CINE PARA CELEBRAR Y CONOCER A LOS PUEBLOS ORIGINARIOS

Que el reconocimiento de los pueblos originarios sea una “moda política” pasajera es un peligro que hay que sortear. Las imágenes son la mejor estrategia para contrarrestar las amenazas de lo transitorio. A través de ellas hemos marcado nuestro tránsito por la belleza del planeta y las hemos transmitido para conservar memoria de nuestra experiencia física y espiritual.

No debiera resultar extraño, entonces, que el cine posea una universalidad que le tomó muy pocos años alcanzar: las imágenes en movimiento están inscritas en nuestro ADN. Por eso es que el planeta entero vive consumiendo y produciendo cine como una forma de testimoniar la propia identidad de su ser en el mundo. Si no estamos en las películas seremos rápidamente olvidados y es por eso que este ejercicio tecnológico de la memoria es tan trasversal, variado y abundante. Filmar o grabar es envasar un presente para el futuro, que no será tal sin buenas conservas de memoria que nos orienten hacia él.

Nada de sorprendente entonces es el hecho que el siglo XXI ha visto crecer con evidencia la cantidad de películas realizadas por las culturas originarias de medio planeta, como reivindicación de una identidad que el imperialismo europeo intentó neutralizar o alinear a sus intereses hegemónicos. En América Latina es donde más se evidencia esto por ser, en casi todos los casos, un continente de mestizos en cuyos países coexisten formas culturales paralelas, siempre unas sometidas a otras, como una reiteración permanente de la conquista.

La importancia, más bien urgencia, de visibilizar las minorías, que tantas veces son en realidad mayorías invisibles, es uno de los fenómenos más comunes en la actualidad de nuestros países de Norte, Centro y Sudamérica. Muchas obras tienen como objetivo el incorporar al imaginario colectivo de nuestras sociedades las culturas originarias,  cuya importancia en la definición de las personalidades nacionales ya no puede ignorarse por más tiempo.

También el tema ecológico, frecuentemente puesto en directo conflicto con la economía global, tiene abundante presencia en estas obras. Lógica consecuencia de culturas íntimamente ligadas al mundo natural, aún preponderante en nuestro continente. Si bien en la mayoría de los casos la temática privilegia la visión de un mundo tradicional y filmado en modo tradicional, resulta sorprendente la actualidad transversal de sus contenidos y sus alcances universales.

La lluvia (Perú)

Cine ab origen, es decir imagen de lo radical, de lo étnico, de una geografía humana en cuyos actos se percibe el gesto primordial de una memoria no escrita ni archivada, sino que viva en una suerte de visión paralela del mundo moderno. Tal vez por eso debiera reclamar nuestra sincera atención de urgencia: el mundo está cambiando y cambiará más, los indígenas lo saben antes que nosotros y tal vez, dada su condición de sobrevivientes de la traumática conquista de la que somos resultado,  tengan una mejor respuesta que los organismos internacionales preocupados muy racional y técnicamente del asunto.

LA IMAGEN RADICADA

Los pueblos originarios son la presencia viva de una historia a menudo negada por la oficialidad del poder de turno. Cuando las cosas cambian de turno, se vuelven lo contrario. En tiempos recientes, Bolivia ha vivido este proceso gracias a la presencia reiterada de un aimara en el poder. Pero de mucho antes, el cineasta Jorge Sanjinés (1936), grande del cine continental, había dado la imagen de su pueblo en la pantalla internacional. Su ejemplo no es el único en el continente y la Muestra de Cine+Video Indígena, realizada en Chile y que ya va en su versión número 16, tiene entre sus objetivos hacernos ver lo que este cine tiene para mostrar de unas formas culturales que, desde hace mucho, si no desde siempre, han advertido sobre los peligros inminentes para territorios y comunidades ubicadas en regiones deseadas por sus materias primas.

