Park Chan-Wook (Seul, 1963) es uno de los más originales e intensos autores del cine coreano actual. Ha sumado éxitos por su capacidad de apropiarse de materiales narrativos occidentales, plástica oriental y una soberbia capacidad de crear caracteres excesivos, pero modulados por actores realmente notables y por historias deudoras de una cierta tradición, pero compuestas con originalidad obsesiva.
Debutó con el siglo con Zona de riesgo, una tensa aventura en la frontera de las dos Coreas, que le significó el mayor éxito comercial de su país. Alcanzó fama internacional con su trilogía: Simpatía por el señor Venganza, Old boy y Lady Vendetta. Siguieron Pietá, La doncella y La decisión de partir. Varios de sus motivos narrativos vuelven y vuelven en sus títulos: el encierro, la familia, la venganza, violencia y codicia. Ninguna de sus historias parece sometida a un plan adivinable desde el comienzo. Los giros insólitos, cambios de tono, el deseo como tiranía y el mundo moderno con su iconografía empapada de kitsch. Podrían esas ser las señales reiteradas de su mundo narrativo.
La fama que precede a los talentos reconocidos suele crear inevitables expectativas. En La única opción están todos esos ingredientes pero, por causa de la novela estadounidense en que se inspira (The ax, de Donald Westlake, conocido autor de novelas y guiones policiales, incluyendo una versión anterior filmada por Costa-Gavras en 2005), se ve obligado a agregar un elemento que no se le da bien: el humor.
UN PADRE AMOROSO DISPUESTO A TODO
Despedido de una fábrica de papel después de ejercer un oficio por 25 años, el protagonista, amante padre de familia y esposo, se ve enfrentado a un cambio que no logra revertir. En una sociedad capitalizada hasta su máximo límite (como la que describió mordazmente la célebre Parásitos de Wong Joon-Ho), el individuo vale por lo que es capaz de financiar. La desesperación por no perder su estilo de vida lo lleva a intentar estrategias de engaños varios, trucos sucios y finalmente, casi por descuido, una serie de crímenes para neutralizar sus posibles competidores.
Sabiendo el origen de la novela y el oficio de su autor, es posible reconocer en los pliegues del relato otros personajes similares, como el famoso Ripley de Patricia Highsmith o el detective Parker de varias de las novelas y guiones en los que Westlake intervino. Ninguno de ellos alcanzó la suprema y penetrante agudeza de sus no confesados modelos: el desencantado Monsieur Verdoux (1947) de Chaplin, para el primero, cuyos crímenes se eludían con británica flema, pero aludían a los de la recién concluida Segunda Guerra. El segundo, posee esa misma formal distancia y modales perfectos: Louis (Dennis Price) el protagonista de una de las mayores comedias negras del cine, Ocho sentencias de muerte (1949) de Robert Hamer, en la que el hijo de una noble británica desheredada por casarse con un tenor italiano, debe reducir los postulantes al título de duque para colocarse como heredero legítimo. Famoso es el hecho de que los ocho familiares que se le interponen fueron interpretados por el genial actor Alec Guinness.

Acá el protagonista es interpretado por Lee Byung Hun (El juego del calamar), también un actor de ductibilidad muy apropiada para el rol, y que logra dar vida a un personaje que a ratos es casi una alegoría estadística. Puede ser un inepto y al mismo tiempo un desalmado asesino que no deja de ser el padre amoroso que anhela dar a su hija el cello que necesita para alcanzar la perfección de sus posibilidades como niña prodigio del instrumento.
Como en las obras anteriores de Park, la anécdota funciona en la medida en que el delirio y la codicia se turnan para guiar a los personajes por el derrotero de la autodestrucción. Que tal motivo pueda ser algo más que una expresión de neurosis individual o el síntoma de una sociedad enajenada, dependerá de la profundidad de mirada del cineasta, que antes o después suele presentar a alguien cavando un hoyo en la tierra para hundirse en él, después de varias víctimas sacrificadas en el proceso. Todo esto algo está diciendo sobre las preocupaciones de Park sobre el futuro.

BELLEZA QUE ALEJA DE LA REFLEXION
El problema mayor de La única opción es que dura más que las novedades que contiene y para amenizar requiere de unas dosis de humor negro que no se dan fácilmente a todos los narradores. Hitchcock y Buñuel eran maestros en este sentido, podían asesinar niños con divertida maldad, pero Park ha ido demasiado lejos en sus violencias como para dosificar ahora el tono y descubrir algo nuevo bajo las crueldades del capitalismo industrial. Park enfrenta una transición estilística fina, que va del barroco al rococó. Si el primero admite bien la angustia, el segundo ya está vaciado de médula y de hallazgos significativos. Ejerce sus efectos sobre la decorativa belleza formal de la fotografía, las citas culturales (musicales y plásticas) y el virtuosismo rítmico de algunas escenas, que encuentra en el reparto el instrumento afinado y preciso para darles vida.
La sensación de lo repetido pesa sobre la resolución de una trama que se ha vuelto improbable y agotada en sus posibilidades. Resta la ensoñación y el cúmulo de materiales visuales y narrativos que poco aportan a la reflexión o a la exploración de unas formas encrespadas y replegadas sobre sí mismas. Quizás esa sea la verdadera razón de ser de la película: recordar lo que ya es evidente.
¿Será esa la única opción?
La única opción. Dirección: Park Chan-Wook. Guion: Park Chan-Wook, Don MacKellar, Lee Kyoung-mi, Lee Ja-hye. Basada en la novela The ax, de Donald Westlake. Reparto: Lee Byung Hun, Son Ye-jin, Park Hee-soon. Fotografía: Kim Woo-hyung, Música: Jo Yeong- wook. Casas productoras: Moho Films y CJ Entertaiment. Thriller, comedia, drama. Duración: 139 min. Corea del Sur, 2025.
