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HORROR, METÁLICO Y VOLUPTUOSO

La ya superada disputa entre el cine de géneros y el de autores ha vuelto a activarse en la última edición del Festival de Cannes, donde fue premiado Titane, de la joven y casi desconocida realizadora francesa Julia Ducournau. 

Tráiler de Titane.

La cineasta es la segunda mujer en obtener el prestigioso premio (la primera fue Jane Campion por El piano en el lejano 1993). Cabe agregar que en 2021 también en Venecia y San Sebastián triunfaron películas dirigidas por mujeres. Esta vez el jurado, presidido por Spike Lee, arriesgó no poco al premiar una película que tiene todo para ser controversial y discutible. De hecho no ha habido entre la crítica unanimidad sobre sus virtudes, pero tampoco ha habido indiferencia.

Se trata de una película difícil, a ratos francamente desagradable, pero de la que no es fácil escapar una vez que ya se está frente a su proyección. En parte por tratarse de un relato fantástico y de creciente complejidad. En segundo lugar porque la intención metafórica empapa todo lo que vemos y eso nos protege de sus momentos más violentos, en los que nunca hay abuso de detalles. Más bien predomina un cierto naturalismo distante que la sitúa muy por sobre algunos de sus modelos referenciales, como Lynch o Del Toro, siempre  tentados por el énfasis o la búsqueda de originalidad “expresiva”.

Alexia es una niña difícil que provoca un accidente automovilístico en el que se lleva la peor parte. Le deben insertar en un costado del cráneo una plancha de titanio que le condicionará su futura relación con los vehículos. Ya adulta y en una escena de difícil descripción, Alexia es poseída por un auto y paulatinamente descubrirá que está embarazada, lo que le provocará una transformación de creciente violencia. 

Alexia irá cometiendo asesinatos cada vez más arbitrarios. Para huir buscará disimular su condición femenina y se hará pasar por el hijo desaparecido de un bombero. Éste lo aceptará como el hijo perdido, aunque la filiación sea a todas luces improbable. Pero el embarazo avanza y disimularlo será cada vez más difícil en un cuartel de bomberos impregnado de testosterona.

Como todo resumen argumental, este no deja imaginar lo mucho que hay en la película y lo arriesgada que es en cada minuto en que avanza hacia lo irrepresentable, que es virtud de toda auténtica creación. 

Si buscamos explicaciones a lo Condorito, la película sabe esquivarlas. La principal pregunta es la razón de la concepción imposible entre un auto y una humana. Ducournau lo explica a través del mito: Gaya, la diosa de la Tierra y Urano, dios del Cielo dieron origen a los Titanes. De ahí el título, que es también el nombre del metal que produce la transformación de Alexia, que en un cierto momento la llevará a producir aceite de motor en sus pechos.

¿Demasiado disparate, dirá usted? Pero toda la narrativa se ha construido sobre cosas así. Recordemos cuando aparecieron los Transformers o las Tortugas Ninja y otros ejemplos de modernos mestizajes por el estilo. Por muy rebuscado que fuera el monstruo atroz de Alien, igualmente nos hizo saltar de la butaca en sucesivos capítulos.

Lo que Titane tiene como añadido es la clara conciencia que la ficción tiene sobre sí misma y es entonces que el disparate comienza a adquirir la categoría de representación de un mundo paralelo y sospechosamente cercano a nuestros vicios y excesos. Que la secuencia de los asesinatos en una lujosa casa pueda o no recordarnos la masacre de Sharon Tate a manos de la familia Manson, es debatible.

Pero su cercanía formal con los video juegos debiera resultarnos mucho más perturbador. La desmesurada sexualización de la exposición de modelos, en la que Alexia se exhibe como bailarina, no sólo es una sátira de las ferias automovilísticas, sino que también una cifra de una Sodoma y Gomorra tecnológica que mucho nos acerca a la ideología materialista que impregna al presente y que es el primordial alimento de toda la historia. 

Fotograma de la película.

Pero nada de esto está explicitado, por lo que nuestro Condorito interior llega a los significados sin que la mano de la cineasta tenga que avisarnos de la inminencia de sus mensajes. Ella simplemente narra. Y lo hace con una maestría de veterana, sin serlo.

No hay detenciones para argumentar la posibilidad de esto o de esto otro. Las cosas simplemente ocurren de una manera que podemos completar con la imaginación. Lo que vemos es de alta calidad: gran fotografía de tintes urbanos, alternadamente oscuros y coloridos, actuaciones de primer nivel, que saben no detenerse ante nada para conseguir la empatía con sus personajes. Un ejemplo para no olvidar: la escena en que Alexia busca quebrarse la nariz para cambiar de aspecto. 

Durante un lapso de tiempo podremos preguntarnos sobre la necesidad de una escena tan dura, pero es el momento que, paradójicamente, nos permite volver a acercarnos y empatizar con un personaje al que hemos visto antes cometer todo tipo de barbaridades. También las inyecciones de anabólicos que se propina el bombero poseen esa misma cualidad, la de generar cercanía, no sólo física, con unos personajes demasiado raros para la vida cotidiana. 

Titane se sitúa cerca del cine de explotación, de la visceralidad del gore y de la agresión, aparentemente gratuita, a las certidumbres del espectador. Todo eso es una elección estética de calculado efecto y no una mera acumulación chocante. Por eso es difícil escapar hacia la negación de lo que estamos viendo. 

Hay siempre un misterio tras estos personajes extremos y los horrores que provocan: hay humanidad. Rota, caída, corrupta y perversa si se quiere. Pero es difícil negarle su dignidad emocional, su desesperada búsqueda del amor y su final aceptación de las nuevas formas que adopta la vida. PP

Titane. 2021. Directora y guionista: Julia Ducournau. Intérpretes: Agathe  Rousselle, Vincent Lindon, Nathalie Boyer. Fotografía: Rubén Impens. Música: Jim Williams. Kazak Productions. Francia- Bélgica. 108 minutos.

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