NOTAS SOBRE LA EXHIBICION TELEVISIVA DE “LA BATALLA DE CHILE”

Me disculparán los lectores por comenzar este artículo con una pequeña anécdota personal, pero creo que viene al caso, sobre todo si vamos a tratar un asunto en el que la memoria será muchas veces convocada. La batalla de Chile es probablemente el filme chileno que he visto más veces en mi vida, he escrito varios textos sobre él, lo he analizado en diversos congresos y, cada año, se lo muestro a mis estudiantes en clases. Sin embargo, no recuerdo cuándo lo vi por primera vez. Debe de haber sido hace unos veinte años, en algún acto estudiantil o en casa de algún amigo. Lo que sí puedo afirmar, con total convencimiento, es que no vi esa trilogía en la universidad, a pesar de haber estudiado periodismo, de haber realizado una especialización en cine y cursado la optativa de documental. Del cine de Patricio Guzmán, la profesora de documental solo nos mostraba Pueblo en vilo (1995), un hermoso filme ambientado en… México.Supongo que lo haría por un exceso de prudencia, pero esa omisión, como tantas veces ocurre con el silencio, acababa gritando.

No estoy en la piel de mi antigua profesora y no me interesa censurarla, a fin de cuentas, desconozco lo que habría por detrás de su decisión. Sirva como atenuante que el mismo año en que no vimos La batalla de Chile, algunos miembros del centro de estudiantes tuvieron un áspero desencuentro con la decana porque osaron mostrar Sexo con amor (2003), de Boris Quercia,en el cineclub de la facultad. Hoy lo recuerdo y me entra la risa. El tiempo pasa (por suerte).

Lo que escribo aquí sobre La batalla de Chile es solo un recuerdo. No sé a ciencia cierta si algo similar sucedía en otras universidades chilenas a comienzos del siglo XXI. Bien podría ser que no. Sirva como atenuante que, según me ha asegurado un amigo, el mismo año en que en la UC no vimos la trilogía, María Eugenia Horvitz la mostraba en sus clases sobre cine e historia en la Universidad de Chile. Como suele ocurrir cuando nos adentramos en el campo de las memorias personales y en su intersección con la memoria colectiva, los testimonios son imprecisos y difusos, tanto como la nebulosa de recuerdos sobre la que han sido construidos.

Sin embargo, intuyo que hay algo sintomático en no haber visto La batalla de Chile en el ramo de cine documental, en 2004 o 2005. Sospecho que esa omisión sea una señal más de la relación paradójica que, durante muchos años, hubo en Chile con la primera trilogía de Patricio Guzmán. En ese entonces, La batalla de Chile llevaba casi tres décadas siendo difundida, aplaudida, comentada y analizada en el exterior. Según los archivos disponibles en la Universidad de Berkeley, desde el estreno de la primera parte en 1975, hasta fines de los años noventa del siglo XX, ya había sido exhibida comercialmente en Alemania, Argelia, Australia, Bélgica, Benín, Bulgaria, Canadá, Cuba, Dinamarca, Ecuador, España, Estados Unidos, Finlandia, Francia, Granada, Inglaterra, Irlanda, Irán, Italia, Jamaica, México, Mozambique, Nueva Zelanda, Nicaragua, Noruega, Puerto Rico, Suecia, Suiza, Venezuela y la ya desaparecida Yugoslavia. Muchos críticos y académicos de distintas procedencias la habían incluido dentro del selecto –y antojadizo– canon de los documentales más importantes de la segunda mitad del siglo. Pese a ello, en Chile, la primera trilogía de Patricio Guzmán parecía relegada al fuera de campo, a las palabras a media voz, a la exhibición casera en copias piratas, a la programación en cineclubes estudiantiles y, solo excepcionalmente, a alguna clase universitaria. Todo el mundo la conocía, aunque solo fuera de oídas, pero permanecía enormemente excluida del espacio público, de los medios masivos y de la mayoría de las instituciones de enseñanza superior.

Los historiadores del cine coincidimos en que la primera exhibición pública de La batalla de Chile en el país se produjo en 1997, en el I Festival Internacional de Documentales (actual Fidocs), certamen creado por el propio Patricio Guzmán. Ese mismo año, el cineasta –exiliado desde 1973– había realizado Chile, la memoria obstinada, otra de sus obras más emblemáticas. En ese documental vemos algunas proyecciones privadas de La batalla de Chile, que Guzmán utilizó como un dispositivo para gatillar la memoria y favorecer la toma de posición entre antiguos militantes y, también, entre alumnos de colegios y de universidades. Así pues, tanto en el Fidocs como en Chile, la memoria obstinada dela acción de mostrar La batalla de Chile devenía un “acto político”, un “cine-acto” –tomo la noción de Solanas y Getino, aunque de forma conscientemente anacrónica e impropia–, una manifestación destinada a quebrar los silencios pactados por la larguísima transición.

