Aunque usted no lo crea: algo más sobre la comedia francesa de estos tiempos

Dupieux, Forgeard, Bozon, Judor, Bédia, Gardin, Zadi, Eboué, Brac, Triet, Letourneur, Fillières, Chaumet. Desde la escritura, la puesta en escena, la producción y la interpretación, hay un cine autoral cuyo humor se muestra multifome y vigoroso.  A veces tristón y satírico al mismo tiempo, normalmente sumergido en alguna hondura de la comedia humana. Pero mucho no nos enteramos por estos pagos, pese a que ya hay bastante a mano en las plataformas.    

Este texto aborda películas que conocí el último par de años, luego de mi anterior colaboración con Primer Plano, publicada hace un par de meses pero escrita en 2019. Y aprovecho de pedir a quien lea ahora que, cuando vea “comedia”, no se amarre a definiciones muy estrechas: que piense, más bien, en una especie de comedia humana que, según el caso, va hincando el diente aquí o allá. 

Hechas las aclaraciones, parto rescatando a Quentin Dupieux (47) –y su alter ego musical, Mr. Oizo-, de quien se habían valorado acá cintas tan insólitas como Rubber (2010, sobre un neumático asesino) y Réalité (2015, sobre una producción fílmica que deviene pesadilla lisérgica), sin olvidar la dupla que forman Wrong y Wrong Cops

“Ausencia de intención, apología del azar, irreverencia en todos los sentidos, el absurdo ungido como una de las bellas artes”. Así describía la obra dupieuxiana el crítico Jacques Mandelbaum en su cobertura para Le Monde del Festival de Cannes 2019, cuya Quincena de Realizadores fue inaugurada por Le daim: una película protagonizada por Jean Dujardin (El artista) y donde el rol de villano recae, propiamente, en una chaqueta de piel de ciervo. 

Al año siguiente se presentó en Venecia Mandibules: una comedia que, si confirma algo, es que nada se saca con imaginar qué se traerá Dupieux, porque siempre será otra cosa. Vinculable en principio al audiovisual gringo ocupado de la estupidez humana –de Beavis y Butt-Head a Una pareja de idiotas-, en esta comedia retro a un postadolescente eterno se le encarga un “trabajito” de contornos mafiosos, para lo cual decide acompañarse de un amigo tan poco espabilado como él. A poco andar, eso sí, descubre que el auto que conduce transporta en su maleta una mosca gigante. 

Ridículos, vergüenzas ajenas y quizá propias, incomodidad y humor rampante. También ese look vintage con guiños y referencias culturales de baja intensidad que dialoga de memoria con la banda sonora. Así pasa con Dupieux.  

2.

A propósito de música, varias de estas comedias tienen en común una manera muy distintiva de entrar por el oído (La Belle et la BelleLa batalla de Solférino, cualquiera de Dupieux): de dejar por esta vía asentados tonos, climas y/o atmósferas. Es el caso de Benoît Forgeard, quien por lo demás sostiene, desde hace largo, una colaboración con el músico Bertrand Burgalat. 

Con formación en arte contemporáneo, Forgeard es director de numerosos cortos: algunos están hoy disponibles en Mubi y otros tres se reunieron en su primer largo (Réussir sa vie, 2012). Y estuvo también en la señalada edición 2019 de la Quinzaine que abrió con Le daim, de Duipieux. Esa vez el filme de clausura fue el más reciente largo de Forgeard: Yves, acerca de un rapero que se encierra en la casa de su abuela para componer su primer álbum. Pero cuidado, que a su vida entra un refrigerador inteligente, Yves quien se revela mejor compositor que el protagonista, al punto que lo convierte en estrella.      

Quienes admiraron Her (2013), de Spike Jonze, están invitados a considerar este añadido chacotero y descabellado, cáusticamente situacionista. No muy apreciado en la crítica ni muy popular en la taquillla, eso sí. 

