LA CORDILLERA DE LOS SUEÑOS

Una trilogía es cosa de autores, no de cineastas con sencilla vocación de servicio. Por eso, las trilogías son lo de Patricio Guzmán. La épica de La batalla de Chile le ha quedado tan bien que mucho de lo mejor de su cine incluye la ambición de dar cuenta de la Historia –con H mayúscula–, de ser Testigo de su época, de encumbrarse a la alta condición del Cineasta Comprometido.

Con esos antecedentes es fácil esperar algo similar de su nueva obra, la tercera de una trilogía motivada en el paisaje chileno. En Nostalgia de la luz (2010) era el desierto de Atacama el protagonista, mientras que en El botón de nácar(2015) era el Pacífico austral. 

El paso desde los observatorios astronómicos ubicados en las alturas del desierto hacia los familiares de los detenidos desaparecidos buscando en los valles restos de huesos que les permita ubicar a sus deudos, funcionaba por su evidente contraste. La segunda de las películas se notaba más armada, quizás más compleja, con la inclusión de los detenidos de la isla Dawson y su cruce con la historia de Jemmy Button, ese yagán llevado a Inglaterra por Fitz-Roy a “educarse” y que vuelve a su tierra para ser el aborigen que siempre quiso ser.

En ambos casos el paisaje era el punto de partida para una exploración de los aspectos más tenebrosos de la dictadura y sus huellas en el cuerpo de la naturaleza de la patria. El presente título, por lo tanto, anuncia nuevas variaciones sobre el tema de la represión, el lado oscuro de la fuerza estatal. Gran desafío si se considera que el siglo XXI ya está avanzado y la nueva obra se encuentra frente a la exigencia  de seguir exprimiendo un tema al que las nuevas circunstancias alejan ya en forma irremediable.

Los logros de las dos obras anteriores pesan sobre unas expectativas que se generan automáticamente. Ocurre con toda trilogía y es raro que un tercer capítulo se presente con el mismo nivel de los anteriores. Incluso siendo muy celebrada, La batalla de Chile también llega a su último episodio con más de alguna fatiga. 

Pero La cordillera de los sueños de Guzmán tiene una entrada que promete bastante. Una hermosa secuencia de vistas aéreas, lentas, solemnes y majestuosas que muestran unas montañas nevadas y una suave música que contribuye al efecto grandioso. Bello de ver sin duda.

Fotograma de la película.

Ahí ya está definido el espectador ideal de la película: el extranjero que entra de esa forma a Chile. Eso no excluye al local que puede imaginar oníricamente ese mismo paisaje. Por lo tanto, la importancia icónica del motivo central de la película parece tener todas las de ganar al desafío propuesto por el cineasta. Claro que hay que seguir viendo lo que ocurre después del aterrizaje de toda esta entrada, verdadera obertura, triunfal. 

Una vez en tierra todo se vuelve áspero cuando varios entrevistados, de buen nivel en sus disciplinas, se esfuerzan por un largo rato en articular frases que no logran alejarse de los lugares comunes sobre la cordillera: “Nos protege y nos aísla”, “estamos dentro de ella”, “es como una madre” y  otras perlas oratorias semejantes.

Si el peligro de la banalidad acecha, Guzmán, con habilidad, vuelve al recurso del paisaje impresionante y de las tomas aéreas de efecto seguro. Pero tampoco se puede estar en las cumbres todo el tiempo y la vuelta a los valles es también recurrente. Desgraciadamente cada nuevo entrevistado parece haber agotado su repertorio en la ocasión anterior y a poco andar se vuelve indispensable introducir una variación que anime un discurso de menguante interés. 

Entonces una secuencia de bellas imágenes de una erupción volcánica introduce el ya manido motivo del golpe de estado. Didácticamente los entrevistados le explican al espectador lo terrible que fue todo. Ahí aparece en bicicleta el camarógrafo Pablo Salas, figura famosa por sus efectivos registros de las represiones callejeras durante la dictadura. El relato sigue con Salas, el que con mayor amenidad que el resto de los entrevistados, explica su trabajo y nos comparte escenas de su amplio e histórico archivo. 

El problema es que más adelante el propio Salas reconoce que hoy los más jóvenes ya no se preocupan por los derechos humanos sino que de otros temas más recientes. Si a eso se añade que todo se grabó antes del 18 de octubre del 2019, es fácil deducir que hoy la película se encuentra en problemas.

En este punto, el documental sobre la cordillera ha pasado a ser sobre Salas y Salas nos anuncia que su propio tema está periclitado. Entonces hay que volver a la cordillera, pero el contrapunto ya no surte efecto porque ha evidenciado su mecanismo.

Si se tiene la fuerza de voluntad para seguir atentamente el texto que Guzmán lee como narrador, se notará que el cineasta se ha encontrado dificultades para profundizar en su tema: “La cordillera nos oculta algo”, “nos muestra un paisaje en el que ya no me reconozco” y cosas así. Que el relato recorra la casa de infancia y la de adulto en que estuvo escondido, que recuerde cómo fue el golpe de estado y que diga que ya ha pasado más años viviendo en Francia que en Chile, puede aún menguar más el interés de toda la operación creativa. No ayuda que Guzmán posea una voz carente de toda expresividad y sugerencia y que está presente desde el comienzo hasta el final de la proyección.

Así el documental muestra que su endeble armazón ha dejado ver todo lo que la Cordillera ha ocultado y al parecer no hay más misterio. La secuencia de la mina a tajo abierto, que es propiedad privada, podría haber sido una pista de nuevo despegue para otro tema, pero evidentemente el asunto de las explotaciones mineras, de la amenaza a los glaciales y la consiguiente desaparición de los valles agrícolas, del cambio climático y de las crisis energéticas, estaban demasiado alejadas de las intenciones preconcebidas del cineasta: su cordillera tenía que hablar del golpe de estado, como lo hacían los capítulos precedentes.

Y esta constatación hace mirar hacia atrás con algún grado de sospecha toda la trilogía. ¿Era así de forzado el tema político en las obras precedentes? Habría que hacer un repaso que disipe estas justas dudas. Pero lo que resulta evidente es que en este capítulo la realización formal, siempre cuidadosa y calculada, no logra ocultar que Guzmán no tiene mucho más que agregar y que Chile efectivamente ya no es el mismo que él dejó. Menos mal para el país, pero no necesariamente para el cineasta. PP

 La cordillera de los sueños. 2019. Dir: Patricio Guzmán. Documental. Canal Arte, Atacama Producciones. Chile-Francia. 84 min.

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