aparte es el grupo de actores y actrices. Cercanos al mundo ruiciano de entonces, permite al espectador reencontrarse con Luis Alarcón, Delfina Guzmán y Shenda Román, o descubrir a Rubén Sotoconil, un brillante actor a quien el golpe alejó de los escenarios (1916-2002); Luis Viches (1945-2015), un popular joven actor de televisión, luego dedicado al periodismo; y Claudia Paz (1919-2015), actriz de teatro, cine y sobre todo televisión. La perfomace actoral requerida a cada uno dista mucho de lo convencional, todos cumplen a cabalidad sus roles, acentuando el ambiente de misterio que rodea la escasa trama. Falta mencionar a Alonso Venegas, quien encarna a un curioso personaje que aparece en una brevísima escena y que ha sido considerado como El Diablo. Acertadamente, una variante de su cara es el motivo central del afiche de 2020. 

Un filme poco habitual, por su contenido y génesis, que ha sido poco exhibido. Una muestra más de las obsesiones de Ruiz, que se paseaba –y pasea, según sus amigos que dicen verlo recorrer ciertos lugares de Providencia- entre los mundos y en el cine mismo, como Pedro por su casa.

El tango del viudo y su espejo deformante. 1967-2020. Dirección: Raúl Ruiz-Valeria Sarmiento. Productora: Poetastros. Ficción. 16 mm / Digital. Blanco & negro. 70 minutos. Chile.

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