En su primer largo unitario (Gaz de France, 2015), Forgeard entregó al músico y cantante Philippe Katerine el rol del Presidente francés Jean-Yves Gambier, alias Bird, ganador de las elecciones a punta de simpatía y antipolítica, y cuya popularidad está hoy en el suelo. Nada que sus asesores hagan impide que se comporte notoriamente como un pelmazo indigno de confianza. Eso sí, un pelmazo que sabe cantar, y que por esa vía descoloca al tiempo que indigna y enternece, aunque usted no lo crea: un fantasma insospechadamente poético sobrevuela esta película imposible. 

Y si no imposible, al menos improbable se le hará al espectador Madame Hyde (2013). Relectura del clásico de Stevenson a cargo del excrítico Serge Bozon, tiene en su protagónico a Isabelle Huppert como no se le había visto, que ya es decir bastante. Madame Géquil se llama su personaje, que enseña un ramo científico en un liceo de alumnado multiétnico y que hace rato está invadida por el desaliento, irrespetada como se siente por sus estudiantes. Eso, hasta que la descarga de un rayo en su laboratorio producirá cambios en su conducta y en su propio cuerpo, llevando por momentos a tierra ignota a este mix de comedia torcida y drama social. He acá un acercamiento sensible a los problemas de la educación y al propio acto educativo, así como a las relaciones intergeneracionales e interétnicas. Sensible, pero no por ello menos brutal o inadecuada según venga al caso.

Otro tanto puede decirse de las películas anteriores de Bozon, partiendo por un musical ambientado en la I Guerra –La France, 2007-, que por acá no se ha visto pero dejó a varios marcando ocupado. Y en el caso de Tip top (2013), he acá un film noir que es también una comedia rocambolesca, un comentario social y un tributo al malentendido. Más dado a la viñeta que a quemar las naves en pos de la unidad narrativa, Bozon parece consciente del identitarismo ambiente, y no por ello dejará de estirar el elástico (o quizá por eso mismo).             

¿Se hace cargo el cine de Bozon de las particularidades identitarias, del escenario multicultural, de las cuestiones de género (social)? Sí. Y hasta se diría que eso ocurre acá de forma más reveladora, inquietante y convincente -aparte de cómica- que en mucha producción con credenciales humanistas, con o sin las mismas aspiraciones de género (cinematográfico). 

Para no salir de esos temas, puede volverse al caso de Éric Judor. Hijo de austríaca y guadalupeño, la notoriedad de este comediante cobró vuelo en la TV a principios de este siglo, en compañía de Ramzy Bédia, junto a quien creó el dúo Éric & Ramzy. Protagonistas solitarios de la fantasía cómica Seuls Two (2008) y de la elogiada serie Platane (2011-19), se han paseado entre el burlesco popular y el humor inquietante, fundiendo la observación realista, la sensibilidad social y el desparpajo irresponsable, convocando al gran público y a la crítica más exigente (aunque no necesariamente en simultáneo).

En septiembre de 2013, el número 692 de Cahiers du Cinéma llevó en portada un trío de fotos de Judor en poses de mono animado, aparte de un título elocuente -“Éloge de la comédie”- y un editorial que califica a Judor de “cómico superdotado”. Cuatro años después, los Cahiers se desharían en elogios a Problemos (2017), dirigida y protagonizada por Judor, y coescrita por la actriz y standuperaBlanche Gardin, otro nombre a tener en cuenta.   

Y resulta que Judor tiene una breve pero significativa aparición en una de las cintas más insolentes de este montón, y de las más conocidas fuera de Francia, dada su distribución vía Netflix: Simplemente negro, de Jean-Pascal Zadi y John Wax (2020). Si en Mohamed Dubois (Ernesto Oña, 2013) el personaje de Judor se hacía pasar por árabe con fines amorosos, acá hace de sí mismo, como casi todo el elenco: acompañado de Zadi y del popular comediante Fary, niega en principio sus raíces negras, al punto que empieza a hablar en alemán, la lengua de su madre. Pero una vez que las abraza, se empieza a pasar de rosca. 

