DEVASTADOR REFLEJO DE LAS IRREVERSIBLES TINIEBLAS QUE ACECHAN NUESTRA VEJEZ

El Padre, aplaudido y multipremiado filme de Florian Zeller, director debutante, es la versión cinematográfica de una de las más brillantes piezas teatrales en varias décadas, escrita por él mismo.  Bucea en la dolorosa ruta de un viejo que, al final de sus días, percibe cómo su lucidez se apaga y su conciencia va borrando paso a paso su espíritu. Notable, acongojante, cruel y también necesario.

En rigor, El padre -producción franco-británica rodada en Londres y hablada en inglés, que tuvo su premiere mundial en Sundance en enero 2020- califica justo en la categoría de teatro filmado. Lo cual no constituye por fuerza una desventaja (¿hay que recordar La soga, de Hitchcock?). Tiene, claro, dos buenos puntos a favor: El primero, que la fuente es una obra teatral extraordinariamente absorbente y conmocionante. Luego, que aquí se vierte en un registro cinematográfico impecable y muy estimulante, al que animan actores de excelencia.

Séptima pieza del parisino Florian Zeller, entonces de 33, apenas se estrenó en 2012 se instaló como el montaje más descollante de la temporada. De su autor se dijo que ese texto lo consagraba como el dramaturgo francés más brillante en lo que va corrido de este siglo. Su instantáneo éxito explica que hasta hoy se haya representado en al menos 50 países. Entre ellos, Chile: la notable versión nacional, en el Teatro UC en 2017, con Héctor Noguera y su hija Amparo -dos de nuestros intérpretes más reconocidos, liderando el reparto- se llenó de público y elogios.

A no dudar que el gran talento de este creador ilumina todo lo que toca. A los 25 ya era un laureado novelista con tres libros publicados, cuando quiso incursionar en la escritura teatral. Agreguemos que El padre es la sección intermedia de un tríptico sobre la familia que inició dos años antes con La madre, y cerró en 2018 con El hijo, su última pieza conocida. Aún más: esta no es su primera adaptación cinematográfica. Cedió los derechos para hacer Floride, cinta de 2015 que no hemos visto; sin embargo, ya que fue clasificada de comedia dramática, es posible sospechar que al autor no le debe haber gustado ver su material endulzado con rasgos sentimentales y de humor. Así que decidió realizar su propia versión. Sin tener formación ni experiencia alguna en dirección de cine, resolvió su opera prima con tan asombroso aplomo que el filme cosechó ovaciones y más de un centenar de honores internacionales; los más rumbosos, seis candidaturas al Oscar y otras tantas a los premios de la Academia Británica, llevándose en ambos casos solo dos, al Mejor Actor, Hopkins, y al Guion Adaptado (Zeller también, en dupla con el inglés Christopher Hampton, asimismo cotizado dramaturgo y director de cine).

Del camino recorrido por el dramaturgo se deduce que él no pretende ser un innovador en la forma. Esboza situaciones de lo más cotidianas y reconocibles, para plantear problemas de la vida diaria que le pueden ocurrir a cualquiera; de esos tan dolorosos e ingratos que preferimos no mencionar. Con ánimo provocador desafía al espectador a encarar lo ineludible. Para ello emplea recursos bien conocidos y usados, los cuales rearticula de un modo inimaginado que renueva su potencia para afectarnos.

En la pantalla, como en escena, esta propuesta se puede definir, al menos en principio, como un drama sicológico. Está centrada en un octogenario ingeniero retirado que vive solo en su departamento, quien pese a darse cuenta de que sus facultades no son las de antes, orgulloso y tozudo se niega a depender de las atenciones que le brinda una de sus hijas (que sabe bien que nunca fue la preferida). Ella lo visita a menudo y, preocupada por los olvidos y obsesiones que percibe en su progenitor, insiste en que acepte una nueva joven cuidadora que le buscó (él se peleó con la anterior y la echó).

A poco andar, los errores y caprichos del viejo parecen ser más frecuentes y graves de lo que aparentaban. En seguida el relato comienza a cruzar datos y signos contradictorios y hasta amenazantes. La vivienda ya no es con certeza su propio departamento, sino que el de su hija donde él se aloja temporalmente. Personajes que son presentados con un aspecto, luego resultan tener uno distinto; otros que al anciano le parecen desconocidos, son en verdad un familiar o un cercano. Lo sabido y habitual se vuelve dudoso e incierto, confuso y atemorizador.

Así la situación inicial, tan común y hogareña, es solo el arranque de la más feroz y descarnada zambullida en la demencia senil, o en el mal de Alzheimer, una de sus variantes más usuales. La dura, implacable estrategia que articula Zeller nos instala en el interior mismo de la conciencia que padece el drástico deterioro cognitivo. Convierte el lugar físico en el espacio mental del viejo que, con horror, desesperación y rabia impotente, percibe cómo su lucidez se va apagando y sus facultades no le responden, sin poder hacer nada para frenar un proceso irreversible. Todo esto mientras traza las tensiones soterradas que el estado de cosas genera entre el anciano, su hija, yerno y cuidadora.

A medio camino entre la distancia intelectual y el impacto emotivo, a veces con un leve aire insidioso o malévolo, Zeller hace presente que esos son los estragos que quizás presenciamos en nuestros progenitores, los mismos que acechan nuestra propia vejez. La ficción hace de ese trance inexorable un espectáculo acongojante y de efecto sin duda devastador, con el ánimo tal vez de naturalizarlo. Quiere analogar el vaciamiento de esa conciencia a una regresión a la primera infancia o aún más atrás; ante lo cual solo queda buscar consuelo y contención en el regazo materno, la visión final.

En la pantalla como en el teatro, Zeller no busca experimentar con el lenguaje. Este es un filme de escritura cinematográfica convencional, prolijamente bien hecho y funcional a sus fines, por ende muy eficaz.  El guion respeta fielmente el tono, estructura y ordenación del texto escénico, pero por cierto reduce parte del copioso diálogo que traspone en imágenes. Como esto es cine, saca la cámara fuera del departamento al menos en tres ocasiones, particularmente en la última secuencia. Ello perjudica la idea teatral de que muebles y cuadros van desapareciendo imperceptiblemente de la misma escenografía a medida que avanza la acción, para expresar el encierro dentro de la mente que se vacía de contenidos. En cambio, la cinta se las arregla para sugerir que el amplio lugar semeja un laberinto que se torna cada vez más extraño.

Magnifico resultado el maravilloso desempeño actoral del breve elenco de solo seis intérpretes. Empezando por la entrañable labor protagónica de Hopkins (82 años) quien, si no rinde la actuación de su vida, brinda la más extraordinaria del último cuarto de siglo, lo que no es poco decir considerando su largo y fructífero currículo.

El padre. 2020. Ficción. Director y coguionista Florian Zeller. Reparto: Anthony Hopkins, Olivia Colman, Rufus Sewell. Productoras: Coproducción Trademark Films, Embankment Films, Film4 Productions, F Comme Film, AG Studios NYC.  97 minutos. Reino Unido-Francia.

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