Fue necesaria la conciencia global de la crisis ecológica para que volviéramos la mirada hacia las culturas originarias y sus representantes, los que sabían más de equilibrios macro sociales y eco sistemas que los modelos que han sido aplicadas por nuestros ordenamientos político-económicos. En tiempos de crisis energética, insatisfacciones espirituales y escepticismos varios, los pueblos originarios parecieran tener soluciones mudas y evidentes, que no necesitan informes escritos para transmitirse, ni énfasis programáticos para imponerse. Las imágenes, antiguas compañeras de la comunicación, pueden constituir las privilegiadas depositarias de un saber arcano y salvífico. Y todo indica que esa es la tendencia cuando es ya fácil comprobar numéricamente el evidente aumento del cine realizado por indígenas.

No debiera ser un fenómeno tan raro si consideramos la importancia que en todo grupo humano tienen las formas de la representación. Aun más esencial se vuelve el problema si la imagen del propio grupo se ve amenazada por la imposición de la cultura dominante. Pero el cine nació con vocación democrática. Bastaría eso para comprender el fenómeno continental del aumento productivo audiovisual, el que es en todo concordante con lo que sucede en otras latitudes.

EL CINE INDÍGENA

En Chile la presencia del tema indígena en el cine tiene más de cien años, desde Agonía de Arauco (1917), melodrama de Gabriela Bussenius, la primera de nuestras cineastas. Eso no significó que el tema fuera permanente en el cine nacional, pero algo indica sobre la importancia que le adjudicamos a nuestra génesis mestiza, aunque tendamos concientemente a pensar lo contrario. Nada raro por lo demás en un país joven, en crecimiento, con apreciables manifestaciones de desigual desarrollo y evidentes intentos de creatividad de buena cepa.

El resurgimiento de los valores locales, la porfía de los afectos comunitarios, la preocupación expresiva por el cultivo de las lenguas nativas, la estética étnica (que ha llevado a que las grandes casas de moda deban pagar derechos por uso de ciertos motivos plásticos) y la mayor atención prestada a formas culturales tradicionales, han hecho de muchas minorías una suma amplísima de visiones de mundo, que sólo pueden enriquecer el cruce de las experiencias humanas.

Si bien el concepto de cine indígena podría referirse solo a la temática, ya que no existe tal cosa como una sintaxis cinematográfica específica de una cultura, hoy el concepto desea ampliarse también al cine realizado por personas pertenecientes a los pueblos originarios. Si consideramos al lenguaje cinematográfico como un punto de encuentro de todas las culturas e idiomas, como una anti-Babel, es comprensible que dichos pueblos encuentren fácil comunicarse mediante el más universal de los mecanismos expresivos creados por el hombre.

Las historias reiteradas de reivindicaciones pueden resumir la relación primaria que presentan los pueblos originarios con la moderna tecnología audiovisual. Pero, obviamente, no es la única. También existen aquellos que están auténticamente interesados en servirse de ella en forma permanente y trascender el utilitarismo que tradicionalmente se le asigna a los medios tecnológicos occidentales. Y así tenemos hoy un fenómeno inédito: el del gran desarrollo del cine indígena con voluntad expresiva, categoría que ya se está abriendo espacios en los festivales internacionales más importantes.

Meli (Chile)

Lo interesante se ha mostrado en la capacidad de este cine de abrirse espacio en medio de un panorama que sigue fervorosamente cultivando la hegemonía en todos los campos. Un ejemplo lo da el largometraje Lunana, un yak en la sala de clases del cineasta Pawo Choyning Dorji, un desconocido realizador de la desconocida cinematografía del reino himalayo de Bhutan. El relato de un joven profesor que sueña con emigrar a Australia para interpretar música occidental, pero que debe cumplir con un servicio obligatorio en un remoto pueblo de pastores en las montañas. Inmersión en un mundo de formas culturales atávicas y locales, pero que ha obtenido un nada despreciable éxito internacional, llegando a alcanzar la siempre codiciada candidatura al Oscar al mejor filme internacional en su última edición.