Premiada en los César 2021, Simplemente negro es una especie de falso documental que muestra a Zadi haciendo de Zasi: activista sospechoso de oportunismo e irrespeto a la causa, está organizando una multitudinaria “marcha negra” en la Place de la République, pero necesita convencer a los rostros negros del espectáculo de que le den una mano en la difusión. A poco de andar, asoman preguntas para las cuales el protagonista no tiene clara respuesta: ¿pueden ir blancos a la marcha? ¿Qué pasa con un martinicano de piel más bien clara (como el actor Joey Starr)? ¿Puede ir? “Explícame qué tiene de comunitarista y de sexista una marcha reservada únicamente a los hombres negros”, le pide genuinamente despistado Zadi (personaje) a su esposa, por lo demás blanca. Por ahí va el humor de la película y el perfil homerosimpsonesco de su protagónico. 

“Hay tantas identidades negras como personas negras viven en Francia”, ha declarado, más en serio, este francés de origen marfileño cuya película sube al columpio al comunitarismo voluntarista que desdeña la promesa integradora de la República.

De origen antillano, el comediante, actor y cineasta Fabrice Eboué figura también en la película, donde un actor le enrostra haberse burlado de la esclavitud en Case Départ, que codirigió, coescribió y coprotagonizó  en 2011 junto a Thomas Ngijol (director, por su parte, de Black Snake, un caso de blaxploitation a la francesa). Case Départ, a su vez, es una película con viaje en el tiempo incluido que da una mirada seriamente dolida a la vida de antepasados de los protagonistas, pero que también es una comedia cuya vocación grand  public va aparejada a su filo político. En 2017, Eboué dirigió -sin Ngijol- Coexister, donde encarna al responsable de un sello musical que tiene unos pocos meses para conseguir un hit, si no quiere quedar sin trabajo. Y lo que consigue es un trío que enciende a las audiencias cantando por la paz y la integración: un cura, un rabino y un (falso) imán forman un grupo vocal que se convierte en un golazo. Lo que consigue el filme, en tanto es descolocar y en simultáneo meter de cabeza al espectador en los conflictos de su tiempo. ¿Será Eboué, apoyado en esta pasada por el estudio de Luc Besson, el menos autoral del lote? No hay por qué descartarlo.

Sólo para cerrar la cuestión étnico-identitaria, cabe una breve mención  a Guillaume Brac, que no pocos creen heredero de Rohmer por la frontalidad sutil y sencilla con que ilumina la experiencia. ¡Al abordaje! (2020), su más reciente largo, marca con su sello el modo en que los personajes se inscriben en el espacio, hasta hacer del espacio uno más de los personajes. Y mira las relaciones interraciales de modos inesperados. Félix y Alma se conocieron y se amaron durante una noche de fiesta en París, tras la cual ella volvió a su casa en la provincia. Enganchado, Félix viaja a verla sin avisar, acompañado de un amigote en un auto de aplicación. Qué podría salir bien.

Cualquiera que vea ¡Al abordaje! notará como primera cosa que él es negro y ella, blanca. Pero algo hay en la propuesta estético-narrativa que cambia este ítem de lugar en nuestras expectativas y en nuestras prioridades: “Aunque percibimos constantemente esta diferencia en la película, nunca se convierte en un tema en sí mismo”, escribe el ya citado Jacques Mandelbaum. “El único color que cuenta aquí es el del sentimiento”.

Afiche de Problemos (2017).

3.

Y así como Brac no se amarra a ningún género (ni a un formato, transitando imperturbable entre ficción y no ficción), otro tanto hacen algunas de las más lúcidas directoras francesas de la última década. Justine Triet, por ejemplo, construyó en La batalla de Solférino (2013) un drama de tintes cómicos ambientado en el día que vio a François Hollande ser elegido Presidente: una periodista televisiva (Laetitia Dosch) debe cubrir los acontecimientos en la sede del PS y deja a sus hijas muy pequeñas con un babysitter inexperto, quien a su vez enfrenta el asedio del padre de las niñas (Vincent Macaigne, otra figura recurrente de la nueva comedia francesa). Del hiperrealismo documental al dramón en plan Cassavetes, Triet maneja con aplomo la diversidad de factores en la ecuación enorme que supone la comedia humana de la forma en que acá se nos presenta.     

