LA ODISEA DE LOS GILES, UNA HISTORIA ARGENTINA

La odisea de los giles, como una suerte de comedia con ribetes de tragedia, muestra mediante una clásica estrategia coral, como un pintoresco grupo de ciudadanos se convierte en una banda de forajidos. Y todo esto en el marco de una Argentina ultra pauperizada, y cuya imagen más recurrente es la del “corralito”.

La odisea de los giles fue promovida como un nuevo gran título del cine argentino. A nivel de ideas, elenco y equipo realizador, el filme daba el ancho para ser un éxito de taquilla, dirigido en primera instancia al público trasandino. Un público que aún respira por la herida colectiva provocada por el corralito y el estallido social del 2001. Una memoria incómoda, que se cruza con las noticias que señalan que 18 años después, el 30% de la población vive en la pobreza en medio de una crisis que parece haberse vuelto endémica.

En ese contexto, Sebastián Borensztein encaró la adaptación cinematográfica de la novela La noche de la usina (Buenos Aires, 2016) de Eduardo Sacheri. Sacheri, quien también es el autor de El secreto de sus ojos (Buenos Aires, 2005)y quien se involucró directamente en el desarrollo del guion para adaptar en clave de comedia la amarga historia de la onda expansiva del estallido en la sociedad rural argentina.  

Usando un narrador en primera persona, el filme cuenta la historia de un grupo de ciudadanos en camino a crear una empresa cooperativa. Los planes de lo que, en Chile, se llamaría un emprendimiento, se nutren del discreto desempeño de un matrimonio en la gestión de una estación de servicio y del empuje de uno de sus amigos que viene de una decepcionante experiencia en la administración pública.

El trio necesita salir de la frustración y el fracaso fraguando un plan que sirva para revivir las antiguas glorias de la localidad donde han vivido toda su vida. Con ese fin recolectan dinero de un grupo de conocidos y arman el enganche para iniciar el negocio. Los planes chocan con el corralito, que les impide retirar sus recursos recién ingresados al banco. En medio de la desesperación y de la depresión, se enteran de que sus dólares fueron retirados y quedaron en manos de un abogado inescrupuloso, que los escondió en una bóveda en medio del campo.

Estafados por el sistema y trasquilados por un timador local, el grupo se prepara para recuperar sus fondos. Sin dios ni ley, en el marco de un país en estado de revuelta, los límites de lo moralmente correcto parecen un lujo que nadie se puede permitir. En otras palabras, en medio del desamparo, se disponen a robar al ladrón en lo que consideran un acto de justicia.

La película se mueve ágilmente, transformando los planes para iniciar la empresa en la planificación de la recuperación. Este giro de la historia, junto con la tragedia personal del protagonista, convierte el filme en una comedia con tintes de tragedia, con el clásico reparto coral que nos muestra cómo un pintoresco grupo de ciudadanos se convierte en una banda de forajidos.

Durante toda la película el pulso de la acción, junto con sus mordaces diálogos, recuerdan el drama social que tiene como telón de fondo, sin embargo, una notificación de un estallido que está lejos de las imágenes de las protestas en las grandes ciudades (y que son las más conocidas), y cuyo relato se muestra solo como un antecedente histórico por medio de los registros documentales de los noticieros de televisión.

Mediante un acabado trabajo de fotografía, el relato del filme usa una serie de secuencias de exteriores para formar un vivo retrato de la vida y de la crisis en la provincia, que despierta al desamparo a su propio ritmo. Pese al sombrío escenario que presenta, los toques de comedia y el febril ritmo narrativo lo hacen atractivo para un público que va más allá del medio local.

Resulta notable el modo en que Borensztein pone en escena el habla, y la reflexión de una sociedad despolitizada que, lejos de los grandes líderes y de las protestas más ideologizadas, vive la crisis como un revés de la vida cotidiana, que hace desaparecer irremediablemente la idea de país con la que los personajes forjaron sus vidas. Cuestionando, así, la fe ciega en las instituciones, que mueve la respetable vida de una clase media cada vez más asediada por las promesas incumplidas de un modelo solo apto para astutos, que se mueven en los márgenes que deja la propia legalidad.

Mezcla de thriller y comedia, la trama se desarrolla en una equilibrada combinación entre la formulación de los planes y la persecución que desata la recuperación. Si bien la fórmula que la sostiene ha sido desarrollada muchas veces, en este caso lo interesante es que presenta la transformación del impulso productivo en una sofisticada conspiración, gracias a una inesperada combinación de talentos, con un toque de ironía que remite al refrán: en el reino de los ciegos el tuerto es el rey.

La ausencia de la trama policial sirve para representar en toda su extensión el desamparo, una cuestión especialmente importante para Sacheri, interesado en poner en escena el colapso de la institucionalidad y el absoluto abandono que marcó la crisis. El retrato que presenta lleva a esos espacios, muchas veces ignorados, donde hacerse justicia es la única justicia posible.  

La historia actúa como una fábula que, dadas las credenciales de su guionista podría haber llegado más adentro en las tragedias personales, y profundizar en los dramáticos efectos que tiene en la ciudadanía el sentirse y ser tratados como giles, por las élites políticas coludidas con los grupos económicos. Obviamente, la imagen que arma tiene eco en otras realidades que viven –o vivirán- sus propios estallidos, y eso lo convierte en algo más que un cuento local.

El énfasis en contar el impacto de la megacrisis en un grupo de “gente simple” hace que la historia opte por mínimos; mínimos de retórica política, de dilema ético, de enfrentamiento entre los personajes y mínimos niveles de violencia.  Pese a ello, el acabado registro de la forma de vida de los personajes facilita sentir empatía con sus decisiones, que dejan en el aire la pregunta ¿no hay algo de giles en todos nosotros?

En un tono intencionadamente naif La odisea de los giles aporta preguntas sobre lo que pasó en esos años y proyecta la interrogante sobre cuán giles podemos llegar a ser.

La odisea de los giles. 2019. Dirección: Sebastián Borensztein. Reparto: Ricardo Darín, Chino Darín, Rita Cortese, Daniel Aráoz, Verónica Llinás, Luis Brandoni, Andrés Parra, Carlos Belloso, Aíllin Zaninovich. Productora: Coproducción Argentina-España; K&S Films / Mod Producciones / Kenya Films. 116 min.Argentina,

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