LO ATAVICO Y LO CULTURAL

La elección de Matías Bize –Sábado (2003), En la cama (2005), Lo bueno de llorar (2007),  La vida de los peces (2010), La memoria del agua (2015), En tu piel (2018), Mensajes privados (2022)- es coherente con su premiada obra: espacios únicos, pocos personajes, situaciones extremas o, al menos, especiales. También su decisión de hacer un único plano-secuencia que sigue a los protagonistas en su búsqueda, que es a la vez externa e interna.

Bize está habituado a los argumentos en que la acción es algo breve, en apariencia, pero que remueve, como lanzar piedras en el agua. Ese es un territorio en el cual se maneja bien y en el que saca partido de sus actores y actrices. En este caso, el peso recae sobre Antonia Zegers y Néstor Cantillana, la pareja que extravía al hijo, quienes despliegan su batería con pocas palabras, gestos ínfimos y miradas en una actuación tan minimalista como el resto y, a la vez.igualmente eficaz por lo conmovedora que resulta. Muchas miradas hay en este juego de la cámara que, sin cortes, los busca pasando por planos nunca demasiado generales, hasta primeros planos develadores.

Hay en esas miradas un subtexto que apoya, cancela, matiza, amplifica, las escasas acciones e interacciones. Ya sea entre ellos o con ellos y la sargento de Carabineros (Catalina Saavedra), las actuaciones funcionan, más que nada, por presencia y gestualidad. Los ojos de los tres dicen más que las palabras. Muestran suspicacia, rabia, miedo. Develan. Esconden. Acusan. Sus personajes les permiten recorrer una cierta gama de emociones siempre cambiantes y diferenciadas, desde la auténtica desesperación, hasta el análisis de las causas que los han llevado al momento presente, su relación con el niño ausente y entre ellos como pareja. Algo los perturba y Zegers y Cantillana son capaces de dar todos los matices.

El verde entorno

El bosque está asociado en el imaginario europeo, que heredamos a punta de cuentos infantiles, con un espacio ignoto y lleno de peligros. Los reales se transformaron en míticos, sobre todo si de niños y niñas en sus vericuetos se trata. Y ahí tenemos a Hansel y Gretel tratando de escapar de la bruja y a Caperucita intentando no ser comida por el lobo. No es ingenua, entonces, la elección del bosque chileno como escenario y telón de fondo donde, al igual que en dichos cuentos, hay un chico perdido.

Podría pensarse que la decisión está también condicionada por el hecho de simplificar la filmación, pero sería un argumento muy simplista. Niños/as se pierden en los malls con más frecuencia que en un improbable camino lateral en medio de una cerrada arboleda.

Acá hay algo del miedo atávico presente, el terror al regreso a la in-civilización: la posible llegada de la noche, la falta de ropa adecuada, la aparición de un animal salvaje. Aún existe una naturaleza a la que podemos temer, por más cemento que la Humanidad haya puesto sobre la tierra.

La adecuada dirección de arte de Sebastián Olivari, ofrece los matices de ese bosque. Se lo ve ameno, pero también amenazante y quizá el error de que la luz no vaya cambiando también sea parte de “eso” omininoso que espera: llegará la noche en medio de la intemperie, con todo lo que eso significa, aunque el sol aún no haya comenzado a desaparecer.

Por otra parte, el niño en cuestión no está libre de sospecha. Sobre él recae la posiblidad de que esté escondido para causar un daño. Es decir, aunque no sean ideas que el filme recalque, hay una lectura secundaria posible: ni la niñez es dulce y tierna, ni la naturaleza bondadosa. Y en medio, dos adultos tratando de entender y explicar(se) lo que les sucede.

Sobre el plano-secuencia (*)

Imposible cerrar sin hablar del recurso central del filme, el plano-secuencia. A cargo del director de fotografía Gabriel Díaz, con una larga experiencia en largometrajes documentales y de ficción, su factura es impecable, sobre todo si se piensa en que es de los más arriesgados y desafiantes que se pueda dar en cine.

Junto al esfuerzo técnico que implica está el de su justificación narrativa. Una toma cinematográfica tiene una duración convencional y estadística inferior a un minuto, lo que da una aproximación de doscientas o trescientas tomas en una película de noventa minutos. Hay casos extremos, como el de Coronación, de Silvio Caiozzi que pasó de las mil tomas en pantalla, lo que significó tres veces esa cifra en posiciones de cámara, instalación de luces, ensayos y repeticiones. Fácil es imaginar que el montaje de todo eso puede ser un proceso fatigoso.