Gracias a los intercambios epistolares entre Patricio Guzmán y Edith Kramer, del Pacific Film Archive de la Universidad de Berkeley, sabemos que el cineasta chileno trató de exhibir La batalla de Chile en su país de origen, al menos, desde 1994. Es probable que otras proyecciones públicas en certámenes menores hayan precedido a la del Fidocs de 1997. Sin embargo, la importancia histórica de ese festival radica en su repercusión como acto de ruptura. Pero las cosas no cambiaron de la noche a la mañana. Pese a la exhibición en 1997, el filme siguió siendo durante muchos años un célebre convidado de piedra, como he intentado ilustrar mediante la anécdota con la que comienza este artículo. Nuestra incapacidad para incorporar seriamente La batalla de Chile al debate público, a lo largo de tantísimos años, obedece a una dinámica de presencia/ausencia que me recuerda poderosamente la máxima freudiana sobre el retorno de lo reprimido.

Escribo estas líneas porque me parece necesario situar en perspectiva la reciente emisión de esta primera trilogía de Patricio Guzmán en la televisión abierta. Que la responsable de tomar la iniciativa haya sido La Red y no el canal público, habla bien de la primera y muy mal del segundo. Habría que cuestionar cuáles son los límites de la noción de servicio público que tienen los directivos de TVN, cuando llevan 40 años sin programar uno de los principales patrimonios culturales de nuestra cinematografía. No sirve de excusa decir que sí exhiben otros filmes chilenos –eso es lo mínimo–; mejor harían en explicar por qué se han negado a mostrar este filme en particular, pese a su importancia histórica. Parecen continuar sumidos en ese esfuerzo por mirar hacia otro lado, cuando hace tiempo que las compuertas están cediendo y lo reprimido se desboca.

Pero, más allá de las analogías psicoanalíticas, me gustaría llamar la atención sobre el hecho de que, 24 años después de su primera exhibición en el Fidocs, mostrar La batalla de Chile continúe siendo un “acto político” en nuestro país, aunque las circunstancias históricas hayan cambiado tanto; pero tal vez no lo suficiente. Y si se duda de la dimensión política de ese acto, baste recordar el revuelo mediático que causó la emisión, así como las represalias que ha sufrido La Red de parte de uno de sus anunciantes, dispuesto a repetir, contumaz y majadero, el modo de conducirse de tantos grupos económicos chilenos a lo largo de la historia.

A diferencia de lo que sucedía en 1997, hoy no escasean en los medios de comunicación masiva las imágenes del golpe de Estado y de los crímenes contra la humanidad perpetrados por la dictadura. Esa ausencia fue superada hacia 2003, con motivo del trigésimo aniversario del 11 de septiembre, en lo que significó un cambio de paradigma imagético. Como bien apuntó Diamela Eltit ya en la época, de la dinámica de la exclusión de las imágenes del golpe la televisión pasó, durante la efeméride, a la repetición vertiginosa e irreflexiva de esos archivos, lo que llevó a su saturación. Como consecuencia, esas referencias visuales se trivializaron y perdieron parte de su potencial memorialístico. Eltit vio en ese fenómeno una política de “desmemoria” que, en mi opinión, podríamos situar dentro de lo que Tzvetan Todorov denominó los abusos de la memoria. Cabría preguntarse, entonces, por qué durante tantos años La batalla de Chile continuó sin ser exhibida en la televisión, si las imágenes del Chile de la UP y de La Moneda en llamas habían experimentado ese proceso de saturación. En otras palabras, por qué la exhibición de la trilogía siguió siendo un acto político que rompía con una exclusión que duraba varias décadas.

Mujer entrevistada en “La insurrección de la burguesía”

Por una parte, la respuesta reside en la manera en cómo ese proceso histórico es abordado en la trilogía. Aunque su visión globalizante resulte muy alejada de la producción cinematográfica chilena contemporánea y de la sensibilidad de las nuevas generaciones de cineastas, el tratamiento de la imagen, la estructura del montaje y la reflexión crítica del relato de La batalla de Chile continúan poseyendo el poder de desactivar toda dinámica de saturación, continúa significando, continúa cuestionándonos. Por otra parte, la respuesta reside también en cuestiones que no dependen únicamente de aquello que podríamos llamar las formas y contenidos intrínsecos de la trilogía, sino que están relacionadas con el peso de La batalla de Chile como fenómeno cinematográfico transnacional, como emblema de la resistencia en el exilio y, en definitiva, como símbolo.

Quizás todo ello se vea potenciado por la particularísima relación que la historia y la memoria entretejen en las tres partes que componen La batalla de Chile: La insurrección de la burguesía, El golpe de Estado y El poder popular. A lo largo de toda la trilogía, pero con especial intensidad en los dos primeros episodios,los eventos tienen la primacía. Hay un esfuerzo por explicar, siguiendo una lógica causal, el devenir de un proceso político con diferentes fuerzas en conflicto. Interesa captar el ímpetu de las manifestaciones en la calle, de las huelgas, las tomas, los debates militantes, los cordones industriales, las reacciones de la oposición burguesa, las acciones de los políticos profesionales, etcétera. Esas filmaciones, anteriores al golpe de Estado, fueron resignificadas en el exilio cubano por Guzmán, Chaskel y sus colaboradores, transformándolas en una reflexión minuciosa sobre la experiencia de la Unidad Popular y, también, en una denuncia contra la dictadura de Pinochet. Ese impulso aproxima la trilogía a un ejercicio historiográfico sobre el tiempo presente. Se trata de la construcción de un poderoso documento sobre los últimos meses de la UP y la instauración de la dictadura, de una investigación que procura analizar, interpretar, sintetizar y denunciar, todo ello con una potente conciencia histórica. Sin embargo, junto a la dimensión historiográfica hay en el filme otra dimensión asociada a la memoria.

