EL AGENTE TOPO: NI MUCHO NI POCO, PERO ADORABLE

No hubo Oscar. Pero Maite Alberdi, y su protagonista -devenido en personaje no solo público sino, casi unánimemente, querido- han recibido más atención que cualquier otra película nacional en los últimos tiempos. Tiempos en que la pandemia le ha impedido ser vista en salas de cine, pero que ha aumentado su taquilla vía streaming.

Por María Eugenia Meza y Claudio Salinas

Más allá de los cuestionamientos, que serán abordados en la segunda parte de este artículo, algo debe tener este filme para haber llamado la atención tanto al público nacional como extranjero.

Alberti  ha sido conocida con anterioridad por filmes que muestran un trozo de la vida de un grupo de personas, hasta ahora cercanos –de una u otra manera- a la directora y sobre los cuales ella aplica una mirada contemplativa, buenista si se quiere, pero efectiva en lo emocional. La once trata de un grupo de señoras de clase alta, ex compañeras de colegio, que se reúnen año tras año a tomar el té. En Los niños, un grupo de adolescentes y cuasi adultos con capacidades diferentes  buscan libertad, independencia y la posibilidad de vivir existencias con trabajo, amor y familias propias. El punto de vista de Alberdi es siempre positivo, quizá acrítico. Y el puzzle está armado desde una lógica narrativa envolvente, en que la presentación de los elementos va llevando al espectador a encantarse con cada una de las personas que van apareciendo. Y a emocionarse, en muchos momentos, con ellas.

Esa forma de narrar se consolida en El agente topo, donde, tras una búsqueda del protagonista de la aventura que, cinematográficamente tiende a ser plana y poco atractiva, la acción pasa al interior de ese hogar de ancianas al que llegará don Sergio en su misión encubierta.

Toda narración necesita pivotes en los que asentarse para que fluya y atraiga. En el caso del relato cinematográfico, este puede apoyarse en la historia o en lo contado, en el modo en que es narrada, en quienes la interpretan, en la imagen, el montaje y la música, por indicar los principales aspectos.

En este caso, desde el punto de vista de lo narrado, el elemento gatillante de la acción -la necesidad de una hija de detectar cómo tratan a su madre en el hogar donde está viviendo- se va diluyendo para dar paso a otros personajes. La hija no constituye nada más que ese punto de partida y, a poco andar, esa madre es prácticamente abandonada, al ir encontrando mujeres que parecen más interesantes desde una perspectiva dramática. Este giro resulta ser el gran elemento de atracción sobre el que está construido el filme: en vez de presentar una sola historia, el relato se construye sobre la base de muchos pedazos de vida, a modo de caleidoscopio.

Cada secuencia, sin duda, va también haciendo crecer al personaje central. Desde parecer solo un señor mayor con problemas para usar un celular inteligente, hasta su cierre final que lo empodera frente a su “empleador”, don Sergio Chamy es construido como un ser encantador, absolutamente querible, empático, capaz de comprender a las diferentes personas con las que se relaciona, hasta el momento en que es sobrepasado por la soledad y los dramas que estas ancianas llevan a sus espaldas.

El gran mérito está en la humanidad del personaje central y de las señoras que el filme destaca, dentro de este universo cerrado donde hay muchas más habitantes. La más que correcta elección de a quién destacar es clave para que, mediante una mínima y simple estructura narrativa, el espectador empatice con el Topo, para luego y al igual que él, se comprometa emocionalmente con esas mujeres, simpáticas y dolientes, algunas; inconscientes del abandono familiar, otras. No en vano se ha sabido de los regalos que gente anónima les ha hecho llegar. A ellas también la película las ubicó en una suerte de fama temporal.

Todo el resto de los aspectos quedan, se podría decir, casi en la nebulosa, puestos al servicio completo de los personajes. La dirección de fotografía y cámara no llaman la atención, son una serie de encuadres correctos, que no distraen porque no expresan más de lo que podría una foto familiar, tomada sin pretensión alguna. Igualmente la música incidental, que aparece a ratos, no queda en el recuerdo. No así las canciones que acompañan ciertas secuencias como parte de las mismas.

El agente topo es una obra simple, sin pretensiones estéticas ni sociológicas. Y pese a eso, potente. Lo es porque es un viaje humano hacia vidas que, como tantas, están al margen de la sociedad. Y esta humanidad es la que hace que el filme llegue fácilmente a públicos de diversos lugares del mundo, porque lo que presenta es local y a la vez universal. Ya lo dijo Aristóteles.

