RAÚL RUIZ: SUS PRIMEROS OCHENTA

Puerto Montt, en 1941, no debió ser un lugar muy poético ni cosmopolita; tampoco de gran cultura cinematográfica ni teatral. Proust y Shakespeare deben haber estado en alguna biblioteca por ahí, pero no hay registro de que un niño local los haya leído para nutrir una imaginación que ya parecía amenazar con productos futuros, al decir de sus padres. Lo veían leer Flash Gordon e ir a la matinée, que era el horario permitido para los niños de la época. Aparentemente todo muy normal. Pero al parecer había también una procesión por dentro, en la que desfilaba mitología chilote y lecturas de muy variada índole.

Ruiz fue el hijo único de unos padres acongojados por la salud inestable del muchacho y que se trasladaron a Quilpué y luego a Santiago en busca de mejoría. Aquí creyó encontrar su vocación en la música, el sacerdocio, las leyes, el teatro y finalmente el cine.

Todo lo que ocurrió en la década prodigiosa de los sesenta sería decisivo para su futuro, que ayudaría a definir al cine chileno en su conjunto. El estreno en 1968 de Tres tristes tigres no marcó su debut, pero a menudo aparece como el punto de partida de su carrera y también el del renombre internacional del cine chileno. Nunca antes se había visto una cámara tan aguda y unos actores tan bien dirigidos. Nunca antes había habido en nuestras pantallas una tan incisiva mirada sobre nuestra propia idiosincracia.

El golpe de Estado de 1973 lo empujó hacia Europa. Alemania primero, Francia después, donde tampoco se quedó quieto. En los ochenta ya era considerado por la crítica como uno de los más originales y torrenciales cineastas del mundo. Sus lecturas abundantes se veían favorecidas por su cultura políglota, sus viajes permanentes, su curiosidad insaciable y su capacidad para filmar cualquier cosa, incluidos Shakespeare y Proust. Alguna vez fantaseó con filmar una guía telefónica, pero la prudencia de un productor parece haberlo convencido de desistir de tal empresa.

Su dominio absoluto del lenguaje cinematográfico, sus vericuetos narrativos y sus citaciones cultas lo hicieron destacada figura internacional. Bertolucci, Antonioni, Greenaway, Wenders, Fassbinder, De Oliviera o Saura expresaron admiración por su trabajo. La célebre revista francesa Cahiers du Cinema, incluso, le dedicó un número especial, honor que antes habían recibido Bresson, Hitchcock, Buñuel y Godard.

Su imaginación barroca también se desparramó sobre el teatro, la teoría y la estética, la literatura, la televisión y la experimentación. De vuelta a Chile exploró el folclore y los géneros.

Se dice que es uno de los realizadores más fecundos de la historia del cine. El número exacto de sus filmes ha seguido cambiando desde su muerte en 2011, gracias a las restauraciones y versiones definitivas que la directora Valeria Sarmiento, su viuda, ha continuado haciendo con un grupo de fieles admiradores.

Este 25 de julio habría cumplido 80 años.

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