Como ha hecho ver Jacques Le Goff, ningún documento es un trazo inocuo o involuntario dejado por los seres humanos de una época, sino el resultado de las relaciones de fuerzas de una sociedad. Por lo tanto, dice Le Goff, todo documento es también un monumento. Si lo anterior resulta particularmente evidente en el caso de La batalla de Chile es, en gran medida, porque el objetivo de homenajear a la Unidad Popular no se esconde nunca, siempre se explicita. Sus características de testimonio, homenaje y monumento aproximan, a la trilogía, a la dinámica de la memoria. Es más, usando el célebre concepto de Pierre Nora, me atrevería a decir que La batalla de Chile ha sido, es y será uno de los principales lugares de memoria de la Unidad Popular.

De ese encuentro entre la historia y la memoria se deducen dos particularidades que podemos relacionar con el documental de Guzmán. La historia, sostiene Paul Ricœur, se orienta por un deseo de veracidad; en cambio, la memoria se guía por uno de fidelidad con la experiencia del pasado. Ambos principios no son intercambiables y tampoco deberíamos ordenarlos jerárquicamente o intentar oponerlos –nada sería más simplista y necio que creer que toda verdad será infiel o que toda fidelidad será mentirosa. Ricœur nos invita a entablar una dialéctica entre el valor de la verdad y el de la fidelidad, es decir, con las virtudes de la historia y de la memoria. En el caso de La batalla de Chile diría que su orientación hacia la búsqueda de la veracidad le confiere su capacidad analítica y su potencial crítico. En cambio, en su fidelidad con la experiencia de la Unidad Popular reside su impresionante fuerza testimonial. Diría que, con el paso de los años, este segundo aspecto de La batalla de Chile ha acabado prevaleciendo, pues ha sido recuperado con más intensidad por la memoria colectiva. También es la dimensión de la trilogía documental en la que el propio Guzmán ha hecho más hincapié, al evocarlaen otros filmes posteriores, como La Memoria obstinada (1997), Salvador Allende (2004)y La cordillera de los sueños (2019), en los que la memoria personal y la colectiva se dan la mano.   

El director de fotografía y camarógrafo Jorge Müller (DD.DD.) y Patricio Guzmán, durante la filmación de “La batalla de Chile”.

Los historiadores tenemos la costumbre de repetir que todas las películas establecen un diálogo con su momento de producción, independientemente de la época en la que estén ambientadas y de su género. Yo añadiría que solo algunas tienen, además, la capacidad de hacernos reflexionar sobre los diferentes momentos en los que son exhibidas o, mejor dicho, sobre las diferentes épocas en las que ganan visibilidad. Las primeras exhibiciones de La batalla de Chile en el Festival de La Habana y en tantísimos certámenes en Italia, Francia, España, Alemania o Estados Unidos, a fines de los años setenta, hablan de la creación de una red de solidaridad con Chile y de actos de denuncia internacional, en los que participaban tanto exiliados como productores, gestores culturales y críticos extranjeros, como ha estudiado Carolina Amaral de Aguiar.

La voluntad de Patricio Guzmán de exhibir La batalla de Chile en el Chile de fines del siglo XX, dice mucho sobre la larguísima transición con sus pactos (sus “consensos”, como se decía entonces), sus tímidas y erráticas políticas de reparación y sus disputas por la memoria. Programarla en la televisión abierta en 2021 es una consecuencia más de la enorme repercusión que han tenido los últimos filmes de Guzmán –sobre todo el más reciente, La cordillera de los sueños (2019). Pero, por encima de todo, su exhibición en el canal La Red es una manifestación elocuente de las repercusiones que está teniendo el estallido social del octubre de 2019, porque el profundo cuestionamiento de los cimientos sobre los que se ha construido Chile desde la posdictadura incluye, por supuesto, una liberación de lo reprimido.

Por todo ello, creo que se engaña quien pretenda establecer, a partir de exhibición televisiva de La batalla de Chile,un juego de espejos entre la Unidad Popular y el momento actual. No se trata de la actualización de experiencias del pasado ni, tampoco, de un moda oportunista que pretenda explotar la nostalgia. Lo que hay es una reinterpretación profunda de la memoria colectiva y, sobre todo, de lo que podríamos llamar la memoria oficial. Esa reinterpretación hace indeseable e imposible continuar jugando a hacer como si no se vieran las cosas. Hace imposible continuar omitiendo La batalla de Chile.        

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