Los aspectos de la discusión

Pero, al margen de ese mérito se ha discutido mucho sobre algunos aspectos externos al filme mismo.

El primero. ¿Qué es El agente topo? ¿Un documental en propiedad? ¿Una docuficción? Estas preguntas que proponemos han estado, en alguna medida, en las valoraciones hechas de este filme. Como si poner en duda su calidad de documental se constituyera en una operación que minusvaloraría sus virtudes, menoscabando sus atributos. Si no es un documental, no merecería la pena analizarlo, señalan algunas voces “críticas” de esta película. En nuestro caso, observamos que estamos en presencia de una “elaboración creativa” de la realidad, un discurso sobre una dimensión de la vida cotidiana de un conjunto específico de ancianas y ancianos en un asilo, que no representan, ni el filme lo pretende, a toda la vejez chilena, asunto por demás inabarcable. El documental, ni ninguna otra obra audiovisual, constituyen LA realidad. Es un discurso que reelabora elementos de ella para proponernos un punto de vista de la dimensión que acota el filme.

El agente topo no es LA realidad de las ancianas y ancianos en Chile, ciertamente. Tampoco tiene que serlo. Como no es LA realidad no está obligado a poner en imágenes o retratar, como si lo hacen al infinito los reportajes de TV, aquella vejez ultracarenciada, trágica, solitaria y pauperizada. Y, con ello, no negamos, obviamente, la existencia mayoritaria de esta forma dramática de ser viejo en Chile. Lo que decimos es que, sabiendo esta realidad predominante en nuestro país, El agente topo no está obligado a construir ese discurso. Tampoco es que romantice la ancianidad, ni exponga la complejidad de esa edad de vida.

De lo que si estamos seguros, pues discutir su calidad de documental es inoficioso, e incluso baladí, es que en El agente topo existe un modo documentalizante de relacionarse con los públicos. Sabemos que el enunciado es real, lo que nos lleva a presuponer, como dice Roger Odin (2000, 2012), que los discursos son también reales. El asunto clave es la verosimilitud, es decir, un pacto de realidad entre la película y nosotros. Lo que se expresa en que sepamos que tanto públicos como personajes del filme habitamos un espacio común.

No solo se ha discutido sobre si El agente es o no un documental. También se lo ha criticado por convocar como personaje al investigador privado Rómulo Aitken, quien recluta al agente octogenario. Aitken es sindicado como un ex detective, torturador y sanguinario al servicio de la tristemente célebre La oficina, un Consejo de Seguridad Pública, creado y existente en el gobierno de Patricio Aylwin, cuyo objetivo era realizar labores de inteligencia, pero que también desplegó funciones operativas más que cuestionables respecto de grupos subversivos que aun funcionaban en los inicios de la postdictadura chilena. Tal situación, claro, es una desprolijidad de la directora del filme, Maite Alberdi y de su equipo, pues incluye a una persona que, en el espacio fuera de la cinta, es altamente controversial y moralmente reprochable. ¿Cómo un sujeto torturador puede aparecer en una cinta sobre una de las dimensiones de la vejez?

Al igual que la discusión sobre si El agente topo es o no un documental, el reclamo contra la cinta por incluir una persona moralmente reprochable, esconde una visión que intenta cancelar el valor del contenido de la película. No constituye, en todo caso, una valoración de la calidad estética y narrativa del filme, cuestión que se agradecería, para saber si estamos o no ante una gran película. Simplemente El agente topo perdería todo su valor por incluir un agente torturador de una institución creada en los albores de recuperada democracia. En otras palabras, cual borrón de una parte de nuestra historia, no debiéramos verla o, en el mejor de los casos, verla con malestar y enojo. Como si pudiésemos borrar todos aquellos pasajes de la historia de Chile que nos duelen. Es una suerte de aspiración a vivir en ambientes impolutos, “seguros”, como dicen hoy, transparentes. Incluso a riesgo de cancelar todos aquellos discursos e imágenes que nos hacen mal.

Pero en estas operaciones de neutralizar discursos, se suspende el análisis fílmico –contexto incluido- y se reemplaza por una valoración moral que supone que El agente topo debe reflejar LA realidad.

El Agente Topo. 2020. Guión y Dirección: Maité Alberdi. Documental. Intérpretes: Sergio Chamy, Rómulo Aitken. Productora: Micromundo Producciones. 90 minutos. Chile.

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