LA MUESTRA

La 16° Muestra de Cine+Video Indígena, inaugurada en coincidencia con el Día Internacional de los Pueblos Indígenas, fecha convocada por la Unesco los 9 de agosto, entidad que patrocina además la muestra, que encuentra su natural sede en el Museo de Arte Precolombino, una de las mayores galas con que cuenta el  país. Difícil encontrar un lugar más adecuado que la del bello espacio capitalino dedicado a las culturas americanas.

En esta ocasión han sido seleccionadas más de 60 películas -largometrajes y cortos- de realizadores indígenas y no indígenas provenientes de de pueblos, naciones o comunidades ubicadas en Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, EEUU, Honduras, Perú, Panamá y México y representan a los pueblos aonek’enk, aymara, bora-muinane, chango, cofán, diaguita, embera, gavião, guaraní, kayapó, lenca, mapuche, metuktire, muinane, muzgo, nahua, náhuatl, nasa, navajo, p’urhépecha, quechua, sarayaku, shipibo conibo, siekopai, tikmu’un/maxakali, tlapaneco, tohono o’odham, totonaco, yagan, yanomami y yoeme.

La muestra, con proyecciones gratuitas, recorrerá 26 lugares entre Arica y Puerto Williams en Chile y será proyectada en cinco países latinoamericanos: México, Ecuador, Colombia, Perú y Bolivia. Se trata de una variada y escogida visión de posibilidades (largometrajes, cortos, documentales, ficciones y animación) para reconocernos en este mundo, o para abrirse al territorio desconocido que tenemos al lado.

Entre tantos otros posibles, destacamos los siguientes siete títulos.

CAM, liberar una nación, Chile, 92 min. de Edgard Wang, pueblo mapuche, 2021.

Un viaje decididamente militante al interior de la Coordinadora Arauco Malleco (CAM), organización mapuche chilena, en los márgenes de la clandestinidad, que marcó un quiebre en la política nacional tras la quema de tres camiones en 1997. Mediante las voces de algunos de sus protagonistas, somos testigos de su proyecto de liberación nacional, que pugna contra un territorio controlado por la industria forestal, cuyos objetivos obviamente no pasan por el respeto al paisaje y a las culturas que de ahí provienen. Difícil encontrar un tema conflictivo que mejor resuma las tensiones de la sociedad chilena actual.

La industria del fuego, Ecuador, 23 min., de Jimmy Piaguaje, pueblo siekopai, 2019.

Jimmy y Ribaldo, jóvenes cineastas del pueblo indígena amazónico siekopai, viajan a la Chiquitanía boliviana para investigar lo que hay detrás de los incendios que afectan a la región Amazónica. Lejos de cualquier cobertura mediática, buscaron documentar historias de primera mano para entender cómo los pueblos indígenas afrontan la creciente amenaza que se cierne sobre sus vidas. Una variante sobre el tema anterior y que recuerda que la conquista de las fuerzas de Occidente no ha terminado: más bien continúa por otros medios y con un mismo motor y objetivo, la codicia.

La lluvia, Perú, 14 min., de Miguel Huamán, Christian Victorino y Jesús Prohaño, 2019.

La naturaleza amazónica es una compleja dinámica compuesta por animales, plantas, comunidades nativas y el ciclo del agua como elemento vital, que perpetúa su existencia. Ellos han coexistido a lo largo de innumerables generaciones en perfecta armonía. La llegada de personas extranjeras, que desconocen los ciclos naturales y extraen sus recursos, pone en peligro su perpetuidad. Sin embargo, la selva, gracias a la lluvia y sus ríos, tiene el poder y el conocimiento necesario para curarse y restaurarlo todo. ¿Pero hasta cuándo?

El filme ha obtenido los siguientes premios:

Mención documental profesional Festival de cine de Villa Leyva 2021, Colombia.

Mejor sonido Festival de cortometrajes IparwarimunMuhu 2021, Perú.

Mejor sonido Festival de cine de Ancash 2021, Perú.
Mención honrosa Festival cine con Chifles 2021, Perú.