En el caso contrario, cuando lo que hay es una toma que dura más de un minuto, los ensayos deben ser de una gran precisión para evitar errores. La aparición de los equipos digitales ha contribuido a fomentar el uso del plano-secuencia debido a su menor peso y costo y a su mayor facilidad de manejo.

Durante décadas el campeón histórico de su empleo fue el siempre virtuoso rey de la técnica y mago del suspenso, Alfred Hitchcock, con su famosa La soga (1948), cuyas diez tomas mantienen el tiempo real de la acción y las que siguen siendo un modelo de habilidad técnica y tensión narrativa. Vino a ser superada por la grabación en digital de la asombrosa El arca rusa (2002) de Alexander Sokurov, un solo plano-secuencia de 99 minutos, que recorre treinta y tres salones del museo Hermitage y en el que aparecen hasta ochocientas personas en un determinado momento. En este brevísimo recuento no puede faltar otro grande que entregó a la historia del cine notables plano-secuencia: Jean Luc Godard. De antología son el que narra el final de Vivir su vida (1962) o el de Passion, acometido con obsesión por el detalle, veinte años después (1982).

El primer intento de plano-secuencia en el cine chileno aparece en Valparaíso mi amor (1969)de Aldo Francia, a cargo de la cámara experta de Diego Bonacina, que en seis minutos sigue a un detenido quien, en su traslado desde un juzgado, baja una escalera de caracol y atraviesa  un patio hasta subir a un coche policial.

Muy destacado en este terreno posteriormente fue O lo uno o lo otro (1993) de Myriam Braniff, relato de diez minutos, basado en un cuento de Antonioni y que se permitía pasar sin corte a tres tiempos diversos en la vida de una pareja.

Pero grabar una película entera de una sola vez, solo lo había logrado anteriormente el mismo Bize en su debut con Sábado, hábil relato sobre un frustrado día de matrimonio.  En la factura de El castigo, la habilidad de la cámara y de los actores hace por larguísimos momentos olvidar el recurso, en una suerte de danza entre los personajes y el bosque mismo. La misma “coreografía” hace necesarios, por el contrario, los bruscos barridos en la búsqueda para encontrar a alguno de los personajes.

Es como si una gramática precisa fuera llevando la puesta visual de la mínima acción para remecer de tanto en cuanto a quien se enfrenta al drama cinematográfico.  O para alejarlo, cuando la conciencia del recurso -sumada a la conciencia de una mano que dirige- objetiviza a quien ve, transformándolo/a verdaderamente en un/a “espectador/a”. Es decir, en alguien que está por fuera de la situación la que, pudiendo ser real, es sin embargo ficticia.

Un conjunto de virtudes técnicas y artísticas hacen de El castigo una película interesante que, en todo momento, cumple con lo que se propone al colocar la cámara en una posición de cercanía permanente a la acción, sin que canse, sin que el recurso se agote en sí mismo.

Detrás de ese plano-secuencia, no solo están Bize y Díaz. No hay que olvidar a Coral Cruz, renombrada escritora española, de larga trayectoria como guionista para cine y televisión y que ha participado en serie y filmes premiados y reconocidos internacionalmente. De todos ellos, en Chile era conocida su participación en “La teta asustada” con la que la peruana Claudia Llosa recibió el Oso de Oro en Berlín y fue nominada al Oscar como Mejor película de habla no inglesa.

Su trabajo de guion para este filme no solo aporta una mirada de género al tema de la maternidad y sus dificultades –negación, en este caso- en que se contrasta el contenido cultural con las motivaciones personales más profundas y libres, sino permite que la exigua trama mantenga la tensión gracias a diálogos interesantes, bien armados y con intensidades variables. La suma de todos esos elementos es El castigo: una película valorable.

(*) Se agradecen a David Vera Meiggs los datos históricos sobre el plano-secuencia y el «destrabamiento» creativo de la autora.

El castigo (2022). Drama. Dirección: Matías Bize. Reparto: Antonia Zegers, Néstor Cantillana, Catalina Saavedra, Yair Juri, Santiago Urbina. Guion: Coral Cruz. Dirección de Fotografía: Gabriel Díaz. Dirección de Arte: Sebastián Olivari. Producción: Céneca Producciones y Leyenda Films. 80 minutos. Chile.

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