Y eso de que no hay como las mujeres (Claire Denis, Sofia Coppola, Pepa San Martín) para mirar el cuerpo de las mujeres, es cierto en La batalla… y vuelve a serlo en Victoria y el sexo (2016), a su vez trampolín para Virginie Efira, expresentadora de la TV belga convertida hoy en uno de los grandes créditos de la actuación europea. Figura esencial del que Triet llama su laboratorio “ultrafeminista”, Efira encarna a una abogada que comete una torpeza profesional que le cuesta la suspensión de sus funciones al tiempo que su vida romántica se mueve de modos tan singulares como insatisfactorios. El caso es que su devenir nos regala un personaje complejo y un rol femenino que vadea previsibilidades, aparte de estereotipos. 

Sophie Letourneur, por su parte, es otra que reordena el mundo para que en él quepan la variedad de inquietudes que la mantienen ocupada. Tal vez por lo mismo, tiende a navegar a contracorriente. Su primer largo, La vie au ranch (2010), muestra el deambular, el beber, el fumar y el conversar sin un propósito especial de un grupo de amigas/estudiantes. Un festín de autenticidad irreductible, más conocido por su nombre en inglés: Chicks. Una ópera prima que dio pie al segundo largo de la guionista y realizadora, en el cual se encarna a sí misma: una cineasta que va al prestigioso festival suizo de Locarno a presentar… La vie au ranch. Fiestas, malentendidos, coqueteos y más hay en una película donde la levedad, como suele pasar, resulta engañosa, y donde el lado “B” de la actividad puede entusiasmar a la cinefilia, aun si en este caso las películas importan menos que el candor de las personas.

Y dado que llegó a una plataforma mainstream, el más reciente largo de Letourneur bien podría ser el más conocido de los suyos entre nosotros. El primero de sus filmes con protagónicos de renombre fue Enorme (2019) un nuevo cruce de ficción y documental –se basa en la espera del segundo hijo de la cineasta-, así como un rarísimo ejercicio de desacralización del embarazo y de la maternidad: Claire (Marina Foïs) es una destacada pianista que se dedica estrictamente a lo suyo, pues de todo lo demás se ocupa Frédéric (Jonathan Cohen, otro que la está llevando), que es también su pareja. El tema es que acordaron hace años que no tendrían hijos… pero algo pasa, probablemente no lo que usted está pensando. Un fondo genuinamente burlesco y perturbador deja ver el abordaje letourneriano. No es el tipo de comedia que acostumbramos etiquetar con ese nombre, pero para el caso tampoco es el tipo de película que acostumbramos ver. Bien por Letourneur.           

Y bien, también, por Sophie Fillières, que en 2005 tuvo la ocurrencia de escribir y dirigir Gentille, una dramedia romántica protagonizada por una antestesista que trabaja en una residencia siquiátrica (Emmanuelle Devos). Sin abandonar ese tono incierto y distintivo, Arrête ou je continue (2014), muestra a Devos viviendo lo que parecen ser los descuentos de la relación con su marido (Mathieu Amalric), en un registro donde la moral farsesca no abandona el humor melancólico ni la franqueza que hiere. Ya sin Devos, pero con Sandrine Kiberlain y Agathe Bonitzer, en La Belle et la Belle (2018) estas dos son la misma mujer, en dos de sus edades, ambas coincidiendo en el presente. Aunque así resumido, es cierto, se transmite poco y nada de la sutil extrañeza y el cálido confort que se experimenta al verla.     

4. 

Se reitera al cierre que estos paseos siempre dejan pendientes. Alguien podría preguntarse legítimamemte, por ejemplo, si así como hay una política de los autores no habrá también en la comedia francesa una política de los actores, como en el libro homónimo de Luc Moullet. De haberla, ¿cuáles serían sus implicancias en un caso como el de Nora Hamzawi, que tras años en el stand-up protagonizó en 2020 Éléonore, comedia romántica con su qué? Lo otro es examinar el recorrido de productores como Emmanuel Chaumet, discípulo del portugués Paulo Branco cuyo interés por un cine “atípico” lo hizo apoyar desde temprano las carreras de los mencionados Forgeard y Letourneur. Ojo ahí, también. PP

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