Premio Jorge Vignatti a Mejor producción peruana Festival de cine de montaña Inkafest 2021, Perú.

Meli, Chile, 21min., de Ayelen Lonconao, pueblo mapuche, 2020.

Melisa es una joven mapuche que, a corta edad, emigró junto con su familia desde su lofmapu a la ciudad, en busca de mejores condiciones de vida. Este recorrido, muy transitado por múltiples familias de su condición, pondrá en riesgo la solidez de los nexos culturales que han determinado su ser. Ya pronta a finalizar sus estudios universitarios, comienza a experimentar situaciones y sueños inexplicables. Ha recibido un llamado ancestral que le señala un camino interior que parece contrario a toda lógica. Al menos a toda lógica occidental… y universitaria… Este cortometraje, realizado por una cineasta y colaboradora de Primer Plano, ha conocido un amplio recorrido internacional gracias a su original perspectiva, muy poco frecuente en nuestro medio: la dimensión espiritual.

Peméêjevyore yvy, Argentina, 17:11 min de Claudia Vergara Páez, pueblo mbya guaraní, 2019.

“Devuélvanos nuestra tierra” es un documental que cuenta la historia de las luchas y resistencias frente a despojos de tierras guaraníes para ser destinadas a grandes inversiones privadas. El cacique Miguel Morinigo de la comunidad Tupâmbaé, luchador y defensor de los derechos ancestrales de su pueblo, relata su vinculación y experiencia en los diferentes desalojos que han sufrido a lo largo de estos años, específicamente en el territorio conocido como ‘las 600 hectáreas’, situado en el casco urbano de Puerto Iguazú, habitado por cuatro comunidades mbya guaraníes. ¿Suena conocido el tema? Es fácil reconocer una temática común todas estas obras con un conflicto que es planetario: el de los apetitos que fomenta el capitalismo desaforado.

Peméêjevyore yvy (Argentina)

Samichay, en busca de la felicidad, España, Perú, 87 min., de Mauricio Franco, pueblo quechua, 2021.

Las altas cordilleras de las montañas se alzan por encima de las nubes. Por momentos parecen fundirse con el mismo cielo. No existe dios y tampoco el diablo. Estamos en las alturas de los Andes peruanos, a más de 5000 metros sobre el nivel del mar, donde Celestino, un ermitaño campesino empieza un viaje de sanación con su vaca Samichay, desde la soledad y altura de Los Andes hasta el caos de la urbanización y los pueblos.

Premios recibidos:

Mejor dirección Festival de Málaga. España.

Mención de honor Mejor Película Peruana y Mejor Ópera Prima. Festival de Lima. Perú.

Y gritando voy a morir (Honduras)

Y gritando voy a morir, Honduras, 52 min., de Luis Bruzón Delgado, pueblo lenca, 2021.

María Felícita López es una joven indígena lenca, que vive en el departamento de La Paz, en el Occidente de Honduras. Su vida está marcada por la lucha por los derechos humanos. Como lideresa del Movimiento Independiente Indígena Lenca de La Paz- Honduras (Milpah), levanta su voz contra los grandes proyectos de infraestructura de empresas que pretenden explotar los recursos naturales de su territorio con la complicidad del Estado. Como mujer, promueve la igualdad de género, la dignidad de las mujeres indígenas y la erradicación de la violencia machista, que ella misma sufrió. Ella seguirá gritando mientras viva, en busca de un solo objetivo: la justicia.

Ha recibido los siguientes premios:

Mejor documental – Prisma Rome Independent Film Awards.
Mención especial categoría Equidad de Género- Festival El Cine Invisible.
Premio especial del público- Festival de Cine Centroamericano de Viena.
Nominación Festival Ícaro Centroamérica

La décimo sexta versión de la Muestra de Cine+Video Indígena es un hecho significativo que va en sintonía con la tendencia mundial de recuperación de las memorias ancestrales, las que nos pueden salvar de la ceguera tecnológica… mediante la tecnología visual…

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